Este
artículo también se encuentra a disposición
de los lectores en formatos word
Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 1, Número 1, 2001
La política de la
discrepancia radical
Bosco Parra
* * *
El capitalismo prosigue su expansión. No se ha producido
la crisis generalizada e irreversible anunciada por cierto marxismo
científico y que operó como supuesto básico
y justificación teórica de diversos proyectos socialistas.
En ausencia de pronósticos convincentes que aseguren la inminencia
del cambio revolucionario, muchos asumen un pragmatismo desalentado
que les propone la disminuida meta de competir por el poder estatal
de acuerdo a los requerimientos del desarrollo capitalista.
Ante esta situación, sin embargo, uno puede reaccionar de
distinta manera, planteándose entonces el siguiente problema:
¿cómo llevar a cabo una lucha anticapitalista en condiciones
de expansión capitalista? Este es el asunto que preocupó
a los primeros socialistas, pre-marxistas o utópicos. La
similitud entre su situación y la nuestra induce a pensar
que buena parte de sus actitudes puede resultar apropiada a la coyuntura
actual. Hay una que parece primordial: en presencia de un avance
del capitalismo y de un Estado indiferente o represivo, aquellos
socialistas optaron por la experimentación autónoma
e inmediata de formas económicas y sociales de solidaridad
y mutualidad. La creación de un orden propio les resulta
prioritaria, hasta el punto de mostrar una cierta indiferencia frente
a los regímenes políticos dominantes.
Esta radicalidad anticapitalista, explicada por el auge y no por
la declinación del capitalismo encuentra ahora otra expresión,
la protesta ecologista que, ante la magnitud del daño que
provoca la voracidad del sistema sobre la especie y la naturaleza,
opta por poner trabas a su desenvolvimiento y a experimentar de
inmediato valores alternativos. La similitud de ambos rechazos autoriza
la propuesta de un concepto que englobe a los dos y ayude a pensar
el problema político que los afecta por igual.
El concepto de "discrepancia radical"
Por "discrepancia radical" se entiende aquí la
caracterización del derroche capitalista, consecuencia ineludible
de la búsqueda de ganancias ilimitadas, como amenaza para
la vida de la especie humana y de la naturaleza. En consecuencia:
(a) la igualación de "expansión capitalista"
con "riesgo de muerte" levanta una diferencia ética
irreductible con la lógica dominante; y (b) a causa de lo
anterior, los discrepantes radicales se encuentran en una situación
normal de minoría, especialmente en lo que se refiere a nivel
electoral. Entonces: ¿cuál puede ser la política
que conceda a esta minoría una eficacia que vaya más
allá de la puramente testimonial?.
Esta política consistirá en aquello que hacen los
que, al sufrir una necesidad vital insatisfecha, trabajan por cuenta
propia para suplir su carencia, desconocen las normas que entraban
su acción, organizan de manera autónoma su vida y
sus labores y, así, obligan a la sociedad y al Estado renuentes
a aceptar una nueva situación.
Las sugerencias de ciertas "tomas"
Se trata, por supuesto, de aquellas tomas de sitio que han logrado
de alguna manera asentarse. Hay relatos periodísticos de
las que se han realizado en Santiago en los últimos tiempos
(por ejemplo: El Mercurio de 14 de julio de 1999, de 18 de julio
de 1999, de 25 de septiembre de 1999 y el programa "El Mirador",
de TVN, del 20 de julio de 1999). Como se adelantó, lo que
llama la atención en estas experiencias se refiere al trabajo,
al autogobierno y a la obtención de un arreglo que suspende
el conflicto abierto. El término trabajo encuentra aquí
dos acepciones. Primera: la de una labor concreta que produce bienes
como casas, instalaciones sanitarias y de recreo, calles, negocios,
etc. Segunda, la de un "modo de acción" de la táctica,
que "organiza" el terreno para facilitar el movimiento
propio y neutralizar el de las formaciones policiales.
El autogobierno se refiere a la regulación autónoma
de los trabajos y los días, y se traduce en una perceptible
elevación de la calidad técnica de la cotidianeidad.
El trabajo por cuenta propia rinde más al adoptar diversas
formas de cooperación, y la anomia y desmoralización
del medio externo son reemplazadas por una disciplina estricta y
dignificante. Las formas representativas y directas de democracia
se combinan de manera flexible, con una tendencia aparente al predominio
de esta última. En la medida en que los factores anteriores
se manifiestan sólidos, el conflicto con la autoridad alcanza
lo que se puede llamar un arreglo: de alguna manera, la gente se
da un derecho; el "orden" debe reconocer que no era un
orden para los marginados y que, ahora sí, y en cosas muy
importantes para la vida, ellos tienen uno propio. ¿Cómo
calificar esta nueva realidad?
Interpretada desde el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil,
de John Locke (1632-1704), la respuesta es obvia: se ha constituido,
por separación del medio en que se encontraba inserto, un
cuerpo político, cuya eficiencia dependerá de la forma
en que resuelva sus problemas internos y regule las relaciones de
conflicto y cooperación que deberá entablar con el
medio estatal del que ahora se distingue.
La separación de un "cuerpo
político"
¿Por qué recurrir a un clásico del siglo XVII?
Porque el Segundo Tratado se puede leer como una simple y razonable
indicación del recurso instrumental adecuado a la persecución
de un propósito ético entorpecido. Se trata de la
teoría del conflicto que se produce entre un grupo que trabaja
para conservar su vida en buena forma y una rémora social
que perturba su esfuerzo. La separación y la posterior redefinición
de las relaciones con el entorno aparecen como la conducta racional
del grupo menor perjudicado.
En su estructura más elemental, este conflicto ético
aflora en diversos contextos histórico-sociales. Por eso,
rasgos de la separación lockeana pueden encontrarse tanto
en los intentos de los primeros socialismos como en la espontaneidad
de las tomas que se han mencionado. Por la misma razón puede
ayudar a pensar los problemas que enfrenta una minoría que
busca transformar la sociedad, no porque presuma haber descubierto
el curso necesario de la historia, sino porque decide enfrentar
los riesgos de muerte que se le vienen encima.
El discurso lockeano puede sintetizarse
en los siguientes aspectos:
En primer lugar, el trabajo para conservar la vida es la actividad
humana primordial. El hecho de nacer implica el derecho de extraer
de la naturaleza alimentos, bebidas y lo demás necesario
para subsistir (sec. 25). La vida se conserva, entonces, por la
labor del cuerpo y el trabajo de las manos (sec. 27). Los bienes
son producto del trabajo y son antes que nada, en lenguaje contemporáneo,
bienes de uso, o sea, aquellos que determinan las posibilidades
de vida o muerte (Hinkelammert: 1996, passim). Así se comprende
que su fórmula de "propiedad" asocie "vida,
libertad y bienes" (secs. 87 y 123). Lo que debe defenderse
es el proceso que produzca, simultáneamente, estos tres valores.
Así, el proceso que convierte al trabajo para conservar la
vida en "la más estimada de todas las actividades humanas",
empieza con Locke y culmina con Marx (Arendt 1993: 113).
Segundo. Si este trabajo resulta perturbado por una pérdida
de calidad ética en el medio social, surge la necesidad de
que los perjudicados construyan, mediante acuerdos positivos, asociaciones
separadas y menores, es decir, cuerpos políticos (sec. 128).
Esta separación, como se adelantó, se produce por
razones de eficacia instrumental, y de tal eficacia conviene destacar,
en el contexto de este artículo, dos elementos.
De una parte, las ventajas que produce la integración. Los
esfuerzos pueden concentrarse en un solo sentido, señalado
por el consenso de la mayoría: la nueva entidad actúa
como un solo cuerpo (sec. 96). De otra, la importancia de que exista
una autoridad para manejar racionalmente los conflictos externos.
La teoría de los poderes de Locke presenta una peculiaridad:
en el mismo o, quizás, en un más elevado rango que
el que se concede al "ejecutivo" y al "legislativo",
aparece en su concepción el poder "federativo".
Este consiste (secs. 146 y 147) en la capacidad para efectuar toda
clase de "transacciones" con el exterior: guerra, paz,
ligas, alianzas, según provengan de allí circunstancias
de beneficio o daño. Este poder no está, como el ejecutivo,
restringido por leyes positivas, sino que se ejerce de acuerdo a
la prudencia y la sabiduría de aquellos a los que ha sido
encomendado. La idea lockeana sugiere que el trabajo para la vida
adquiere capacidad estratégica, si y sólo si se constituye
en cuerpo político y se da un gobierno, debiendo recordarse
que cualquier forma de democracia, incluyendo la directa es una
forma de gobierno- lo que ningún partido lo es, aunque haya
fundado el nuevo cuerpo.
Es el momento de tomar en cuenta otra peculiaridad lockeana. Su
"estado de naturaleza" (así se llama, en la época,
el medio abandonado), a diferencia del de Hobbes generado por hombres
que se comportan como lobos, etc., es ya un estado social, es decir,
un estado inteligible como un programa ético (Goyard-Fabre
1984: 93). El programa debiera ser cumplido, pero no lo es. La separación
es para cumplirlo. Vista así, la separación lleva
consigo la posibilidad, o el deseo, o la esperanza, de reconstituir
el todo.
En el caso de un Estado de formas democráticas, los derechos
que éste enuncia y no conceden, hacen perceptibles, a un
tiempo, un déficit ético, la necesidad de una separación
y las condiciones para refundar ese Estado, que no son otras que
los sucesivos y acumulables arreglos que impliquen la realización
honesta de sus lemas. Lo dicho lleva a considerar la importancia
del lenguaje. La enunciación del discurso democrático
crea la oportunidad para arreglos democratizadores porque, mientras
habla, "el que habla está atrapado en sus palabras"
(Maturana 1990: 70). Después, cuando el discurso resulta
mentiroso, es ocasión de denunciar la hipocresía y
de legitimar las perturbaciones que, como sanción, introduzca
el cuerpo menor en las rutinas del mayor.
La construcción lockeana se puede entender como un algoritmo
para realizar transformaciones: se empieza y se debe empezar con
la acción directa, con la realización autónoma
de un trabajo de conservación de vida; sigue a ella la construcción
de un cuerpo político separado que regula el conflicto mediante
un principio "federativo": sólo entonces puede
pensarse en "participar" en las ceremonias estatales y,
aún así, de manera cínica .
Elementos de una política de discrepancia radical
Teniendo en cuenta lo anterior, un proceso de transformaciones
que no puede contemplar la toma revolucionaria del poder estatal
debiera recorrer las siguientes fases.
Primera. Anclar la política de discrepancia radical en un
trabajo de conservación de vida. Se ha aceptado que la justificación
de toda política se encuentra en la necesidad de proteger
un trabajo. Ahora bien, esta política específica,
la de la discrepancia radical, se justifica, sólo puede justificarse,
por la existencia de un trabajo discrepante, esto es, de un trabajo
concreto que busque conscientemente, de manera libre, esquivando
hasta donde sea posible su conversión en capital variable,
la producción de bienes de buen uso. Podemos verificar la
existencia actual de dos clases de este trabajo, ambas explicadas
por los perjuicios que el modo de producción dominante provoca,
ya sea en la fuerza de trabajo o en la naturaleza o ambiente.
Los trabajos para reparar los daños de escasez. Son los
que realizan de preferencia la sobrepoblación relativa, la
masa sobrante, para satisfacer por cuenta propia las necesidades
naturales que la sociedad ignora. Adoptan la forma de trabajo manual
que se organiza, por ejemplo, como "minga". Esta misma
clase de trabajo ejecutan, por supuesto, los obreros asalariados
con remuneración insuficiente. Así se originaron en
Chile en los ochenta las "organizaciones económicas
populares" estudiadas por Luis Razeto, y cuyo desarrollo resultó
bloqueado por el abandono que de ellas hicieron el Estado de la
transición y la Iglesia, apenas la dictadura entregó
el gobierno.
Los trabajos para reparar el daño de exceso. El derroche
capitalista día a día va destruyendo la naturaleza.
El ecologismo activo rechaza ese daño e intenta paliarlo
con trabajo físico directo, que implica, primero, limpiar,
reciclar, reforestar, reconstruir naturaleza; y a la vez, casi regularmente,
mediante la protección corporal no armada de la porción
de naturaleza que la expansión capitalista necesita dañar.
Uno de los mayores atractivos del movimiento ecologista radica en
que su discurso discrepante se pronuncia mediante la realización
material de su enunciado: consiste en acción directa. Este
se expresa, asimismo, en la disensión cotidiana de las personas
y hogares que, de variadas formas, dedican esfuerzos en procurarse
comidas y bebidas libres de veneno y evitan consumos innecesarios
de recursos naturales.
La existencia real y, hasta ahora, separada de estas dos formas
de trabajo sugiere la elaboración del concepto de trabajo
autónomo de conservación de vida, para designar el
trabajo que persiga, simultáneamente, el suministro inmediato
de bienes de uso, su adecuación en monto y calidad a los
requerimientos de la reproducción armónica de la vida
humana y de la naturaleza. Por tanto, las transformaciones culturales,
que podrían llegar a ser la base de poder político
propio que la discrepancia podría oponer al poder político
establecido, constituirían un espacio concreto caracterizado
por la valoración del trabajo manual y artesanal y el rechazo
ascético del derroche.
Simone Weil, ya a principios del siglo XX, oponía al optimismo
industrial de capitalistas y soviéticos, la dinámica
liberadora del trabajo manual, de la relación no mecánica
con el mundo. En cuanto el recurso técnico resulte necesario,
el único trabajo que puede dar sentido a la vida es el que,
en el curso de todo su proceso, sea gobernado por el pensamiento
metódico del ejecutor directo. Para ella, sólo el
obrero "plenamente calificado, próximo a la figura histórica
del artesano, podría de verdad enfrentar la opresión
social de los diversos regímenes estatales (Weil 1957: 114-124).
En el siglo que se inicia, el programa resultaría realizable.
La programación computadorizada de series cortas abriría,
si hubiera voluntad política para ello, perspectivas amplias
para una producción artesanal moderna, de talleres pequeños
controlados localmente, que satisfaciera la demanda de consumidores
específicos (Friberg & Hettene 1985: 256). Entre nosotros,
Maturana ha propuesto: "desindustrializar Chile, generar grandes
espacios artesanales, rescatar el dominio manual" (en Mendoza
1994: 36-37). Chile puede ser un parque de naturaleza.
La discrepancia radical y las experiencias que la materializan
implican también un rechazo ascético a la cultura
del derroche. Ascesis significa aquí la decisión consciente
de ir buscando lo que resulte necesario para bien vivir, de manera
de no demandar excesos intolerables para la justicia social, la
vida de la especie y reproducción y equilibro de la naturaleza.
Buscar lo necesario y limitarse a ello es un buen consejo que proviene
de diversas fuentes.
Resulta sugerente que Marx en El Capital recuerde la Política
(I, 8) de Aristóteles. El filósofo griego opone el
concepto de economía al de crematística. La economía
es el arte de adquirir lo necesario para vivir una buena vida, y
eso necesario tiene límites, cuya determinación corresponde
a los responsables del hogar y del Estado. La crematística
o arte de hacer dinero no conoce límites en su despliegue;
pero, según se sabe ahora, la naturaleza sí los tiene
y el derroche los hace cada día más cercanos. Obedeciendo
a la sabiduría que debiera ser común, el "hogar"
suele levantarse contra la "polis" sometida a la lógica
crematística. La ascesis es uno de los "temas del cinismo"
(Rivano 1991:32).
La filosofía de Diógenes y la del Eclesiastés
tienen un punto de encuentro: ambas buscan "la medida en la
satisfacción de nuestras demandas, de manera que no se produzca
más de lo necesario consumir y basta para mantenerse".
Existe un "producto innecesario": el plusproducto del
plustrabajo. La ascesis representa la vieja reivindicación
de no tener que matarse trabajando para poder vivir. El Padre Nuestro
nos enseña a pedir el pan que es necesario y suficiente cada
día (Raissa Maritain 1961?: 77). Repetir la petición
cotidianamente es cosa distinta a acumular sin límites.
Redefinir el papel del militante de izquierda
Si el trabajo tiene la importancia que se le ha asignado, entonces,
hay que dar la palabra a Gramsci y a su concepción sobre
el "nuevo intelectual". El militante, el nuevo intelectual
sólo puede llegar a ser dirigente si satisface la fórmula
"especialista + político" (Gramsci 1974: 392).
El "especialista" significa aquí el entendido en
cooperativismo, mutualismo, sindicalismo, contabilidad, resistencia,
etc. El "político" en cambio, es el que tiene "ojo
cínico". El ojo cínico no se deja engañar
por los nombres de fantasía del mercado electoral, ve las
igualdades reales y trata a todos con igual irrespeto. Si las promesas
se cumplen, no se tratará de un regalo, sino del pago del
sueldo de Diógenes, que se debe a quien hace la experiencia
de la ascesis y el consumo mínimo (Rivano 1991: 36).
El ejercicio en terreno de su especialidad, de sus artes y oficios
propios potencia la independencia del militante. Ya no es un simple
orador sino un transformador práctico y cuando habla, ya
no lo hace sólo para repetir lo que dicen más arriba.
En vez de los partidos de antes, asociaciones de militantes, se
propone que sean "ligas de apoyo a iniciativas comunitarias".
Si no se recrean radicalmente, las formaciones revolucionarias no
tienen nada que hacer, y sin especialistas, las nuevas experiencias
sociales van a ir a parar a la vulgaridad clientelista.
Constituir comunas ecológico - cooperativas como
entidades transformadoras básicas
Si por transformación social entendemos la ejecución
de trabajos diversos que necesitan, por un lado, homogeneizarse
y, por otro, defenderse, esta transformación requiere de
un "gobierno" propio. Al hablar de "gobierno"
se está siguiendo a Buber (1950: 63), el cual entendía
las proposiciones de Kropotkin y Proudhon como "acracia",
o ausencia de dominación, y no como "anarquía",
o ausencia de todo gobierno. El gobierno que requiere el trabajo
autónomo de conservación de vida es la democracia
- ojalá directa - practicada en cualquier territorio geográfico
o espacio comunicacional que permita a los discrepantes efectuar
deliberaciones ordenadas, y adoptar decisiones que vinculen a los
que participaron en ellas. La denominación de "comuna"
señala la voluntad de conectarse con las antiguas tradiciones
socialistas y libertarias y evoca la búsqueda de convivencia,
comensalidad, ayuda mutua. La calificación de "ecológico-cooperativa"
sirve para identificar los ámbitos desde los que, según
se dijo al principio, pueden provenir los grupos pioneros.
El aspecto cooperativo, en especial, apunta a que una organización
como la comuna, en cuanto potencie el resultado económico
del trabajo de autoreproducción de la "población
sobrante", va a incidir directamente en la disminución
del grado de sometimiento de la clase trabajadora al capital. Según
Marx en El capital (I: cap. 25; sec. 3, final), su "dependencia
absoluta" se explica por la existencia del ejército
de reserva. Esto debiera entenderse en el sentido en que el área
crítica del conflicto no se encuentra tanto en la fábrica,
como fuera de ella, en la masa redundante, en la desocupación
y en la forma como ella sobrevive. Ahora bien, el cooperativismo
en su sentido más amplio tiende, precisamente, a ser una
forma "independiente" de reproducción de la fuerza
de trabajo; y, su misma estructura orgánica puede llegar
a constituir aquella cooperación regular entre ocupados y
desocupados que, teniendo a la vista la "ley general de la
acumulación capitalista", se convierta en el prerrequisito
básico para toda posible eficacia del movimiento obrero.
La "precarización" del trabajo es el dato clave
del actual proceso de expansión capitalista. El trabajo de
sobrevivencia de los "precarizados" pasa a ser un factor
de importancia difícil de exagerar: o bien, se convierte
en un área social de relativa independencia, o en un elemento
adicional de sujeción. Para intentar lo primero habría
que dejar de ver en el esfuerzo propio puras reminiscencias pequeñoburguesas
o autoexplotación. En todo caso, si se entiende la política
como la continuación del trabajo de conservación de
vida por los medios de la integración y la defensa, resulta
lógico esperar que la entidad que realice tal política
presente características como las que se exponen seguidamente.
Ciudadanía amplia. Todo el que trabaja y se interese por
los asuntos comunes es ciudadano. Pero el concepto de amplitud ciudadana
debiera abarcar hasta los niños, y ello, por tres razones.
Primero, porque son muchos los que trabajan para comer, y no pocos
los que lo que hacen con duro sufrimiento. Enseguida, porque todos
ellos sufrirán las perores consecuencias de la irresponsabilidad
que reina hoy día y por último, por la gran inclinación
que tienen para decir, al pan, pan y al vino, vino: si hasta los
niños entienden la necesidad de alguna operación desenfadada,
ella podrá hacerse con tranquilidad moral.
Determinación del déficit de cargo estatal. La "minga",
la cooperación, la ayuda mutua elevan la eficiencia del trabajo
autónomo. Pero, aún así, quedarán necesidades
insatisfechas y programas pendientes. La diferencia entre lo que
se ha hecho por cuenta propia y lo que debería contarse para
lograr una mejoría real de la vida constituye el déficit
de cargo estatal. Establecer ese monto puede considerarse tarea
principal de la comuna, a la que sigue la organización de
las presiones que se ejercerán sobre el Estado, desde sus
municipios hacia arriba, para obligarlo a pagar. La comuna debiera
verse como un agregado de conocimientos contable-presupuestarios
y tácticos. Para justificar las presiones, el trabajo autónomo
ya desplegado serviría de justo título moral. Por
otra parte, la determinación precisa del déficit permitiría
a la comuna llamar a los interesados en poder estatal a presentar
"propuestas públicas" para saldarlo. Quizás
pudiera decirse que la comuna es la fuerza que hace imposible al
capital y al Estado seguir desentendiéndose de las externalidades
positivas que generan los trabajos autónomos de conservación
de vida. Pagar lo debido es cosa distinta a conceder beneficios.
Empleo de la descentralización, de la gestión local,
etc., sin confundirlas con una verdadera transformación.
Se habla mucho de la sociedad civil. Habrá que tener en cuenta
esta reserva: "La sociedad civil no debe ser mitologizada.
No tiene ni siquiera por qué ser progresista. A decir verdad,
la sociedad civil chilena del presente es la misma que derribó
a Allende, sólo que su componente izquierdista es ahora mucho
más débil, machacado y amedrentado." (Cifuentes
1997: 156). La idea de "comuna" se propone al componente
discrepante de la sociedad civil; nace de la historia del "bajo
pueblo" y quiere continuarla.
Debe continuarla, porque las condiciones que afectan a los transformadores
sociales de hoy son similares a las que debieron enfrentar los primeros
socialistas: necesidades impostergables, y un sistema estatal que
las ignora y no puede ser asaltado revolucionariamente. Ese es el
cuadro que llevó a Luis Emilio Recabarren a formular su teoría
"mancomunal" y de "socialismo municipal", cuya
"pasión y muerte" analizan Salazar y Pinto (1999:
281 ss). Puede que haya que subrayar en la explicación de
su muerte el factor subjetivo, la adecuación al viraje táctico
a que empujó el triunfo de la revolución rusa. El
eje de la mancomunal, el mejoramiento autónomo e inmediato
de la vida por "organizaciones culturales y educativas - cooperativas
y mutuales", propias de los momentos de "reflujo",
debía ceder el lugar a la organización leninista de
asalto, exigida por la crisis generalizada del capitalismo y la
consiguiente revolución proletaria (Stalin 1924: 90 ss).
Del viraje táctico se pasará a una ideología
de desconfianza a todo lo que no sea estrictamente fabril, la cual
culmina en la identificación represiva de todo lo que pueda
llamarse genéricamente "autoconstrucción",
con la "autoexplotación" de la fuerza de trabajo.
Después de suceder lo que sabemos, hay que volver a dar
la palabra al Recabarren original, al de, por ejemplo, El balance
del siglo .... Su proyecto era el de: (a) un progreso autónomo,
que opera b) como "acusación perenne a la indolencia
común y c) como acción proletaria que empuja la acción
de la sociedad (en Godoy 1971: 299 ss). Para una perspectiva como
la enunciada, las ventajas de la acción local resultan evidentes:
facilidad para conectar a los iguales y posibilidades de acción
en el ámbito municipal, pero también deja a la vista
la necesidad de enfrentar los poderes centrales.
Testimonio, prohibición y participación desconfiada.
Una eficacia no puramente testimonial supone un testimonio previo,
un ejemplo concreto. El trabajo concreto produce, debe producir,
una vida mejor, perceptible como tal por el común de la gente.
Con la solidaridad y la cooperación también se pueden
hacer buenos negocios. Pero el ejemplo y el testimonio no sólo
tienen significación "privada", también
acusan. Con relación a los poderes centrales, el trabajo
por cuenta propia opera legitimando la acción directa que
busca prohibir al Estado la persistencia en errores magnos, los
atropellos y destrucciones a que induce el interés mercantil
de corto plazo. Los textos menos azucarados de acción desarmada
no sólo contemplan la no-cooperación y la persuasión.
La "intervención" consiste en el estorbo y hasta
en la supresión de las actividades contumaces del poder (Sharp
1973: 357 ss). La "prohibición" por "intervención"
puede verse como la coacción popular de la coacción
estatal mediante "fuerza civil", que es el empleo del
movimiento y la capacidad de trabajo corporales como modos de acción
en los encuentros físicos.
Para estos efectos, el "hogar" opera como contrapartida
y corrección del Estado, para obligarlo a someterse a la
"economía" que debiera ser la norma común
a ambos. El ámbito doméstico proporciona a la resistencia
- prohibición, masa y, en cuanto proveedor de energía
y alimentos, duración. Las acciones por cuenta propia adquieren
envergadura estatal cuando, combinadas, se enfilan a los poderes
centrales. Así y todo, no pierden su condición negativa
o "abrahámica": son expresión de una minoría
enérgica y hábil que, en el mejor de los casos, impide
la catástrofe para una mayoría indolente y, en el
peor, puede salvar a los suyos. Hay que decir, por último,
que la "prohibición por intervención" tiene
una cara positiva: la iniciativa popular en asuntos legislativos,
la cual el movimiento discrepante debiera intentar realizar, con
o sin respaldo de los textos legales.
Después de estos trámites plebeyos correspondería
estudiar las condiciones de la "participación"
tan solicitada por las elites. No podrá sino ser "desconfiada":
quienes pueden concursar por las cumbres del poder lo hacen porque
ya han aceptado pagar los elevados derechos de entrada que los empresarios
y funcionarios cobran por ingresar a dichas competencias. No existen
títulos pre-adquiridos para representar a la discrepancia.
La discrepancia no debiera privarse del derecho a averiguar fríamente
cuál de los aspirantes ofrece mejores servicios a la acción
por cuenta propia. Combinando (nacional e internacionalmente) testimonio,
prohibición y participación desconfiada, puede pensarse
en la posibilidad de que mayorías suficientes comprendan
las razones que hay para que el mundo cambie de fase.
Enero 2000
Bibliografía
Alinski, Saul. (1971). Manuel de l'animateur social. Une action
directe non violente. Editions du Seuil. Paris.
Arendt, Hanna. (1993). La condición humana, Paidós,
Buenos Aires.
Buber, Martin. (1950). Caminos de Utopía, Fondo de Cultura
Económica, México D.F., 1991.
Cifuentes, Luis. (1997). La izquierda ante el cambio de siglo,
Editorial Cuarto Propio. Santiago.
Ferrater Mora, José. (1987). Diccionario de Filosofía
de Bolsillo, Comp. Priscilla Cohn. Alianza Editorial. Madrid.
Friberg, M. & Hettne, B. The Greening of the World. In Addo,
H. (1985). Development as Social Transformation, Lodder & Stoughton.
Godoy, Hernán. (1971). Estructura Social de Chile, Editorial
Universitaria. Santiago.
Goyard-Fabre, S. (1984).. Introduction: Locke. Traité du
gouvernement civl. Flammarion.
Gramsci, Antonio. (1974). Antología, Selección de
M. Sacristán. Siglo XXI Editores, México.
Hinkelammert, Franz. (1996). El mapa del emperador, Editorial DEI.
San José. Costa Rica.
Locke, John. (1884). Two Treatises on Civil Government. Preceded
by Sir Robert Filmer's "Patriarcha", With an Introduction
by Henry Morley. G. Routledge and Sons, Limited. London.
Maritain, Jacques. (1966). Le paysan de la Garonne, Desclée
de Brouwer. Paris.
Maritain, Raissa. (1961?) El Padre Nuestro, Narcea Ediciones. Madrid.
(No aparece fecha de publicación. El texto mismo incluye
una introducción de Jacques Maritain publicada en Fraternité,
Toulousse, 1961).
Maturana, Humberto (1990). Emociones y Lenguaje en Educación
y Política, Hachette – CED. Santiago.
Maturana, Humberto (1994). Entrevista en Todos queríamos
ser verdes, Mendoza, M. (ed), Planeta. Santiago, págs. 19-51.
Rivano, Juan. (1991). Diógenes. Los temas del cinismo, Bravo
y Allende Editores. Santiago.
Salazar, Gabriel y Jorge Pinto. (1999). Historia Contemporánea
de Chile I, Editorial Lom. Santiago.
Sharp, G. (1973). The Politics o Non-Violent Action, Porter Sargent
Publisher. Pekin.
Stalin, Joseph. (1924). Los fundamentos del leninismo, Lenguas
Extranjeras, Pekin 1972.
Weil, Simone. (1957). Opresión y Libertad, Editorial Sudamericana.
Buenos Aires.
|