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Polis,
Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 1 Número 1, 2001
Cuán equivocada
es la ecología de los filósofos*
Paul Feyerabend
* * *
Tiempo atrás recibí una invitación desde América
en la cual se me solicitaba una contribución para un número
monográfico de la revista Telos dedicado a “Ecología,
filosofía y política”. "Pensamos",
así señalaba la carta, "que podría estar
interesado en el debate recientemente surgido sobre las consecuencias
e implicaciones del factor ecológico en la teoría
de la ciencia". Mi primera intención fue declinar la
invitación, considerando que mi interés por las implicaciones
de un objeto absolutamente tedioso y monótono como la epistemología
es bastante marginal, aunque no siempre haya sido así. Pero,
posteriormente, reflexionándolo bien, me di cuenta que el
camino de un movimiento fundamental e importante como el ecologista,
no debería ser obstaculizado por el infructífero y
estéril debate académico. El problema ambiental tan
cercano a nosotros, palpable en primera persona, urgente: exige
una solución, ¿y sucede así? Si me invitan
a participar en una discusión sobre "la implicancia
ecológica en la teoría de la ciencia". Y si además,
no son barones académicos los que invitan a tal debate, sino
que intelectuales comprometidos, los cuales probablemente no han
puesto jamás la nariz fuera del propio oficio. Esta fue al
menos la impresión que me provocó la siguiente respuesta.
Hace varios meses recibí, de parte de un experto muy notable
en ciencias sociales, un estudio sobre algunas investigaciones estadísticas
que tomaban examen a la eficiencia de la medicina convencional.
Esta investigación pone en evidencia que muchos métodos
y procedimientos ampliamente difundidos y utilizados no sólo
son ineficaces, sino incluso causan una reducción de las
probabilidades de supervivencia del paciente. Aún más
sorprendente para el autor es el hecho que esta noticia no haya
influído casi para nada la investigación y la práctica
común de la medicina. Luego intenta comprender y explicar
este insólito fenómeno de inactividad estancada, y
finalmente propone medidas en el ámbito social y en el de
los procesos cognitivos: 1) los expertos, incluso los estudiantes
de medicina, deben ser seleccionados según nuevos criterios;
2) la investigación debe ser refundada sobre nuevos principios.
Problemas análogos surgieron hace dos años durante
un simposio que organicé en el Politécnico de Zurich.
En aquella ocasión se hizo presente que la crema de los científicos,
en el ámbito de la investigación, no tienen en debida
consideración la reflexión sobre los aspectos humanos,
y que en la mayoría de los casos está ausente. En
efecto, cuando un científico se encuentra en la posición
de tener que elegir entre diferentes programas de investigación,
tiene efectivamente a su disposición una multitud muy atrayente
y variada de criterios, normalmente algo complejos. Dentro de éstos,
la eficiencia, la elegancia de la solución y la verificación
inmediata ocupan de hecho un rol de primera importancia en la elección.
Pero casi ninguno se preocupa y se pregunta si tal solución
será grata a las personas que tienen que vivir y hacer las
cuentas cotidianamente con ella. Lo singular es que en aquel lugar,
únicamente se propuso crear grupos de investigación
en los cuales hacer trabajar científicos e ingenieros, junto
con filósofos y otros expertos en valores humanos.
Entre ambos casos hay un rasgo en común: cercanos a resolver
una situación insatisfactoria de lo interno, pero precisamente
recurriendo a argumentos filosofísticos, los cuales encuentran
el origen propio en la inmanencia de datos empíricos aunque
ignorados. ¿Pero, es posible esperar de sugerencias y propuestas,
fruto de la abstracción filosófica, soluciones reales
a las cuales, por lo demás, no se ha adjuntado ninguna con
resultados concretos de alguna investigación empírica,
como en aquella antes señalada?
Retornemos al primer caso: Blenker y otros han demostrado que los
ancianos necesitados de asistencia y cuidado y efectivamente asistidos
por personal especializado, mueren en un período de tiempo
inferior al de las personas que, en igualdad de condiciones, no
usufructuan de tal tratamiento. Este es un ejemplo de un resultado
científico concreto que es dejado de lado, excluído
tanto de la valoración en el ámbito de la investigación
como en el de la práctica; la cual no ha sufrido variaciones.
Un caso análogo es el de la "mastectomía radical",
éste es el procedimiento de extirpación total del
seno y de la glándula linfática, introducida hace
casi dos siglos por William Halspted del Hospital John Hopkins de
Baltimore. Una serie de investigaciones y estudios puestos en marcha
en los años cincuenta, han demostrado que las probabilidades
de supervivencia de las pacientes sometidas al tratamiento no varían
significativamente. No obstante esto, en Estados Unidos hacia fines
de los años sesenta, la mencionada operación estaba
siendo practicada todavía en el 80% de los casos de carcinoma.
Por lo tanto, ¿si resultados científicos concretos
son desconsiderados, livianamente, por culpa de personas que se
pavonean de la concretitud de la investigación propia, se
puede entonces esperar que con una crítica abstracta o con
una propuesta de modificar el lineamiento de la profesión,
pueda emprenderse un camino significativo?
El segundo caso es todavía más extremo: se propone
hacer participar a filósofos en la fase de selección
de proyectos de investigación científica. Se nota
como la propuesta maneja elegantemente el debate a puertas cerradas,
circunscribiéndolo a los confines académicos (hoy
sospecho que el número monográfico de Telos está
condenado a un resultado análogo). El objetivo de la propuesta
era el de dar vida a una actividad de investigación concebida
más humanamente, pero, para lograrlo no se pregunta el parecer
a los seres humanos directamente involucrados en lo mismo, primeros
y únicos en padecer las consecuencias. No, se radica el valorar
y juzgar a estos seres humanos en los expertos amplificando así
el problema en vez de resolverlo. ¿Pero se cree verdaderamente
que estos expertos en los valores humanos están menos sujetos
a la pereza e inercia intelectual que los científicos que
deberían apoyar? Esta historia contiene otra lección:
las manías filosóficas surgen a la vez que las manías
científicas y terminan produciendo los mismos efectos; es
decir, extendiendo y diseminando arrogancia y obstinación,
mofándose así en lo sustancial del resultado concreto.
¿Y entonces, que se debería escoger? Ahora bien, si
son los hegelianos, los positivistas, los existencialistas, los
tomistas, y muchos, muchos otros ejemplares de esa especie, todos
cuantos tienen precisamente una misma concepción de la naturaleza
humana. ¿Y en el fondo porque los científicos deberían
dar lo justo a los filósofos? No es más verosímil
que digamos: "aunque, alguno haya tenido la brillante idea
de colocar un bufón en nuestro equipo, intentemos neutralizarlo".
Como este desarrollo hace dudar que las instituciones defectuosas
puedan ser modificadas de un modo puramente intelectual, es decir
mediante argumentos cuyas exposiciones de puntos de vista razonables
aunque no del gusto de los filósofos, Es mucho más
dudoso, que la acción ecológica puede progresar y
ser estimulada por una filosofía ecológica. En verdad
ocurre realmente lo contrario: semejante filosofía produce
con su propia disquisición una cortina de hierro que impide
el cambio en el statu quo. Eventualmente la crítica puede
ser aunque clara, incisiva y penetrante; con eso algunas posiciones
quedan construídas, otras destruídas, pero todo sucede
en un lugar seguro donde no crea ningún daño; en las
páginas de una respetable o semirespetable revista o en el
interior de los muros del mundo académico.
¿Pero no es necesario que la acción encuentre su
fundamento en el pensamiento y no es, por lo tanto, verdadero que
el pensamiento precise de un marco general, de una lógica,
una filosofía, una religión que le confiera una estructura,
un contenido y una fuerza? Respondo afirmativamente a la primera
pregunta, aun cuando con reserva, y con una decisión no a
la segunda.
¿En qué consiste la acción política?
Actuar políticamente significa intentar modificar la dirección
y la situación en el mundo. La acción política
puede ser tanto democrática o totalitaria, como abstracta
o personal. El actuar totalitario intenta condicionar a la persona
sin que ésta tenga la posibilidad de reaccionar al influjo.
Es una ruta con un sentido único. Algunos ejemplos son los
métodos educativos en la escuela autoritaria y el adiestramiento
militar. La acción puede no ser éxitosa, aunque continúe
siendo totalitaria. Típicos ejemplos son algunos resabios
militares, casi todos en los programas educativos, como en el programa
de rehabilitación de los presos y en gran parte de la moderna
práctica médica.
La acción democrática en cambio, dispone la situación
de modo de hacer posible en principio que toda persona pueda participar.
Los ciudadanos no son más objetos pasivos de procesos que
se desenvuelve más allá de su propio cabeza, como
en el caso de la movilización política en medio de
las cumbres de los partidos y de las discusiones de argumentos entre
los grupos privilegiados. Son así ellos mismos el único
grupo privilegiado de la sociedad, el cual planifica cada batalla
de la guerra y cada paso en la discusión de los argumentos.
Algunos ejemplos son la iniciativa gestionaria de los ciudadanos,
las asociaciones libres y el trabajo sociológico en el campo.
La acción democrática encuentra su origen en la Atenas
antigua, Protágoras (se ve en su extraordinaria oración
en el diálogo platónico Protágoras) y Pericles
(se ve en la oración fúnebre narrada de Tucídides)
han descrito el recorrido de la acción democrática
con inigualable claridad.
La acción política es abstracta cuando no se presenta
a los seres humanos reales con su propia idiosincracia, sino como
una reducida caricatura de los mismos: toda tentativa de influenciar
la persona únicamente con la argumentación y el actuar
abstracto. La acción política es en cambio personal
cuando, a diferencia de la abstracta, implica directamente y trata
con amigos y no con entidades teóricas. Es claro que el actuar
abstracto, el pensar abstracto, incluye en sí mismo los rasgos
autoritarios; esto a partir del momento en que da por consolidado
que tiene solamente valor el tomar en consideración aquella
reducción de la humanidad que él postula (por ejemplo
el hombre racional). El actuar abstracto es además elitario:
sólo personas muy especiales tienen el conocimiento para
comprender la "caricatura". Esto se hace manifiesto en
los aspectos totalitarios y elitistas del liberalismo, del marxismo
académico y de otras ideologías progresistas. Es necesario
admitir que liberales y marxistas hablan insistentemente de libertad,
igualdad y verdad; pero la igualdad que tanto defienden no da a
los mismos derecho a todas las posibles formas de concebir la vida:
por ejemplo no reserva el mismo tratamiento a los indígenas
y estudiantes de Harvard, simplemente, concede el mismo acceso a
la mesa de juego cuyas reglas son constitutivas del edificio del
racionalismo occidental. Otro modo de vida simplemente no existe
y punto. Y la verdad no es un fundamento de la existencia que contempla
todos los aspectos de la naturaleza humana: el cuerpo así
como el alma, la vida terrena así como la espiritual, no
son otras que resulta del juguetear en el interior del edificio.
En este estado de las cosas no tenemos ni libertad ni conocimiento:
tenemos únicamente una nueva esclavitud fundada sobre nuevos
prejuicios.
Finalmente les pregunto: ¿tiene sentido que un movimiento
que quiere eliminar el daño ambiental causado por el capitalismo,
continúe sirviéndose ulteriormente de la Hausphilosophie
de la era capitalista, es decir del racionalismo científico,
consumando así el detrimento político y personal al
cual esta filosofía conduce? ¿Y en caso que eso continúe
y elabore planes, proponga ideas, produzca síntesis y deleite
en el juego dialéctico, sin siquiera interrogar a aquel ser
humano que por último es finalmente quien vive con inquietud
los frutos de este desorden? ¿Puede un movimiento similar
aceptar que exista un solo modo de pensar, y que la personas que
llevan a cabo la propia vida de modo diferente (como los indígenas
americanos) deban ser "educados" antes de poder acceder
al proceso político? ¿O es que no hace sentido el
que una ecología de la materia se una con una ecología
de la mente? Para mí la respuesta es clara: el movimiento
debe ser democrático y no totalitario. Debe establecer estrechos
contactos entre los individuos, pero tomándolos en consideración,
no como aparecen a la luz de una teoría abstracta, sino como
se comportan y se conducen en el cotidiano, en la vida de cada día.
Y en la vida cotidiana juegan un rol fundamental sólo el
amor, la amistad y la comprensión, por eso no se debe descuidarlos.
Pero el amor, la amistad y la comprensión existen sólo
entre los miembros del pequeño grupo. Aunque en este caso,
aquello que es pequeño es también bello (small is
beautiful). No se olvida que la acción ecológica debe
nacer del sueño, de la idiosincracia, de la problemas, de
los temores, de las esperanzas de los pequeños grupos y no
de la filosofía anónima concebida por pensadores "objetivos":
pensadores mal educados, inclementes e inhumanos, es decir personas
sin vuelta.
La acción democrática del pequeño grupo no
sólo es más humana que los movimientos de masas que
repiten consignas, sino que representa cruciales ventajas políticas.
Si conozco efectivamente el problema, si lo vivo cotidianamente,
es por eso que no existe la exigencia de crear una irritación
artificial sobre peligros no palpables con la mano. Si conozco además
directamente las ventajas y las desventajas de las instituciones
locales y nacionales, cuando además en este caso no hay necesidad
de difundir una desconfianza abstracta. Tal desconfianza contiene
otra gran ventaja táctica: partiendo del supuesto que las
instituciones gubernamentales no están por principio en condiciones
de resolver el problema, no se considera la especificidad de la
situación, donde en el mejor de los casos algunas instituciones
están en condiciones de resolverlos pero son ineficientes,
aunque estén en condiciones de tratar su ineficiencia no
hay manera posible de moverlas, otras son en fin muy lentas, pero
en los hechos bastante eficaces.
La acción política por lo tanto, debería
procurar servirse de esta diferencia. La coparticipación
en intereses y conquistas produce además un sentimiento de
solidaridad entre los diversos grupos: las ideas logran cambiarse,
las experiencias consiguiendo confrontarse y los sueños logran
adaptarse. El movimiento adquiriendo consistencia se generaliza,
pero esta generalización, siendo el fruto de la interacción
interna, no disuelve las relaciones personales en las cuales ha
encontrado origen. En efecto se piensa cuando se actúa, pero
los diversos grupos recurren a pensamientos individuales y utilizan
argumentos propios. Concediendo cada vez más a los sentimientos,
a la fuerza de la imaginación, a la esperanza, al odio y
a la desesperación un rol particular en la propia reflexión
a partir de las propias vivencias individuales y colectivas. Poco
a poco, emergen puntos en torno a los cuales se delinea una visión
común entre los diversos grupos, puntos que no se excluyen
el uno del otro siguiendo un criterio de prioridad, pero que conducen
a la definición de un cuadro en rasgos generales. La analogía
que emerge es el resultado de un proceso histórico concreto;
el proceso de la interacción recíproca. De esta unidad
de la interacción sacan los impulsos para el movimiento singular
y extremadamente concreto.
Una filosofía que se desarrolla independientemente de un
intercambio similar, no puede prever este movimiento. No sólo
porque los conceptos de la filosofía racional no pueden absolutamente
expresar este movimiento, sino porque generalmente tienen la tendencia
a ignorar la coincidencia histórica. Por lo tanto, la argumentación
racional y la acción democrática corren casi siempre
por vías separadas. Esta es también la razón
por la cual una discusión puramente filosófica (sociológica,
antropológica, y así cualquier otra) sobre la disputa
que se esconde alrededor de la interrogación ecológica
es, o inútil, o bien potencialmente intolerante. Inútil
porque la acción democrática conduce casi siempre
a otros resultados, y es potencialmente intolerante porque si bien
los filósofos pretenden que se dé peso a su propia
palabra, no obstante ha menudo han intentado de nuevo hacerlo con
simples hipótesis; ¡es inútil escucharlos, dejemos
que se hablen a sí mismos!
* Traducción de Antonio Elizalde del artículo “Com’é
bruta I’ecología dei filosofi”, en Volonta’,
2-3/87, originalmente fue publicado en la revista Umter dem Pflaster
liegt der Strand. de 1982. |