Este
artículo también se encuentra a disposición
de los lectores en formatos word
Polis,
Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 1 Número 1, 2001
Como defender a la sociedad
de la ciencia*
Paul Feyerabend
* * *
Quiero defender a la sociedad y a sus habitantes de toda clase
de ideologías, incluyendo la ciencia. Toda ideología
debe ser vista en perspectiva. Uno no las debe tomar demasiado en
serio. Debe leerlas como (se leen) los cuentos de hadas, los que
tienen un montón de cosas interesantes que decir, pero que
contienen también maliciosas mentiras, o (leerlas) como prescripciones
éticas que pueden ser útiles como reglas prácticas,
pero que son mortíferas cuando se las sigue al pie de la
letra.
Ahora bien ¿no es ésta una extraña y ridícula
actitud? La ciencia, de seguro, estuvo siempre en la avanzada de
la lucha contra el autoritarismo y la superstición. A la
ciencia le debemos nuestra incrementada libertad intelectual frente
a las creencias religiosas y, asimismo la liberación de la
humanidad de antiguas y rígidas formas de pensamiento. Hoy
estas formas de pensamiento no son más que malos sueños
–y esto lo aprendimos de la ciencia. Ciencia e ilustración
(enlightenment) son una y la misma cosa- incluso los críticos
más radicales creen esto. Kropotkin quiería terrminar
con todas las instituciones tradicionales y formas de pensamiento,
con excepción de la ciencia. Ibsen critica las ramificaciones
más íntimas de la ideología burguesa del siglo
XIX, pero deja intocada la ciencia. Levi-Strauss nos ha hecho darnos
cuenta que el pensamiento occidental no es la cumbre solitaria del
logro humano que una vez se creyó ser, pero excluye a la
ciencia de su relativización de las ideologías. Marx
y Engels estaban convencidos de que la ciencia ayudaría a
los trabajadores en su búsqueda de una liberación
intelectual y social. ¿Se engañaban todas estas personas?
¿Están todas ellas equivocadas acerca del rol de la
ciencia? ¿Son todas ellas víctimas de una quimera?
A estas preguntas mi respuesta es un firme: sí y no. Ahora,
permítanme explicar mi respuesta. Mi explicación contiene
dos partes, una más general, y otra más específica.
La explicación general es simple: cualquier ideología
que rompe el control que un sistema comprensivo de pensamiento ejerce
sobre la mente de los hombres contribuye a la liberación
humana. Cualquier ideología que hace al hombre cuestionar
creencias heredadas es una ayuda a la ilustración. Una verdad
que reina sin contrapeso es una tiranía que debe ser derrocada,
y cualquier falsedad que pueda ayudarnos en el derrocamiento de
este tirano debe ser bienvenida. En consecuencia, la ciencia de
los siglos XVII y XVIII fue en realidad un instrumento de liberación
e ilustración, no sé porque la ciencia está
obligada a continuar siendo un tal instrumento. No hay nada inherente
en la ciencia, o en cualquier otra ideología, que la haga
esencialmente liberadora, las ideologías pueden deteriorarse
y llegar a ser religiones estúpidas, por ejemplo, el marxismo.
La ciencia de hoy es muy diferente de la ciencia de 1650, esto es
evidente para la mirada más superficial.
Por ejemplo, considérese el rol que la ciencia juega hoy
en la educación. Los ‘hechos’ científicos
son enseñados en una edad muy temprana en la misma forma
en que los ‘hechos’ religiosos lo eran sólo hace
un siglo. No se hace ningún intento de despertar las capacidades
críticas del estudiante de modo que pueda ver las cosas en
perspectiva. En las universidades la situación es incluso
peor, pues el adoctrinamiento es aquí llevado a cabo de una
manera mucho más sistemática. La crítica no
está enteramente ausente.La sociedad, por ejemplo, y sus
instituciones, son criticadas del modo más severo y a menudo
de la manera más injusta, y esto ya al nivel de la escuela
primaria. Pero la ciencia es exceptuada de la crítica. En
la sociedad, en general, el juicio de las científicos es
recibido con la misma reverencia que el juicio de arzobispos y cardenales
era aceptado hasta hace no mucho tiempo. El movimiento hacia la
‘demitologización’ (de la religión), por
ejemplo, está ampliamente motivado por el deseo de evitar
cualquier choque entre el cristianismo y las ideas científicas.
Si tal choque ocurre, entonces la ciencia está, por cierto,
en lo correcto y el cristianismo está equivocado. Continúe
esta investigación más adelante y verá como
la ciencia se ha hecho actualmente tan opresiva como las ideologías
que una vez tuvo que combatir. No se engañe por el hecho
de que hoy casi nadie es muerto por sostener a una herejía
científica; esto no tiene nada que ver con la ciencia. Tiene
algo que ver con la cualidad general de nuestra civilización.
A los herejes en ciencia aún se los hace sufrir las más
severas sanciones que esta relativamente tolerante civilización
tiene que ofrecer.
Pero ¿no es esta descripción completamente injusta?
¿No he presentado el asunto bajo una luz muy distorsionada
al usar una terminología tendenciosa y distorsionada? ¿No
debiéramos describir la situación de un modo muy diferente?
He dicho que la ciencia ha devenido rígida, que ha dejado
de ser un instrumento de cambio y liberación sin agregar
que ella ha encontrado la verdad, o una gran parte de ella. Al considerar
este hecho adicional nos damos cuenta, así dice la objeción
que la rigidez de la ciencia no es debida a la voluntad (wilfulness)
humana. Se encuentra en la naturaleza de las cosas. Porque una vez
que se ha descubierto la verdad ¿qué otra cosa podemos
hacer sino seguirla?
Esta trivial respuesta es cualquier cosa menos original. Se la
usa cada vez que una ideología quiere reforzar la fe de sus
seguidores. ‘Verdad’ es una palabra tan bellamente neutral.
Nadie negaría que es loable decir la verdad y malo decir
mentiras. Nadie negará eso y, sin embargo, nadie sabe lo
que una tal actitud conlleva. De modo que es fácil torcer
las cosas y cambiar la fidelidad a la verdad en los asuntos cotidianos
en la defensa dogmática de esa (misma) ideología.
Y no es, por supuesto, verdadero que tengamos que seguir la verdad.
La vida humana es guiada por muchas ideas. La verdad es una de ellas,
la libertad y la independencia intelectual son otras. Si la Verdad,
tal como la conciben algunas ideologías, entra en conflicto
con la libertad, entonces tenemos una (posibilidad de) elección.
Podemos abandonar la libertad. Pero también podemos abandonar
la Verdad (alternativamente, podemos adoptar una idea más
sofisticada de la verdad que ya no contradice la libertad; esa fue
la solución de Hegel). Mi crítica de la ciencia moderna
es que inhibe la libertad de pensamiento. Si la razón (aducida)
es que ella ha encontrado la verdad y ahora [simplemente] la sigue,
entonces yo diría que hay mejores cosas que [este] primer
descubrimiento, y luego seguir a un tal monstruo. Esto finaliza
la parte general de mi explicación.
Existe un argumento más especifico para defender la posición
excepcional que la ciencia tiene hoy en la sociedad. En síntesis,
el argumento dice: (1) que la ciencia ha encontrado finalmente el
método correcto para lograr resultados, y (2) que hay muchos
resultados que prueban la excelencia del método. El argumento
está equivocado, pero la mayoría de los intentos de
mostrar esto llevan a un callejón sin salida. La metodología
ha devenido hoy tan llena de sofisticación vacía que
es extremadamente difícil percibir los simples errores [que
se encuentran] en su base. Es como combatir a la Hidra – córtese
una horrible cabeza y ocho formalizaciones tomarán su lugar.
En esta situación la única respuesta es la superficialidad:
cuando la sofisticación pierde su contenido el único
modo de mantener el contacto con la realidad es ser crudo y superficial.
Esto es lo que intento ser.
Contra el método
Hay un método, dice la parte (1) del argumento. ¿Cuál
es?, ¿Cómo funciona? Una respuesta, que ya no es tan
popular como lo fue en el pasado, es que la ciencia trabaja reuniendo
hechos e infiriendo teorías [a partir] de ellos. La respuesta
es insatisfactoria porque las teorías nunca se siguen (infieren)
de los hechos, en un estricto sentido lógico. Decir que ellas
pueden, sin embargo, ser apoyadas por los hechos asume una noción
de apoyo que: (a) no muestra este defecto y es (b) suficientemente
sofisticada para permitirnos decir hasta qué punto, digamos,
la Teoría de la Relatividad es apoyada por los hechos. No
existe hoy una tal noción, ni es posible que pueda ser encontrada
algunas vez (uno de los problemas es que necesitamos una noción
de apoyo en la cual de “algunos cuervos son negros”
pueda decirse que apoyan [la proposición] ‘todos los
cuervos son negros’). De esto se dieron cuenta los convencionalistas
y los idealistas transcendentales, quienes señalaron que
las teorías dan forma y orden a los hechos, y por lo tanto
pueden ser mantenidas pase lo que pase.
Ellas pueden ser conservadas porque la mente humana, ya sea consciente
o inconscientemente, realiza [siempre] su función ordenadora.
El problema con estas visiones es que ellas asumen para la mente
aquello que quiere explicar para el mundo, es decir, que funciona
de una manera regular. Hay una sola visión que supera todas
estas dificultades. Fue inventada dos veces en el siglo XIX, por
[John Stuart] Mill, en su inmortal ensayo Sobre la libertad, y por
algunos darwinianos, quienes extendieron el darwinismo a la batalla
de las ideas. Esta visión toma el toro por las astas: las
teorías no pueden ser justificadas y su excelencia no puede
ser mostrada sin referencia a otras teorías. Podemos explicar
el éxito de una teoría por referencia a una teoría
más comprensiva (podemos explicar el éxito de la teoría
de Newton usando la Teoría General de la Relatividad); y
podemos explicar nuestra preferencia por ella comparándola
con otras teorías. Una tal comparación no establece
la excelencia intrínseca de la teoría que hemos elegido.
En realidad, la teoría que hemos elegido puede ser sumamente
repugnante. Puede contener contradicciones, puede estar en conflicto
con hechos bien conocidos, puede ser engorrosa, poco clara, “ad
hoc” en lugares decisivos, y así sucesivamente. Pero
puede aún ser mejor que cualquier otra teoría disponible
en aquel momento, puede en realidad ser la mejor teoría repugnante
que hay. Tampoco se eligen los estándares de juicio de una
manera absoluta. Nuestra sofisticación se incrementa con
cada elección que hacemos, y lo mismo ocurre con nuestros
estándares. Estos compiten tanto como compiten nuestras teorías,
y elegimos los estándares más apropiados a la situación
histórica dentro de la cual ocurre la elección. Las
alternativas rechazadas (teorías, estándares, ‘hechos’)
no son eliminadas. Ellas sirven como correctivos (después
de todo, podemos haber hecho la elección equivocada), y ellas
también explican el contenido de las visiones preferidas
(entendemos [algo] relativamente mejor cuando entendemos la estructura
de sus competidoras; conocemos el significado pleno de la libertad
sólo cuando tenemos una idea de la vida en un estado totalitario,
de sus ventajas – y hay muchas ventajas – tanto como
sus desventajas. El conocimiento así concebido es un océano
de alternativas canalizadas y subdivididas por un océano
de estándares. [Este] obliga a nuestra mente a hacer elecciones
imaginativas y así lo hace crecer, la hace capaz de elegir,
imaginar, criticar.
Hoy esta visión es a menudo conectada con el nombre de
Karl Popper. Pero hay algunos diferencias decisivas entre Popper
y Mill. Para empezar, Popper desarrollo su visión para resolver
un problema especial de la epistemología: quería resolver
las condiciones favorables al crecimiento humano. Su epistemología
es el resultado de cierta teoría del hombre, y no al revés.
También, estando Popper influido por el Círculo de
Viena, mejora la forma lógica de una teoría antes
de discutirla; mientras que Mill usa cada teoría en la forma
en que ocurre en la ciencia. En tercer lugar, los estándares
de comparación de Popper son rígidos y fijos, mientras
que a los de Mill se les permite cambiar con la situación
histórica. Finalmente, los estándares de Popper eliminan
competidores de una vez por todas: las teorías son ya sea
no falsables, o falsables, y lo no refutable no tiene lugar en la
ciencia. Los criterios de Popper son claros, no son ambiguos, (están)
formulados con precisión; los criterios de Mill no lo son.
Esto sería una ventaja si la propia ciencia fuera clara,
inequívoca, y formulada con precisión fuera clara,
inequívoca, y afortunadamente no lo es.
Para empezar, ninguna nueva y revolucionaria teoría científica
es formulada de una manera que nos permita decir bajo qué
circunstancias debamos verla como un peligro; muchas teorías
revolucionarias son infalsables. Existen versiones falseables, pero
ellas no están casi nunca de acuerdo con afirmaciones básicas
aceptadas: cada teoría moderadamente interesante es falsada.
Además, las teorías tienen fallas formales, muchas
de ellas contienen contradicciones, ajustes “ad hoc”,
y así sucesivamente. Aplicados con rigor los criterios popperianos
eliminarían la ciencia sin reemplazarla por nada comparable.
Ellos son inútiles como una ayuda a la ciencia.
En la década pasada esto ha sido advertido por varios pensadores,
Kuhn y Lakatos, entre ellos. Las ideas de Kuhn son interesantes
pero, lamentablemente, son demasiado vagas para levantar otra cosa
que un “montón de aire caliente” (To give rise
to anything but lots of hot air). Si no me cree, mire la bibliografía.
Nunca antes la bibliografia sobre filosofía de la ciencia
había sido invadida por tantos aduladores e incompetentes.
Kuhn incentiva a hablar con seguridad acerca del método científico
a gente que no tiene idea por qué una piedra cae al suelo.
Ahora bien, yo no tengo objeción a la incompetencia, pero
sí la objeto cuando viene acompañada de aburrimiento
y fariseísmo. Y esto es exactamente lo que ocurre. No obtenemos
ideas falsas interesantes, sino ideas aburridas o palabras que no
tiene relación con ninguna idea. En segundo lugar, cada vez
que uno trata de hacer las ideas de Kuhn más definitivas,
encuentra que son falsas. ¿Hubo alguna vez un período
de ciencia normal en la historia del pensamiento? No, y desafío
a cualquiera a probar lo contrario.
Lakatos es inmensamente más sofisticado que Kuhn. En vez
de teorías estudia programas de investigación que
son secuencias de teorías conectadas por métodos de
modificación llamados heurísticos. Cada teoría
en la secuencia puede estar llena de faltas. Puede estar infestada
por anomalías, contradicciones, ambigüedades. Lo que
cuenta no es la forma de las teorías [en particular], sino
la tendencia exhibida por la secuencia. Juzgamos los desarrollos
históricos, los logros en un período de tiempo, más
bien que la situación en un momento particular. Historia
y metodología son combinadas en una única empresa.
Se dice que un programa de investigación progresa si la secuencia
de las teorías conduce a nuevas predicciones; se dice que
está estancado si se limita a absorber hechos que han sido
descubiertos sin su ayuda.
Una característica decisiva de la metodología de
Lakatos es que tales evaluaciones ya no se encuentran atadas a reglas
metodológicas que le digan al científico que mantenga
o abandone un programa de investigación. Los científicos
pueden persistir con un programa estancado o, pueden incluso tener
éxito en hacer que dicho programa supere a sus rivales, y
ellos por lo tanto proceden racionalmente cualquiera sea lo que
estén haciendo (siempre y cuando, ellos continúen
llamando estancado a un programa que lo está, y progresivo
a un programa progresivo). Esto significa que Lakatos ofrece palabras
que suenan como los elementos de una metodología; [pero]
no nos ofrece una metodología. No hay métodos, de
acuerdo con lo más avanzada y sofisticada metodología
hoy en existencia. Esto finaliza mi respuesta a la parte (1) del
argumento específico.
Contra los resultados
De acuerdo con la parte (2), la ciencia se merece una posición
especial porque ha producido resultados. Este es un argumento [válido]
sólo si puede darse por descontado que ninguna otra cosa
ha producido jamás resultados. Ahora, puede admitirse que
casi todos los que discuten el asunto asumen tal supuesto. Puede
también admitirse que no es fácil mostrar que la asunción
es falsa. Formas de vida diferentes de la ciencia han desaparecido
o degenerado hasta un punto que hacen imposible una justa comparación.
Aún así, la situación no es tan desesperada
como lo fue hace sólo una década. Hemos llegado a
conocer métodos de diagnóstico médico y terapia
que son efectivos (y tal vez incluso más efectivos que las
partes correspondientes de la medicina occidental), y que, sin embargo,
se basan en una ideología que es radicalmente diferente de
la ideología de la ciencia occidental. Hemos aprendido que
hay fenómenos tales como la telepatía y la telekinesia
que son borrados al ser abordados científicamente, y que
podrían ser usados para hacer investigación en una
forma enteramente nueva (pensadores más tempranos tales como
Agrippa e Nettesheim, John Dee, e incluso [Francis] Bacon eran conscientes
de estos fenómenos). Y entonces ¿no es el caso que
la Iglesia salvó almas, mientras que la ciencia a menudo
hace precisamente lo opuesto? Por supuesto, nadie cree ahora en
la ontología que subyace a este juicio. ¿Por qué?
En razón de presiones ideológicas idénticas
a aquellas que hoy día nos hacen escuchar a la ciencia con
exclusión de toda otra cosa. Es cierto, también que
fenómenos tales como la telekinesia y la acupuntura pueden
eventualmente ser absorbidos (incluidos) dentro del cuerpo de la
ciencia y pueden, por tanto, ser llamados ‘científicas’.
Pero nótese que esto ocurre sólo después de
largos períodos de resistencia, durante los cuales una ciencia
que no contiene aún los [referidos] fenómenos quiere
prevalecer sobre formas de vida que los contiene.
Y esto lleva a una ulterior objeción en contra de la parte
(2) del argumento específico. El hecho de que la ciencia
tiene resultados cuenta en su favor sólo si estos resultados
fueron logrados sólo por la ciencia, y sin ninguna ayuda
desde fuera. Una mirada a la historia muestra que la ciencia casi
nunca obtiene sus resultados de esta manera. Cuando Copérnico
introdujo una visión nueva del universo, no consultó
predecesores científicos [sino] a un pitagórico loco
como Filolao. Adoptó sus ideas y las mantuvo en oposición
a toda regla adecuada de razonamiento científico. La mecánica
y la óptica deben mucho a los artesanos, la medicina, las
parteras y brujas. Y en nuestro propio tiempo hemos visto como la
interferencia del Estado puede [hacer] avanzar la ciencia: cuando
los comunistas chinos se negaron a ser intimidados por el juicio
de los expertos y ordenaron traer la medicina tradicional de vuelta
a las universidades y hospitales, hubo una protesta mundial (y se
dijo) que la ciencia se arruinaba en China. Ocurrió justamente
lo contrario: la ciencia china avanzó y la ciencia occidental
aprendió de ella.
Donde quiera que miremos vemos que grandes avances científicos
se deben a interferencias exteriores que prevalecen en contra de
las más básicas y ‘racionales’ reglas
metodológicas. La lección es clara: no existe un solo
argumento que pudiera ser usado para apoyar el rol excepcional que
la ciencia juega hoy en la sociedad. La ciencia ha hecho muchas
cosas, pero igualmente lo han hecho otras ideologías. La
ciencia a menudo procede sistemáticamente, pero también
lo hacen otras ideologías (Basta con que se consulte la historia
de muchos debates doctrinarios que tuvieron lugar en la Iglesia)
y, además, no hay reglas dominantes a las que haya que adherirse
bajo cualquier circunstancia; no hay una ‘metodología
científica’ que pueda usarse para separar la ciencia
del resto [de las ideologías]. La ciencia es sólo
una de las muchas ideologías que impulsan a la sociedad y
debería ser tratada como tal (esta afirmación se aplica
incluso a las secciones más progresivas y más dialécticas
de la ciencia). ¿Qué consecuencia podemos extraer
de este resultado?
La consecuencia más importante es que debe haber una separación
forma entre el Estado y la ciencia, así como existe actualmente
una separación formal entre la Iglesia y el Estado. La ciencia
puede influir sobre la sociedad, pero sólo en la misma proporción
en que a cualquier grupo político o de presión se
le permite influenciar a la sociedad. Los científicos pueden
ser consultados acerca de proyectos importantes, pero el juicio
final debe ser dejado a los cuerpos consultivos democráticamente
elegidos. Estos cuerpos estarían formados principalmente
de legos ¿Serían ellos capaces de arribar a los juicios
correctos? Ciertamente que sí, porque la competencia, las
complicaciones y los éxitos de la ciencia son ampliamente
exagerados. Una de las experiencias más regocijantes es ver
como un abogado, que es un lego, puede encontrar debilidades en
el testimonio, en el testimonio técnico del experto más
avanzado, y así preparar al jurado para su veredicto. La
ciencia no es un libro cerrado que se entiende sólo después
de años de entrenamiento. Es una disciplina intelectual que
puede ser examinada y criticada por cualquiera que esté interesado,
y que parece difícil y profunda sólo por causa de
una campaña sistemática de confusión llevada
a cabo por muchos científicos (aunque, me alegro de decirlo,
no por todos).
Los órganos del Estado no deberían nunca vacilar
en rechazar el juicio de los científicos, cuando tengan razones
para hacerlo. Tales rechazos educarán al público general,
lo harán tener más confianza en sí mismo, y
puede incluso conducir a mejorías. Considerando el apreciable
chovinismo del “establishment” científico podemos
decir: mientras más “Lysenko affairs” mejor.
No es la interferencia del Estado lo reprochable en el caso de Lysenko,
sino la interferencia totalitaria que mata a los oponentes en vez
de tomar en cuenta sus consejos. Tres hurras por los fundamentalistas
de California que triunfaron al lograr que se eliminara de los textos
de estudio una formulación dogmática de la teoría
de la evolución, y que se incluyera en ellos el relato del
Génesis, aunque sé que ellos llegarían a ser
tan chovinistas y totalitarios como lo son hoy los científicos,
si se les diera la posibilidad de dirigir la sociedad por sí
mismos. Las ideologías son maravillosas cundo se las usa
en compañía de otras ideologías. Ellas se convierten
en aburridas y doctrinarias tan pronto como sus méritos conducen
a la remoción de sus oponentes.
*“How to defend society against science”, (1975) traducido
parcialmente por el Dr. Hermes Benítez, Ph D de la Universidad
de Alberta de Scientific Revolutions, Ian Hacking (ed.), Oxford
University Press, Oxford, 1981, pp 156 – 167.
|