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Polis,
Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 1 Número 1, 2001
Infructuosidad, Intuición
y Reduccionismo
Fundamentos para una Economía Ecosistémica
Rodrigo Jiliberto H.*
Economista, MSc., Consultor Senior en Medio Ambiente. Director de
TAU Consultora Ambiental. Santa Matilde 4, 28039 Madrid - España.
E-mail: tau@idecnet.com
* * *
La economía, como disciplina, se cimienta en una circularidad
epistemológica de hierro, tan consistente, que hace inviable
fundar un modo distinto de entender económicamente el mundo
natural a partir de la crítica de sus fundamentos teóricos
o de sus prácticas. Tal circularidad epistemológica
es la que se entreteje entre la visión mecánica-objetual
del mundo en que se funda todo el conocimiento científico
moderno; el problema económico u objeto de estudio que fundamenta
tal cosmovisión “objetual”, y finalmente, la
descripción de “lo natural” que se deriva de
ese objeto económico de análisis.
La solidez de esta construcción teórica se fundamenta,
en última instancia, en una percepción difícilmente
discutible a primera vista, a saber, que el mundo efectivamente
está compuesto de objetos dotados de una identidad precisa
e inmanente, que constituyen la realidad última a la que
se refiere la economía. Expresado de un modo sintético,
la tesis que se sostiene aquí es que la conciencia de un
mundo poblado de objetos le otorga entidad epistemológica
al problema económico, entendido como el problema de la asignación
de tales objetos que pueblan el mundo. Se sostiene, a continuación,
que esa misma visión objetual es la que da entidad epistemológica
a la valoración antropocéntrica como el mecanismo
de solución al dilema de la asignación. Al instituir
la dualidad sujeto-objeto, esa visión objetual del mundo
posibilita una valoración antropocéntrica, pues allí
los objetos pueden ser asignados por unos sujetos distantes e independientes
de éstos. Y se sostiene finalmente que la valoración
produce un reordenamiento teórico de “lo natural”
indiscutible desde la propia lógica del pensamiento económico.
Para una conciencia objetual de mundo, la economía estándar
da cuenta de forma integral y consistente del problema económico-ambiental
que de ella se deriva. Y esa conciencia es tan válida como
cualquier otra. Más aún, es la conciencia en la que
se funda toda la vida moderna. Por esta razón, el reto teórico
que se deriva de esa sensación de infructuosidad que generan
los ejercicios ambientales neoclásicos, no se puede fundamentar
en la crítica del paradigma ambiental neoclásico.
El reto teórico consiste en poder iluminar, con el mismo
poder de convicción de la de los objetos, otro mundo que
permita construir otro problema económico, y otra forma de
entender la solución de ese problema económico, que,
a fin de cuentas, genere menos sensación de infructuosidad
que aquella que genera la teoría económica actual.
Si el pensamiento económico moderno se formalizó en
medio de las verdades absolutas que dominaban todo el conocimiento
científico de su época y, fundamentalmente, en medio
de las de la física, es pensable que hoy en día se
pueda, también al calor de los avances científicos
singulares, y de los destellos del mundo que ellos dejan ver, sentar
las bases de un nuevo entender económico. Si se tienen en
cuenta los avances en el conocimiento científico que han
tenido lugar desde la segunda década de este siglo hasta
nuestros días, la situación es tal, que es factible
imaginar que el mundo exterior, que la “realidad”, no
deba ser necesaria y exclusivamente concebida como una extensión
de objetos discontinuos.
Detrás de la realidad objetual, las diversas ciencias, la
microfísica, la biología, la teoría de la información
y otros, descubren realidades mucho menos delimitadas, un tránsito
continuo, un devenir, que las aleja cada vez más de aquellas
entidades objetivas últimas, de las cuales la ciencia del
siglo pasado creía que se hallaba compuesto el mundo. Cada
vez más “la realidad” se asemeja más un
enjambre de cosas relacionadas, que se entienden en ese relacionarse,
que a muchos entes distintos los unos de los otros. Cada vez más
esta aproximación relacional es más fructífera
para entender ciertos fenómenos, que ante una perspectiva
objetual inmanente parecían inexplicables, o inabordables,
como son los fenómenos propios de la física cuántica,
la biología molecular, entre tantos otros. Cada vez más
es factible entender el papel que una entidad difícil de
atrapar en un concepto estrictamente objetual, como es la información,
juega en la estructuración de esas entidades que viven en
y por el relacionarse que son los sistemas. Es decir, es cada vez
más factible pensar un mundo que no esté necesariamente
constituido por objetos como entidades últimas del ser. Cada
vez es más factible pensar que el mundo se halla constituido
por sistemas, que son a su vez el producto de muchos sistemas, que
dan lugar junto con otros sistemas a nuevos sistemas, así,
hasta el infinito. Es decir, existe hoy, al igual que cuando se
fundó la ciencia económica, la posibilidad de fundar
un pensamiento económico en una visión del mundo coherente
con el pensamiento científico contemporáneo, sólo
que distinta, radicalmente distinta a la que había en aquel
entonces.
Sin embargo, pensar un mundo sistémico impone ciertos condicionantes
epistemológicos. Los sistemas tienen sus propias lógicas
y hay que pensar según ellas. No se puede asumir la “realidad”
de los sistemas y continuar pensando que los problemas que ellos
originan, las cuestiones teóricas a las que ellos dan lugar,
sean las mismas que surgen en un mundo objetual. Es decir, si se
asume radicalmente una cosmovisión sistémica es necesario
replantearse los problemas teóricos a que daba lugar una
cosmovisión objetual. Esto significa, en otras palabras que,
en un mundo sistémico, el problema económico no puede
ser el mismo que el que aparece en un mundo de objetos. El problema
de la optimización en un mundo sistémico, por principio,
no puede consistir en la asignación de “objetos”,
que es lo que son los “objetos económicos”, pues
ese mundo no da lugar a objetos. La lectura sistémica del
mundo, la lectura del imperativo de optimización que de él
se deriva, la definición del campo de racionalidad que ese
imperativo supone, tiene la entidad epistemológica suficiente
como para dar lugar a una nueva disciplina económica, la
economía ecosistémica, cuya intención es interpretar/rescatar
esa intuición de cambio paradigmático que ilumina
el pensamiento económico alternativo, y llevarlo radicalmente
a un nuevo paradigma analítico de “lo económico”.
El objetivo último de la economía ecosistémica
debe ser la optimización ecosistémica de aquello a
que se denomine sistema económico.
El paradigma económico en un mundo objetual
El problema económico en un mundo objetual
El problema económico tal cual se halla formalizado en el
pensamiento económico moderno, así como el problema
de la asignación de recursos escasos a fines alternativos,
está - entre otros problemas, y obviando su largo proceso
histórico de gestación - íntimamente ligado
a la concepción del mundo objetual, propia del desarrollo
del conocimiento en el momento en que la disciplina económica
alcanzó su madurez. La economía que alcanza su madurez
como ciencia a finales del siglo XIX, adoptó, en correspondencia
de los avances científicos de la época, una visión
lineal y mecánica de la "realidad". Esto supuso
considerar básicamente que "lo real" estaba compuesto
de objetos inmanentes y aislados que sufrían únicamente
cambios mecánicos de posición perfectamente reversibles.
(Naredo 1987 y Passet 1996). En esa representación del mundo
de carácter mecánica, ordenada y eterna, que impregnaba
todo conocimiento de la época, la mejor forma de asignar
esos objetos escasos y útiles, que eran otorgados al hombre,
podía concebirse como el único problema económico
posible. El problema de la asignación podía derivarse,
como problema teórico, lineal y completamente de ese mundo
objetual. Podía, y en los hechos lo ha sido, ser entendido
como el problema económico “per se”. Es decir,
en un mundo objetual, el problema de la asignación de recursos
escasos a fines alternativos constituye un problema que puede ser
descrito, y resuelto íntegramente en coherencia con esa visión
objetual mecánica del mundo. No requiere ningún otro
soporte epistemológico. Se halla, como problema, totalmente
dado y resuelto en esa cosmovisión. Esta ontología
objetual es, en última instancia, la que ha otorgado soporte
epistemológico de hierro al problema económico concebido
como la asignación de recursos escasos a fines alternativos.
Cualquiera otra aproximación a lo económico requeriría,
en las mismas circunstancias, otros soportes ontológicos,
que no contaban con la misma validez social que la objetual .
Efectivamente, sólo si se entiende que las entidades que
pueblan el mundo son entes dotados de una identidad perfectamente
delimitada e imperecedera (la piedra es piedra distinta de la arena,
y es piedra en todo lugar y tiempo), es posible pensar que existe
un problema resoluble consistente en asignar óptimamente
el uso de esos objetos que resultan escasos. Es importante observar,
que la escasez, como concepto, sólo resulta pensable en un
mundo objetual. La delimitación entre las cosas que surge
de una concepción objetual del mundo constituye el soporte
del concepto de escasez, la hace posible y visible. En una concepción
en que las cosas se hallan relacionadas y en un devenir continuo,
no hay cosas delimitadas, y la escasez carece de validez como concepto.
Se entiende, entonces, porque en un mundo objetual la percepción
de recursos escasos frente a fines alternativos puede ser argumentada
con toda plenitud como el problema económico inmediato.
La concepción objetual e inmanente del mundo, dominante
en los momentos en que la economía se consolidó como
disciplina, constituyó el soporte para la definición
del problema económico per se, pero además, le permitió
a ésta concebirlo como un problema cerrado. Le permitió,
asimismo, concebir el sistema, en la cual se desarrollaba tal problema,
como un sistema cerrado. Efectivamente, sólo en un mundo
en que todos los objetos económicos y los agentes, es decir,
en que todos los elementos del sistema constituyen entidades dotadas
de una identidad inmanente, si son entidades estrictamente discontinuas
en una realidad poblada de entes discontinuos; es decir, si son
objetos, sólo entonces, es posible pensar que un problema
y su resolución puede afectar a un conjunto estrictamente
delimitado del mundo “real”. Solo entonces, es pensable
delimitar ese conjunto de entidades de lo real que se ven afectadas
o son partes del problema, y pensar que la solución que se
dé al mismo afectará exclusivamente a tales entidades.
De lo contrario, no sería factible ni delimitar un problema
a un conjunto cerrado de “cosas” ni hallar luego tal
conjunto. Toda delimitación sería imposible.
El único problema que quedaba pendiente, luego de aceptar
el mundo objetual dominante y definir el único problema económico
posible, era determinar los criterios que hacían que unos
u otros objetos entraran en el sistema cerrado en que se desarrollaba
el problema, y la economía elaboró acuciosamente tales
criterios. Esta concepción del problema económico
como sistema cerrado le permitió a la economía entender
que podía dar cuenta de la cuestión de la asignación
con independencia del resto de objetos que poblaban el mundo. Pero,
además, es ese carácter objetual inmanente del mundo,
esa identidad inmanente e imperecedera de los objetos económicos,
el que permite al análisis económico pensar que puede
dar cuenta de la cuestión económica, sin considerar
las variables espacio y tiempo. Los objetos y los agentes económicos
son, y esa propiedad permite la resolución del problema económico
con independencia de su ubicación en el espacio y el tiempo.
(Georgescu-Roegen 1996 y Naredo 1987). Si, por el contrario, las
cosas no se conciben como entidades inmanentes y cerradas, sino
en flujo, en un constante devenir, toda operación lógica
fuera de un evento histórico determinado carecería
de todo sentido. En otros momentos y en otros lugares, las mismas
cosas serían otras cosas: toda connotación sería
contingente. Todo cálculo fuera del evento carecería
de ámbito de aplicación y toda planificación
económica seria inútil.
Esta concepción del problema económico como un sistema
cerrado de objetos inmanentes, es la que hizo posible que la economía
se planteara hallar una resolución efectiva al problema de
la asignación óptima de recursos, a la delimitación
de equilibrios óptimos de carácter universal. Sólo
en un sistema constituido por un número cerrado de objetos
y agentes inmanentes y eternos, la determinación de la máxima
utilidad posible que se derivaba de las distintas asignaciones posibles
de tales objetos entre tales agentes resulta una tarea imaginable.
Sólo allí es factible pensar que la cuestión
económica esta abocada a la definición de equilibrios
óptimos de carácter universal entre objetos y agentes.
La economía definió un objeto de análisis
que se derivó de forma natural de la concepción dominante
del mundo en que ésta maduró. Visión, que por
lo demás, aún comparte gran parte de la humanidad,
y que, por otra parte, no puede ser sometida a un juicio de falsación
o de veracidad. Más aún, todo el entramado científico
y toda la práxis social en las actuales sociedades modernas
se fundan en la creencia absoluta de que el mundo está constituido
exclusivamente por objetos. Y sólo eso la valida como forma
de “pensar” el mundo. De la misma forma que las sociedades
modernas no validan otras formas, místicas, por ejemplo,
de pensar el mundo, ni permitirían que ellas gobernaran las
formas de hacer.
La descripción económica de “lo natural”
De dicho objeto analítico se derivó una descripción
de “lo natural” funcional a la resolución de
lo que se consideró el problema económico. Esto no
podía ser de otra forma, dado el carácter analítico
que asumió de la disciplina económica de acuerdo a
lo que se constituyó históricamente como el modo de
conocer científico. Las disciplinas científicas en
el proceso de conocimiento proceden por reducción, o mediante
una disección analítica de la "realidad".
Este "reduccionismo débil" es el instrumento inapelable
de este tipo de conocimiento. (Atlan, 1991) La aproximación
analítica presupone un corte transversal de “lo real"
a partir de un objeto de conocimiento o fin cognitivo determinado
.
Entrar en el "juego científico", implica, por
tanto, respetar los principios básicos del pensamiento racional,
que son los de no-contradicción y de identidad, y requiere
una aproximación analítica a la "realidad".
Esto se materializa en la definición de un objeto de estudio
que dirige el reordenamiento de lo "real" de acuerdo con
un fin cognitivo determinado . La historicidad de la definición
del objeto de análisis de una ciencia es una cuestión
inobjetable. No cualquier fin u objeto sirve para orientar el análisis
científico. La validación de las preguntas relevantes
que definen el objeto de estudio de una disciplina es una parte
importante de la historia de la ciencia. Ahora bien, la historicidad
de los objetos analíticos no invalida ni el conocimiento
científico, ni la utilidad de tales objetos como elementos
nucleares de la razón científica en comparación
con otras "razones" utilizadas por el conocimiento humano
. La pregunta que ordena el pensamiento económico desde los
economistas clásicos y neoclásicos, siguiendo la percepción
objetual dominante del mundo, es el problema de la asignación
de recursos escasos a fines alternativos; es el problema de la optimización
en la asignación de recursos. En términos más
genéricos se puede decir que la economía es la ciencia
abocada a la optimización como cuestión social.
En el marco del problema de la asignación, el valor ha jugado
un papel central, y constituye por ello un concepto nuclear en economía.
El valor es el instrumento que hace posible la reducción
de los múltiples atributos comprometidos en una elección
económica a un solo referente. Permite, así, llevar
a cabo una ordenación de tales opciones con el fin de encontrar
aquella que hace máximo el bienestar individual o social.
El valor es la herramienta básica en la optimización
del uso de los recursos escasos. La valoración económica
constituye el procedimiento mediante el cual el agente económico
otorga un lugar, en una escala previamente establecida, a cada una
de las opciones que tiene para dar solución al problema económico
a que se enfrenta. Valorar significa otorgar un valor a cada cosa,
y un valor constituye una ordenamiento subjetivo del objeto valorado
en una escala dada.
Una vez que se le ha dado un valor a cada opción o a cada
uno de los elementos comprometidos en la opción, la toma
de decisión es relativamente simple. Esta consiste en contrastar
cual de ellas genera mas valores positivos (beneficios) que negativos
(costes), mediante un algoritmo matemático. Este algoritmo
se ha fundamentado, a partir de la economía neoclásica,
en el análisis marginal, y su formulación teórica
más pedestre es la del análisis coste-beneficio. La
valoración económica, entonces, da lugar a un ordenamiento
teórico de lo "real", apropiado y sólo válido
a la resolución del problema planteado por la necesidad de
optimizar la asignación de recursos escasos. En ese ordenamiento
de lo "real" los ámbitos de lo natural han estado
presentes de una forma singular. Esto quiere decir que han estado
presentes de tal forma que su representación ha ayudado a
solucionar el dilema de la asignación. Esto significa que
"lo natural" no ha tenido a priori porqué estar
representado en economía, tal como se hace referencia a ello
desde otras ciencias, como la biología, la física
o la ecología que tienen fines cognitivos distintos. Más
bien si hubiese sido así, ello sería una demostración
de un cierto fracaso de la economía para dar cuenta de los
problemas que la ocupan.
En una primera instancia, se puede señalar que la representación
de "lo natural" en la economía ha dado lugar a
una visión fragmentaria. Es decir, no existe un pensamiento
económico sobre la naturaleza (por lo menos no en la economía
moderna, sino que-en tanto que algún aspecto, que se pueda
denominar apriorísticamente como “natural”, ha
jugado un papel en la resolución de un problema teórico-este
aspecto "natural" ha encontrado una formalización
conceptual en términos económicos .
Dependiendo de los ámbitos teóricos de que se trate,
"lo natural" ha encontrado una lectura específica.
Así, por una parte, mediante la incorporación del
factor tierra en la función de producción se ha recogido
en la teoría de la empresa la aportación que le cabe
a "lo natural" en la creación de riqueza, pues
la función de producción se puede entender como la
representación formal de la aportación específica
de cada factor de producción en la generación del
producto.
Por otra parte, "lo natural" ha encontrado otra representación
complementaria a la anterior, en la economía del bienestar
en el concepto de "externalidad ambiental". Las externalidades
en general han sido entendidas, en este contexto, como los costos
que no se hallan incorporados a la función de producción
o de utilidad y que son asumidos pasivamente por terceros sin compensación
alguna. Esto sucede de forma sistemática con los recursos
naturales y el medio ambiente, ya que carecen de precio que viabilice
tal cálculo. Por ello, la economía ambiental ha tratado
el problema ambiental como una cuestión de asignación
ineficiente derivada de la presencia de externalidades ambientales.
La conocida respuesta teórica a este problema ha consistido
en la internalización de los costes ambientales en las funciones
de los agentes. (Pearce 1990). Finalmente, la economía en
el marco de la economía de recursos naturales cuenta con
una detallada representación de "lo natural" y
de su optimización económica, tanto si éstos
son renovables, como si no lo son.
Ahora bien, cada una de estas lecturas de "lo natural"
se ha llevado a cabo según los presupuestos explícitos
de la teoría económica, según la cual el universo
de estudio de la economía sólo incorpora aquellos
bienes y/o servicios que eran producibles, apropiables y valorables.
En última instancia, porque sólo este tipo de bienes
responden genuinamente el concepto de riqueza que preocupa a la
economía convencional y de cuya asignación está
preocupada (Naredo 1987). Esta aproximación supone un reordenamiento
de "lo natural", coherente con los principios axiomáticos
de la teoría económica. La economía ha entendido
que debían ser sujetos de valoración sólo aquellos
elementos que pudieran ser considerados escasos, y que de modo efectivo
fuesen objeto de valoración por el hombre. Es decir, la valoración
económica se halla axiomáticamente restringida a un
subconjunto de lo real que es eficiente para la resolución
de la asignación optima de recursos escasos a fines alternativos.
Aquel subconjunto de “real” que, por no ser apropiable,
valorable o productible, no podía, lógicamente, formar
parte del "problema económico", no requería
tampoco formar parte de la valoración, ni de lo que se consideraba
objeto del análisis económico. Y si formase parte,
y por defectos del sistema económico, en última instancia
del sistema de precios, carecería de una valoración
explícita, y ésta debía llevarse a cabo bajo
los mismos preceptos que aseguraran una solución efectiva
del problema de la asignación. Es decir, sobre unos fundamentos
de valoración antropocéntricos, sobre la base un concepto
estrictamente antropocéntrica de valor, y teniendo en cuenta
sus restantes premisas axiomáticas.
Esta representación económica de "lo natural"
ha supuesto su homogeneización bajo un mismo denominador.
Es decir, cada aspecto de "lo natural" ha perdido aquello
que lo distingue (o por lo cual es distinguido en otras disciplinas
o en el lenguaje natural), para ser ordenado a través de
conceptos que dan solución a la cuestión de la asignación.
Todo ello basado en una axiomática que sitúa en el
centro de la teoría económica a un ser abstracto,
individualista y racional. Desde el punto de vista de la utilidad
del homo economicus todas las particularidades de "lo natural",
tal cual puedan haber sido definidas por otras ciencias o como estas
puedan ser entendidas a priori, quedan disueltas .
Esta aproximación económica a "lo natural"
en el proceso de valorar, no justifica, por sí misma, una
crítica del pensamiento económico. El reordenamiento
que la economía realiza de “lo natural”, que
se deriva en una homogeneización y recorte del mismo, es
totalmente consistente con su objeto de análisis. Este le
obliga a reducir el mundo a un criterio económico homogéneo
como es el valor y a considerar sólo aquel ámbito
de lo natural que es apropiable, producible o valorable. Es decir,
la economía no es deficitaria por llevar a cabo una descripción
de "lo natural" distinta a las descripciones realizadas
por otras disciplinas, porque en principio no tiene porqué
hacerlo de esa forma.
La economía ha hecho de forma coherente lo que debía
hacer, porque ha sido consistente con la resolución del problema
de la asignación-valoración. Y, en tanto no se invalide
socialmente tal problema tendrá que seguir haciéndolo.
Dicha validez social, como se ha visto, se fundamenta en un paradigma
objetual sobre el que se sustenta buena parte del quehacer social
moderno. Pero además, si la economía se adscribiera
a una descripción de “lo natural” realizada por
otras ciencias no se encontraría con un único referente
“objetivo”, pues todas las ciencias realizan descripciones
de la realidad que son funcionales a sus objetos analíticos.
“Lo natural” no existe de forma “objetiva”,
no es posible identificar para un uso científico-analítico
una descripción de “lo natural” per se, independiente
de un punto de vista específico (lo biológico, lo
físico, lo ecológico, etcétera) que lo reordena/recorta
al igual que lo hace la economía. Por lo tanto, ninguna descripción
analítica de “lo natural” tiene un estatus epistemológico
superior a ninguna otra como para poder ser el modelo maestro que
sirva al resto. Todas son igualmente validas en sus dominios específicos
de conocimiento . El mundo objetual que dominó la cosmovisión
del pensamiento científico a fines del siglo pasado, cuando
la economía se consolidó como disciplina, ha otorgado
un fundamento epistemológico de hierro a un problema teórico,
el de la asignación-valoración, que supone un tratamiento
económico de “lo natural” funcional a la resolución
de tal problema y epistemológicamente consistente con él.
Todo aspecto singular de “lo real” ya tiene un lugar
lógicamente determinado en esta circularidad epistemológica.
Todo intento de reordenamiento del mismo sin generar otra circularidad,
lo que haría inútil tal reordenamiento, toda crítica
a lo que está ciencia ha dado de sí, sin salirse radicalmente
de ella, lo que haría fútil tal crítica, no
puede sino producir soluciones teóricas epistemológicamente
discutibles. Si se ha de explorar en términos cognitivos
esa sensación de infructuosidad que rodea al análisis
económico ambiental estándar, y si se ha de adentrar
en esa intuición paradigmática que rodea los nuevos
y generosos intentos por alumbrar nuevos modos de gestionar económicamente
“lo natural”, es preciso dar cuenta de un nuevo paradigma,
de un nuevo lenguaje autónomo.
Una ontología sistémica como fundamento de una economía
ecosistémica
La realidad de los sistemas
El retrato que las ciencias de la naturaleza ofrecen de "lo
real" actualmente es algo muy distinto al universo objetual
sobre el cual se fundó la ciencia económica a finales
del siglo XIX. Los avances en la física, en el conocimiento
de las realidades macroscópicas y microscópicas, la
teoría de la relatividad y la física cuántica,
la termodinámica, la biología molecular, la bioquímica,
la teoría de sistemas y de la información, la teoría
del caos, así como los principios de incertidumbre de Heisenberg,
el de complementariedad de Bohr, el teorema de Gödel y un largo
etcétera, han introducido en las últimas siete décadas
de este siglo una perspectiva que relativiza enormemente los conceptos
mecanicistas objetivos de "lo real" en que se fundó
la ciencia económica. (Morin 1993, Passet 1996, Naredo 1987,
Capra 1997, Georgescu-Roegen 1996 y Atlan 1991). La relativización
de los conceptos de tiempo y espacio, la relativización del
concepto de materia, su dualismo conceptual (onda-corpúsculo),
la noción de entropía, el propio concepto de información,
y los conceptos de sistema y organización, derivados de todos
estos avances en el campo de las ciencias de "lo natural",
han terminado por cambiar radicalmente lo que es la comprensión
de "lo real", de cómo está constituido .
A menos que se quieran obviar deliberadamente este cúmulo
de nuevos conocimientos proporcionados por las ciencias de la naturaleza,
es de rigor extraer las conclusiones pertinentes respecto del carácter
de esa realidad; carácter que constituye el fundamento ontológico
ineludible del quehacer científico. Y es de rigor a continuación
considerar en qué medida ese análisis supone nuevos
retos teóricos para la disciplina. En términos sintéticos,
se puede decir que este conjunto de conocimientos señalan,
en primer lugar, unos condicionamientos epistemológicos fuertes
acerca de la inteligibilidad del mundo otorgando entidad epistemológica
central al tema de la incertidumbre, al menos en el marco analítico-determinista
en el que funciona la ciencia hoy en día. (Funtowicz 1993,
Funtowicz y otros, 1999). En segundo lugar, señalan un mundo
complejo, articulado en redes de sistemas recursivos que se alimentan
unos a otros, dando lugar permanentemente a emergencias, y a cambios
de estados impredecibles.
En tercer lugar, señalan un mundo donde los estados de orden
constituyen asimismo una excepción, la cara visible del desorden
al cual están ligados íntimamente y sin el cual es
imposible hacer inteligible la generación de estados locales
de equilibrio (Morin 1993). Finalmente, dan cuenta de la irreversibilidad
entrópica a que está sujeto el universo y en particular
nuestro planeta, señalando "objetivamente" un ayer
y un mañana que se distinguen por propiedades físicas
descritas con toda precisión (Hawking 1994).
La síntesis de este cúmulo de nuevas percepciones
de "lo real" queda bien recogida en el concepto de sistema,
como entidad ontológica dinámica, que se asume aquí
como el concepto nuclear de una aproximación sistémica
a lo económico. El concepto de sistema en su versión
radical, tal cual se desarrolla en El Método, (Morin 1993),
constituye una formalización acabada de una visión
del mundo que se aleja de la visión objetivista clásica
que dominó el conocimiento científico hasta inicios
de siglo XX . Se trata de una fundamentación acabada de una
ontología sistémica que entiende que la "realidad"
está constituida por sistemas engranados unos con otros de
forma dinámica y caótica, ordenada y desordenada.
Es decir, una ontología que supera definitivamente la cosmovisión
objetual del mundo, que considera que éste se encuentra constituido
por objetos simples y separados, dotados de una identidad precisa
y de valor universal . Cosmovisión objetual en la cual todo
reduccionismo analítico tiene validez absoluta, pues dentro
de ella es factible pensar que el todo es la suma de las partes.
En tanto que en una aproximación sistémica el todo
es más y es a la ves es menos que la suma de las partes,
dando lugar a la posibilidad epistemológica del surgimiento
de eventos no contenidos en las unidades elementales que constituyen
la totalidad, y que como entidades estrictamente novedosas se les
denomina emergencias.
Así en esta nueva ontología, el mundo no es "objetivo",
no está constituido por objetos, sino que es sistémico.
La entidad real última no es el objeto, sino el sistema,
que es una emergencia producida por el relacionarse, por el hacer
conjunto de las partes del sistema. Emergencia que es, por tanto,
distinta de las partes, irreductible a las mismas. Pero, a su vez,
esas partes son sistemas, son emergencias del accionar conjunto
de muchos elementos, y así sucesivamente hasta imaginar un
continuo sistémico que cubre el mundo. Aquí no hay
lugar para entidades distinguidas precisamente, para objetos inmanentes,
para realidades discontinuas que puedan constituir “per se”
y de forma “objetiva” el centro de cualquier análisis.
Los sistemas son básicamente entidades abiertas. Es propio
de una concepción sistémica del mundo entender que
las cosas no se pueden aprehender si no es en su contexto, como
producidas por ese contexto, a la vez que produciéndolo.
Los sistemas son su ecosistema. La aceptación radical del
hecho sistémico impone unos condicionamientos epistemológicos
fuertes al trabajo científico . Quizás uno de los
más significativos de ellos es que el “objeto de estudio”
no esta dado en la “realidad”. No esta dado en el sentido
que se cree, por el contrario, que los objetos analíticos
de las diversas disciplinas son tales porque en la “realidad”
están dados, y que se estudia lo que esta dado, lo que es
“real”. En el continuo sistémico que constituye
la physis (Morin 1993) no es posible distinguir de manera inmediata,
natural, el objeto analítico de una disciplina . Aquí
es evidente que lo que se quiera analizar de la “realidad”
es un problema que se le presenta a quien conoce, y que es, como
tal, una construcción estrictamente antropocéntrica.
Esto que es menos evidente, pero que se aplica de la misma forma
a una concepción objetual del mundo y al conocimiento científico
que de ella se deriva, aquí es palmario. La realidad sistémica
se construye para el que conoce a través del problema teórico
que guía el conocimiento .
El problema teórico del que se pretende dar cuenta en este
caso es el problema de la optimización, que es el problema
económico por antonomasia. En particular, se trata del problema
de optimización a que da lugar el sistema económico
cuando éste es concebido, efectivamente, como un sistema
abierto, es decir, como un sistema. Entender la economía
como un sistema, en contraposición a un sistema cerrado,
como lo hace la economía convencional, no significa proponer
ampliar el conjunto de “cosas” con las cuales se relaciona
el quehacer económico. Como se detallará más
adelante, no se trata de incluir ámbitos de cosas u objetos
olvidados. Ello no constituiría más que una versión
objetual ampliada de la economía como sistema cerrado, como
problema que en última instancia puede o debe ser entendido
como un problema entre objetos .
El sistema de producción de utilidad
Una aproximación sistémica al problema económico
supone igualmente estar consciente de que el sistema en el cual
se juega la optimización no es algo dado en la “realidad”,
sino que es también algo construido por la pregunta que preocupa.
Lo relevante, entonces, es definir correctamente la “realidad
sistémica” a que da lugar la pregunta que convoca el
análisis . Para describir el sistema económico en
el cual se juega el problema de la optimalidad es útil partir
por comprender las propiedades sistémicas de todos los bienes
y servicios que se incorporan a tal sistema . Con el término
propiedades sistémicas se hace referencia únicamente
a la propiedad de todo elemento de la physis de ser un sistema formado
por otros sistemas, parte de un archipiélago de sistemas
inmerso en un universo de sistemas. Es decir, por propiedades sistémicas
de los bienes económicos se entiende únicamente su
ontológica interrelación con todo el mundo exterior
. “Todos los objetos clave de la física, de la biología,
de la sociología, de la astronomía, átomos,
moléculas, células, organismos, sociedades, astros,
galaxias constituyen sistemas. Fuera de los sistemas no hay sino
dispersión particular. Nuestro mundo organizado es un archipiélago
de sistemas en el océano del desorden.” (Morin 1993:
121).
Efectivamente, en el devenir de los bienes y servicios estos satisfacen
mediante funciones específicas las necesidades de sus consumidores,
que las valoran de un modo subjetivo de acuerdo a sus preferencias
individuales. No obstante, la función que satisface una determinada
necesidad no agota todas sus funciones de los bienes y servicios.
Entendidas éstas como todas las interrelaciones posibles
que un objeto de la physis puede establecer con su entorno. No las
agota ni las inhibe, y al mismo tiempo que cumple una función
que satisface una determinada demanda económica, cumple muchas
otras con su entorno, físico, químico, biológico,
psíquico, incluso noológico en ciertas circunstancias.
Un bien o un servicio al ser económicamente no deja de ser
en ninguno de sus otros posibles aspectos, mas bien es económico
porque es a la vez un sistema profundamente enraizado en el conjunto
de sistemas superiores e inferiores, homólogos y distintos,
laterales y colaterales, es decir en la medida que se nutre y nutre
todo lo que existe, se produce y reproduce el universo circundante.
De esta forma, el sistema económico que da lugar a la producción,
circulación, consumo y eliminación residual de tales
bienes y servicios debe entenderse ontológicamente como una
entidad necesariamente relacionada con todo su entorno, el cual,
que a su vez, está constituido de otros sistemas compuestos
de sistemas, que ínteractúan los unos con los otros
siguiendo ciertos principios que, nuevamente con Morín (1993),
se puede decir que son los de orden-desorden-organización.
Simplificando a efectos de lo que nos interesa, éstos principios
dicen que todo sistema (orden), para mantener su organización
(y luchar contra la tendencia natural de los sistemas a dispersarse)
se alimenta de su entorno organizado-ordenado (otros sistemas) y
devuelve al entorno Desorden, que se transformará, a su vez,
en fuerza motriz de organización y orden.
El sistema económico en esta lógica sistémica
podría ser caracterizado como aquel sistema dinámico
y abierto que comprende todos los subsistemas del quehacer social
destinados a la satisfacción racional de fines utilitarios
mediante la actividad productiva y todos los subsistemas no sociales
con los cuales se relaciona para poder existir. Dado que el fin
último de este sistema es la satisfacción de las necesidades
humanas a través de un acto productivo (racional) es que
se le puede denominar sistema de producción de utilidad.
El sistema comprende tanto los subsistemas sociales destinados a
la producción y reproducción del sistema utilitario,
así como los subsistemas de la physis no-social relevantes
para la producción y reproducción del sistema utilitario.
En tanto que polisistema del polisistema de polisistemas que comprende
la physis terrestre el sistema de producción de utilidad
establece relaciones dinámicas entre sus subsistemas y con
su entorno en la lógica trinitaria de orden-desorden-organización
señaladas antes.
Dado que se trata de un sistema estrictamente antrópico,
los agentes económicos que participan del sistema son los
seres humanos en el ámbito de la producción de utilidad,
es decir, en tanto que dotados de racionalidad, fines utilitarios
y que actúan, por tanto, de forma coherente para el logro
de su bienestar. Este sistema comprende entidades sociales y no-sociales,
pero tanto las unas como las otras, son conceptualizadas en función
de la producción de utilidad antrópica. Es decir,
de los seres humanos, que participan en la producción de
utilidad, importan sus facultades económicas racionales que
le facultan al logro racional de objetivos utilitarios productivos.
De los entes no sociales que incorpora el sistema de producción
de utilidad importa su facultad para variar la eficiencia del sistema
de producción de utilidad. Los objetos económicos
que interesan al sistema de producción de utilidad están
comprendidos por entidades materiales e inmateriales incorporados
en el proceso de producción de utilidad. Las relaciones económicas
son relaciones de intercambio y/o cooperación funcionales
al proceso de producción de utilidad y que se caracterizan
por tratarse: (a) de relaciones de intercambio de mercancías
en contextos de mercado; (b) relaciones de intercambio/cooperación
entre entidades/objetos mercantiles y no mercantiles en la frontera
entre contextos de mercado y de no-mercado (physis no social, physis
social no mercantil); (c) relaciones de cooperación entre
entidades materiales en contextos de no-mercado (physis no social).
De este conjunto de bienes, agentes, entidades y relaciones se
obtiene un sistema de producción de utilidad compuesto de
tres grandes momentos que representan cada uno de ellos uno de los
tres momentos de la lógica trinitaria sistémica de
orden-desorden-organización: la producción de bienes
y servicios representa el momento de orden en el sistema de producción
de utilidad, la antropización ecológica representa
el momento de desorden, y la adaptación tecnológica
representa el momento de la organización. La producción
tiene lugar en el sistema de producción, la degradación
tiene lugar en el sistema de antropización ecológica,
y la adaptación en el sistema tecnológico.
El sistema de producción constituye el conjunto de relaciones
antrópicas racionales orientadas a la satisfacción
de necesidades humanas mediante la producción. Sus emergencias
últimas son los bienes y servicios producidos. El sistema
de antropización ecológica constituye el conjunto
de relaciones a través de las cuales el sistema de producción
se relaciona con la physis no social con objeto de utilizar las
formas naturales organizadas que le son necesarias. Sus emergencias
últimas son los modos sociales de relacionarse con la physis
no social. Es decir, la antropización de la naturaleza en
todas sus formas. El sistema tecnológico es un ámbito
de producción de conocimiento destinado a viabilizar los
modos de utilización de la physis no social. Su emergencia
última es la tecnología .
Se tiene, entonces, que el sistema de producción de utilidad
está compuesto de tres grandes sistemas interrelacionados
y cada uno de ellos genera producciones singulares, todas ellas
partes inmanentes del sistema utilitario. El sistema de producción
produce bienes y servicios, el sistema de antropización ecológica
produce entidades ecológicas antropizadas (degradadas desde
la perspectiva utilitaria), y el sistema tecnológico genera
conocimiento tecnológico. La producción de utilidad
se fundamenta en estos tres pilares, tres sistemas que dan lugar
a tres producciones distintas, que ínteractúan y que
dan cuenta conjuntamente del sistema económico como un sistema
abierto de producción de bienestar humano.
El sistema de producción de bienes y servicios supone un
momento de orden en el sistema de producción de utilidad.
Se trata del propio proceso productivo de bienes y servicios destinados
a satisfacer necesidades humanas. En ese momento las relaciones
dominantes son las relaciones de intercambio de bienes económicos
entre agentes. La lógica que rige la funcionalidad del subsistema
de producción es la de la racionalidad económica propia
de un sistema cerrado. Las relaciones de intercambio racional generan
un mecanismo de intercambio que es el mercado donde el precio cumple
una función organizacional básica.
Ahora bien, en cada vértice del triángulo sistémico
que describe el sistema de producción de utilidad es factible
encontrar nuevamente otra dinámica sistémica. Así,
por ejemplo, la producción es un momento de orden, que está
compuesto de momentos de orden, de desorden y de organización.
Así, las relaciones agente-agente constituyen, en una economía
de mercado, por ejemplo, el momento de orden. Ellas reflejan una
estructura de intercambio perfectamente estructurada donde se optimizan
las utilidades en juego maximizando el beneficio social obtenido.
Pero, esta organización nacida históricamente de un
proceso caótico de dispersión inicial de los intercambios,
perpetúa ese desorden inicial en la dinámica caótica
que supone la formación de precios de mercado. Entonces,
ese orden, compuesto de estructuras relativamente estables que es
el mercado, contiene en sí mismo y superado, ese caos inicial,
reproduciéndolo de forma sistemática y "controlada"
en la forma de desajustes periódicos que producen despilfarro
de recursos e ineficiencia generalizada. El sistema optimizador
de mercado perfectamente estructurado genera, en su propio devenir,
situaciones de sobre producción, desempleo, derroche y dispersión
de recursos. Es decir, desde el punto de vista del propio sistema
genera desorden, pérdida de bienestar.
Este desorden produce como resultado reajustes en los mercados,
expulsando empresas de ciertas industrias, produciendo reajustes
en los precios, modificando las funciones de producción,
etcétera. Es decir, genera nuevamente organización
que es capaz de restablecer el momento de orden en el sistema productivo.
A pesar del éxito del momento de orden, el sistema de producción
de utilidad comprende un momento de desorden consistente en la degradación
de las relaciones del sistema productivo con las entidades de la
physis no social. Es decir, el sistema de producción que
crea bienes económicos no es capaz de extender su lógica
de orden más allá de las fronteras de esa creación.
Sus relaciones mas allá de las fronteras del sistema, en
tanto que no son funcionales a la producción económica,
generan interacciones que a posteriori son visualizadas por el propio
sistema lógico-racional como desorden/degradación.
El momento de desorden, entonces, en el sistema de producción
de utilidad está caracterizado por la modificación
de las relaciones entre el sistema de producción y su entorno
no social, que es entendida por éste como una degradación.
Es decir, la utilización que hace el sistema de producción
de las formas organizadas que le ofrece la physis no social genera
readaptaciones del sistema natural. Estos cambios ecosistémicos
varían las relaciones ecosociales que el sistema antrópico
entiende como una degradación. Son la percepción antrópica
de la implacabilidad de la ley de la entropía: suelos degradados,
química de las aguas no acorde a los usos, etcétera.
Se genera un desorden desde la perspectiva utilitaria que gobierna
el sistema de producción de utilidad.
Ahora bien, este momento de desorden es producido en el sistema
de antropización ecológica y tiene su propia lógica
trinitaria. El momento de orden de este subsistema lo constituye
el uso estructurado de formas organizadas de la physis no social
por parte del sistema de producción. Este uso de formas naturales
organizadas adquiere la forma extracción de recursos o de
utilización de estas como receptáculo de residuos.
La adecuación de estas relaciones de explotación genera,
a continuación, un momento de desorden al alterar las constantes
físicas, químicas y biológicas más o
menos estables a través de las cuales se organizan las entidades
naturales. Se genera así un momento inicial de desorden;
las relaciones ecosociales no se ajustan: el agua no se puede beber
sin depurarla, no se puede cultivar sin fertilizar artificialmente
el suelo, etcétera. Detrás de ese desajuste se esconden
las adaptaciones de los ecosistemas ante la irrupción del
sistema de producción de utilidad, pero ello cae ya fuera
de este sistema en cuestión.
Esa interacción caótica da lugar a procesos adaptativos,
a la producción de nuevas formas de utilización de
las entidades naturales que se fundamentan en un nuevo conocimiento
tecnológico. Estas nuevas relaciones de utilización
de “lo natural” constituyen el momento de organización
en ese subsistema del sistema de producción de utilidad.
Ahora bien, para el sistema de utilidad como un todo, este proceso
global de reajuste que tiene lugar en el sistema de antropización
ecológica no constituye un momento feliz, de orden, sino
de desorden, de pérdida entrópica de lo que el mundo
natural le otorgaba antes gratuitamente, es decir, lo entiende como
una degradación. Las relaciones básicas que operan
en este subsistema son aquellas que determinan los flujos de materia
energía e información a que da lugar el uso antrópico
de formas naturales organizadas, así como las interacciones
ecosistémicas que de ello se derivan.
El momento de organización del sistema de producción
de utilidad está caracterizado por la producción de
nuevos conocimientos tecnológicos que permiten al sistema
de producción adaptarse a las modificaciones de las formas
naturales organizadas que utiliza. Efectivamente la aparición
de nuevas formas naturales organizadas o sus modificaciones genera
una reacción dentro del sistema de producción de tecnología,
debido a la inadecuación entre el conocimiento producido
previo y los nuevos retos que esas formas suponen. El resultado
de esa contradicción es la producción de nuevas tecnologías
capaces de dar cuenta de la realidad natural cambiante. Para el
sistema de producción de utilidad como totalidad este constituye
un momento de reorganización.
El sistema tecnológico en sí mismo contiene un momento
de orden consistente en una adecuación entre el saber hacer
y el hacer productivo. Es, sin embargo, esa propia adecuación
la que fomenta que sea posible potenciar el uso sistemático
de formas naturales organizadas y así, que el sistema de
antropización ecológica se desajuste debido a la aparición
de las nuevas formas naturales a que ello induce. Esto genera un
momento de desorden en el sistema tecnológico, no hay un
fluir entre el conocer y el hacer en el ámbito productivo.
Tal incongruencia generará adaptaciones que producirán
nuevas formas de saber hacer, que permitirán un nuevo equilibrio.
En suma, la producción de utilidad en las sociedades humanas
no puede ser entendida fuera del contexto de interacción
de tres subsistemas independientes. El sistema de producción
produce orden utilitario al crear nuevos bienes y servicios. El
sistema de antropización ecológica produce constantes
modificaciones de las relaciones ecosociales en una tendencia entrópica,
que induce variaciones en las formas naturales organizadas, es decir,
genera desorden utilitario. Estas producciones naturales, a su vez,
inducen variaciones en las producciones del sistema tecnológico,
que permiten reajustar al sistema de relaciones con la physis no
social. Esta readaptación tecnológica permite así
superar el momento caótico en la utilización de las
formas naturales organizadas y permite que el proceso productivo
pueda continuar produciendo orden utilitario.
En su conjunto el sistema de producción de utilidad se mueve
en un proceso de degradación entrópica creciente.
El costo entrópico que supone la desestructuración
de entidades naturales organizadas no es compensado en ningún
caso por las reorganizaciones posteriores. El proceso que va desde
el input de desorden del sistema utilitario hasta las reorganizaciones
sistémicas a que éstos inducen, no responde a una
causalidad objetual. Este proceso se encuentra caracterizado por
una causalidad sistémica, que supone permanentes cambios
de estados, inteligible desde una perspectiva lineal, ni tan siquiera
desde una perspectiva lógica. Se rige por una causalidad
que incorpora elementos caóticos, en el sentido fuerte de
la palabra, que en su devenir puede generar no sólo estados
impredecibles, sino nuevos. Se rige en última instancia por
una lógica particular como aquella que es capaz de dar lugar
a la vida, que es capaz de dar origen a algo desde un otro distinto
. El sistema de producción de utilidad debe ser entendido
como un macrosistema regido por dinámicas de orden, desorden
y organización, compuesto por tres grandes subsistemas productivos;
de bienes económicos, de ecosistemas antropizados y de tecnología.
Este es el gran escenario sistémico en que se juega la utilidad
humana.

El gráfico intenta señalar cómo cada subsistema
y el sistema de producción de utilidad comprenden tres momentos,
de orden, desorden y de organización. Pero su vez intenta
describir como los tres sistemas deben ser entendidos como subsistemas
del sistema de producción de utilidad. Finalmente señala,
como el sistema de producción de utilidad se inscribe en
la deriva entrócia que caracteriza la physis y en la creciente
migración biogeoquímica de los elementos de la Biosfera.
(Verdnasky 1997).
El triángulo externo representa la producción de
bienes económicos, y a su vez el sentido del sistema de producción
de utilidad. Es aquí donde todo lo que tiene lugar en el
resto de sistemas adquiere sentido El determina el sentido utilitario
del producir. Es el sistema que orienta teleológicamente
todo el sistema de producción de utilidad. La producción
característica de este sistema es la producción de
bienes y servicios, que es además la producción característica
del sistema de producción de utilidad como totalidad.
El triángulo intermedio comprende la apropiación
efectiva de la physis. Se trata del producir materialmente hablando.
Allí es donde se produce la apropiación de la physis.
Su producción característica es la producción
de sistemas antropizados. La valoración de la producción
física de bienes y servicios no es un producto característico
de este sistema sino del anterior. Es allí donde las transformaciones
físicas que tiene lugar aquí adquieren su estatus
utilitario, su sentido productivo. Lo único singular que
produce este sistemas es la antropización ecológica.
El triángulo interior representa el sistema tecnológico.
Se trata del sistema de desarrollo de conocimientos con un sentido
utilitario, que viabilizan la apropiación utilitaria de la
Physis. Su producción característica es la tecnología.
Esta gráfica entrega una imagen estática del sistema
de producción de utilidad. En los hechos el sistema está
siempre girando en la dinámica de orden, desorden organización,
en cada uno de sus subsistemas. Equilibrios múltiples y diversos
mantiene y tienen lugar permanentemente al interior del sistema
y con distintos grados de estabilidad.
La unidad del sistema se logra cuando los vértices superiores
de los tres subsistemas se unen, y la tecnología aplicada,
permite una apropiación fluida de la physis bajo la égida
de una lógica utilitaria coherente. En ese momento los sistemas
se funden en uno. Entonces, cualquier acto productivo ubicado en
esa vertical, se trate de una transacción mercantil, se trate
del taladrar de una maquina que extrae minerales de la corteza terrestre,
sea la enseñanza del uso de tal maquinaria, al inscribirse
todos ellos en la línea del orden sistémico, adquieren
el estatus de actos productivos. Es decir, de actos creativos, de
actos productores de formas permanentes. Allí se realiza
la poiesis del sistema de producción de utilidad como sistema
de la Physis.
Esta relación sistémica, que permite concebir que
el sistema de producción aproveche las estructuras organizacionales
ordenadas de lo natural y devuelva desorden/entropía a su
entorno, provocando cambios ecosistémicos que, a su vez,
generen adaptación tecnológica, se fundamenta en la
transitividad básica que supone la estructuración
sistémica de la physis. En tanto que lo real está
formado por sistemas que se engranan los unos con los otros constituyendo
sistemas de sistemas de sistemas, y no está formado por simples
objetos aislados, es posible otorgar entidad conceptual a una continuidad
en lo “real” (una physis generalizada) que permita engranar
conceptualmente lo productivo (como sistema) con lo natural (como
sistema) en el sentido fuerte. Es decir, en términos de producción
mutua de los unos a los otros, de determinación mutua de
sus propios modelos de autoorganización. Por ello lo que
hace que un bien económico sea eso y no sólo eso,
a la vez, es esa “continuidad de lo real", sólo
inteligible desde una óptica sistémica. Y esa cualidad
sistémica de los bienes económicos permite vislumbrar
igualmente la causa de lo que la literatura económica llama
“externalidades ambientales”. Pues ellas constituyen,
desde una lectura sistémica, las reorganizaciones ecosistémicas
provocadas por el desorden generado por el sistema de producción,
ahora transfiguradas e incomprensibles para la óptica utilitaria
lineal que la desencadenó.
La linealidad de la práxis sistémica
A pesar de su naturaleza sistémica, el sistema de producción
de utilidad como un todo y cada una de sus partes, así como
todo sistema, tiene un principio lineal básico que le guía
y orienta: el subsistir. Confinado en un universo entrópico,
donde la máxima probabilidad es no existir, la vida de un
sistema consiste en persistir en eterno combate contra la degradación
. La intervención antrópica en el mundo físico,
que guía al sistema de producción de utilidad, está
también caracterizada por carácter de acción
orientada a un objetivo, el persistir como tal, haciendo útil
su entorno a su permanencia. Es decir, se trata de un aprovechamiento
destinado a satisfacer unos fines u objetivos estrictamente lineales.
Esto constituye una acción teleológica lineal, enfocada
a optimizar un sólo aspecto de la relación entre el
sujeto que ejecuta la práxis y el objeto que la recibe (el
sistema y su ecosistema), que no es otra que el provecho o utilidad
obtenida . En definitiva toda práxis enfocada a fines, y
la práxis de los sistemas lo es igualmente, es lineal desde
una perspectiva epistemológica, pues atiende a un sólo
aspecto de la relación sujeto-objeto; pero, por el contrario,
como tal práxis es sistémica, es decir, afecta en
su accionar a la totalidad de lo existente. El aprovechamiento utilitario
no presupone la sistemidad de la Physis, ni la concibe, pero la
altera constantemente.
La relación sujeto-objeto que presupone la práxis
utilitaria contiene en sí mismo una ruptura epistemológica
inevitable de la sistemidad, es decir, la imposición cognitiva
de la linealidad, de una realidad compuesta de seres-objetos. No
se trata exclusivamente de un problema de voluntad del ser utilitario,
sino de una característica estructural de su conocimiento
derivada de su propia práxis utilitaria. Es por esta razón
por la cual el sistema de producción de utilidad está
compuesto de tres subsistemas autónomos que dan cuenta cada
uno de las tres distintas práxis que soportan al sistema
de producción de utilidad, y que informan de las tres producciones
lineales que lo caracterizan. Se entiende así, por mor de
esta linealidad, que todo sistema, social y no social, genere orden,
estructura en torno a sí mismo y a la vez pueda generar desorden
en su entorno. Se entiende, por ejemplo, que el sistema productivo
pueda aplicar unos criterios estrictamente lógicos y racionales
para maximizar la producción de su sistema, pero no pueda,
a su vez, ser igual de lógico con su entorno. La sola posibilidad
de plantearse un accionar sistémico que no se base en este
principio lineal remite necesariamente a una entidad divina capaz
de armonizar la totalidad. Los sistemas son la conceptualización
de las distintas formas que pueblan un universo entrópico,
y sólo pueden producir, entendida aquí producción
como la generación de orden y forma, que es en definitiva
a lo único que se tiene acceso y se logra comprender, lo
que ellos son. Y producir supone necesariamente una aproximación
lineal.
Optimización y linealidad en la práxis
sistémica
Existe una correlación estrecha entre linealidad y optimización.
Un problema que puede ser traducido en todos sus términos
a un lenguaje o código único y ser expresado así
linealmente, puede ser optimizado, de lo contrario resulta imposible.
Simplemente porque no es factible expresar todos los términos
del problema en una unidad común, la cual permitiría
ordenar cardinal u ordinalmente todas las soluciones posibles, y
hallar linealmente aquella que maximice la función objetivo.
Si el problema se hace lineal puede ser optimizado y se puede decir
que está determinado. Cuando los problemas, por su contexto,
o por sus componentes no pueden ser reducidos a un único
lenguaje no hay condiciones para demostrar que exista una solución
única y por tanto, el problema no se puede optimizar. Ya
se ha dicho que todo sistema linealiza por causa de supervivencia,
linealiza para poder optimizar .
Ahora bien, se deben distinguir dos aproximaciones a la optimización
desde una perspectiva económica sistémica. La una,
que se denominará optimización endosistémica
es aquella en la que el problema de optimización planteado
se resuelve teniendo como único referente a un único
sistema. Es decir, es una optimización de un sistema “concebido”
como cerrado. Esto significa que el problema que da lugar a la optimización
se puede referir a una sola producción, puede ser resuelto
teniendo en cuenta una sola producción, o un solo sistema,
o un solo lenguaje, que es lo mismo. Si se trata de optimizar un
sistema cerrado, el objetivo de la optimización no puede
ser otro que el de maximizar la producción de ese sistema,
cualquiera que ésta sea. Si la tarea de optimizar consiste
en que el sistema haga aglo lo mejor posible. Ese algo no puede
ser otra cosa que lo único que el sistema puede hacer, que
es desarrollar al máximo aquello a lo que el sistema da lugar,
a diferencia a lo que otros sistemas dan lugar, y a eso se denomina
su producción. Así, por ejemplo, optimizar el sistema
económico como sistema cerrado significa maximizar su producción,
y en última instancia el bienestar que produce, pues como
tal sistema está ”pensado” para que de lugar
a ello. Si pensamos en otro sistema, como la educación, su
optimización consistirá en lograr el máximo
nivel de educación posible, en cantidad y calidad. La optimización
económica convencional se inscribe de lleno en una optimización
endosistémica, y supone, como ya se señaló
anteriormente, que todos los elementos del sistema deban ser leídos
desde el valor, pues la valoración es el instrumento de tal
optimización.
El segundo tipo de optimización es la optimización
ecosistémica. En este caso el problema de optimización
que se plantea no se puede resolver teniendo un único sistema
como referente, sino que es un problema en un sistema que se “concibe”
como abierto, y se considera necesario tener en cuenta más
de una producción. Se trata de un problema de optimización
que comprende a más de una forma, a varias producciones o
formas.
En este tipo la optimización no puede ser autoreferente,
pues se considera a priori que es preciso tener en cuenta otros
sistemas en la descripción del sistema en cuestión.
El objetivo de esta optimización no puede ser la maximización
de la producción de un sistema del conjunto sistémico,
porque no es factible linealizar. Al hacerlo desaparecerían
las producciones de aquellos sistemas desde los cuales no se linealiza.
Una vez que se ha optado por la definición de un sistema
abierto, lo que unifica el discurso no son las lógicas de
las producciones de cada sistema, el económico, el natural,
el social, etcétera, sino el discurso de las lógicas
del relacionarse sistémico. Domina la lógica del relacionarse
de producciones independientes, y con esto se dice, lógicamente
independientes. Esto hace totalmente inviable pensar que un sistema
abierto pueda ser objeto de una optimización endosistémica,
pues el lenguaje utilizado para describirlo ya no habla de ninguno
de los sistemas en particular, y lo único que se puede optimizar
es lo que se describe. Es decir, al pasar al concepto de sistema
abierto, la descripción abandona el ámbito de la producción
singular de cualquiera de los distintos sistemas que componen el
problema para centrarse en la descripción de sus relaciones,
tal cual se hizo anteriormente al describir el sistema de producción
de utilidad. Es decir, ya no se describe más lo que cada
sistema tiene que describir para autoproducirse, sino lo que los
produce a todos como conjunto sistémico. El sistema de producción
de bienes y servicios tiene que generar una descripción,
un lenguaje, que permita la producción de bienes y servicios,
esto es una descripción de sí mismo para su autoproducción.
De la misma forma el sistema de producción de tecnología
debe producir un lenguaje para producir tecnología, el lenguaje
científico, y así sucesivamente. Sin esas descripciones
cada una de esas producciones serían imposibles. Estas descripciones
singulares son las que se abandonan cuando se pasa a un problema
de contexto abierto.
Evidentemente si se considera posible abordar el problema que nos
preocupa desde un solo sistema, desde un tipo de lenguaje, y reducir
todos los aspectos que preocupan a ese lenguaje, no se adoptaría
una aproximación de sistema abierto, sino de sistema cerrado,
y se insistiría en ella . Si, la adopción de un enfoque
de sistema abierto supone fundamentalmente una descripción
del relacionarse ecosistémico del sistema que preocupa, entonces,
la única optimización posible es la optimización
del relacionarse ecosistémico, que no es otra cosa que la
producción de ese sistema de sistemas. La producción
del sistema de producción de utilidad, concebido como sistema
abierto, no son las producciones singulares de cada subsistema,
sino el propio sistema de producción de utilidad como totalidad
producida por tres producciones independientes. A eso da lugar,
a esa forma da lugar, el sistema y el cual es, por lo demás
lo que se ha descrito. Y, por lo tanto, esto es lo que el sistema
produce, esa su producción; eso lo que puede ser objeto de
optimización. A diferencia de ello, un enfoque de sistema
cerrado supone, fundamentalmente, la descripción del relacionarse
intrasistémico que preocupa, por lo tanto, la única
optimización posible es la optimización del relacionarse
intrasistémico, que no da lugar a otra cosa que a la producción
de si mismo, a su producción.
La diferencia epistemológica fundamental que supone una
optimización endosistémica de una ecosistémica
consiste en que cuando se considera necesario plantear un problema
en un contexto de sistema abierto se considera imprescindible resolverlo
teniendo en cuenta distintas producciones, producidas por distintos
sistemas. Esto supone, que se deberá tener en cuenta en su
resolución la práxis lineal sistémica subyacente,
comentada anteriormente. Es decir, que se da por supuesto “ontológicamente”
la coexistencia de diversas optimizaciones lineales, como fundamento
de la praxis de los sistemas en cuestión, cada una de las
cuales dan lugar a las distintas producciones que la optimización
abierta no quiere obviar. Entonces, la optimización ecosistémica
da por supuesto ese marco de intraducibilidad de distintas optimizaciones
lineales. En ambos casos, se trata de optimizar, y de linealizar
para optimizar, sólo que desde dos referentes distintos.
En ambos casos, se trata de una cuestión económica,
de una aproximación racional a la solución de un problema
de optimización. Salvo que en un caso se puede aplicar una
racionalidad teórica reduccionista y derivar un modelo decisional
basado en el determinismo, la predicción y la planificación;
en tanto que en el otro se trata de una racionalidad teórica
no reduccionista, que da lugar a un modelo decisional experiencial
y fundado en la gestión de la contingencia.
Más adelante se aclarará con detalle este alcance.
Vale la pena mencionar aquí, que cada optimización
(endosistémica y ecosistémica) supone un modelo decisional
distinto, dependiendo si sus fundamentos epistemológicos
permiten la predicción o no. Como se adivinará la
optimización endosistémica al fundarse en la descripción
endógena de un sistema con un solo lenguaje da lugar al determinismo,
y con él a un modelo decisional económico basado en
la predicción y la planificación. En tanto que la
optimización ecosistémica, presupone la interacción
de lenguajes distintos, intraducibles. La optimización da
lugar al mejor modo del relacionarse ecosistémico, pero no
a un conocimiento determinista de cada uno de los sistemas en juego
en un lenguaje único. Por lo tanto, el modelo decisional
no puede basarse en determinismo alguno, ni en la predicción,
sino en la gestión de la contingencia.
Lectura sistémica de la optimización
endosistémica y de sus contradicciones
Al imponerse el sujeto utilitario un mundo de objetos carentes
de relaciones sistémicas fundamentales como base de una optimización
endosistémica de la economía, éste pierde toda
capacidad para comprender el sustrato efectivo en el cual se juega
su propia utilidad, que no es otra que el fundamento sistémico
de toda la physis. Existe un punto temporal, en que los ecos de
las utilidades perdidas en el interrelacionarse sistémico,
afloran a la superficie de la conciencia cognoscente del sujeto
y le sugieren las limitaciones de su aproximación lineal
a su entorno, y le incitan a realizar una cuenta total, que dado
el propio carácter sistémico de la physis resulta
imposible . En ese momento aparecen las externalidades ambientales
como conceptualización de retroacciones negativas a la utilidad
desde un universo sistémico subyacente y desconocido. En
definitiva, vienen a señalar que el cálculo utilitario
lineal (costos y beneficios lineales en un sistema cerrado), con
independencia de la unidad de medida utilizada para llevarlo a cabo,
esconde insuficiencias. Se trata de una carencia del modelo cognitivo
que la práxis utilitaria utiliza para la toma de decisiones.
El modelo de optimización endosistémico no se adapta
a la realidad sistémica.
Siguiendo una conceptualización sistémica, como la
que aquí se ha utilizado, la disfuncionalidad de la valoración
económica, que aparece como una incapacidad para controlar
los efectos ambientales derivados de la toma de decisiones económicas,
constituye una disfunción entre la estructura cognitiva que
supone toda optimización endosistémica y una Physis
sistémica sobre la que ésta actúa y articula/desarticula
y que en un momento histórico llama a su puerta . El sistema
económico, como tal sistema, desestructura la realidad sistémica,
no puede ser de otra forma. A la vez, la optimización por
la que se opta, endosistémica, impide reconocer los alcances
en el ecosistema del sistema económico. Este le hace saber
que algo está ocurriendo, pero en un lenguaje incompresible,
que le impide saber qué tiene que hacer.
La intuición de un nuevo paradigma
Se deduce de lo que aquí se ha señalado que no hay
solución de continuidad entre las distintas aproximaciones
a “lo económico”: entre “lo económico”
propio de una aproximación de sistema cerrado y otra de sistema
abierto, entre la optimización endosistémica y una
ecosistémica. El cambio de paradigma de un sistema cerrado
a uno abierto no se deriva como algo “objetivamente”
necesario ni de la crítica de la teoría económica,
ni de las aportaciones de otras disciplinas. Cada disciplina es
eficiente para dar cuenta del problema para la cual fue creada y
la economía convencional es eficiente para dar cuenta del
problema económico de un sistema concebido como cerrado.
En este sentido puede mostrar más logros que insuficiencias.
Por otra parte, “la realidad” no impone ninguna obligación
de pasar a una concepción distinta. No hay nada en esa “realidad”
que diga cuál es el patrón de conocimiento que hay
que utilizar, no hay objetividad alguna llamando a la puerta que
califique o descalifique una aproximación u otra . Una aproximación
de sistema abierto a lo económico, sólo se puede derivar
de una intuición exógena a todo conocimiento científico
sistematizado, pues cada uno de ellos es perfectamente autoreferente,
y validará sólo aquello para lo cual ha sido concebido.
La economía validará una aproximación de sistema
cerrado, las restantes disciplinas validarán la cuestión
del conocimiento que las convoca y en ningún caso la aproximación
adecuada para tratar una problemática económica.
Sin lugar a dudas, todas ellas son útiles para hacer crecer
la intuición de que la problemática económica
que se esconde detrás de un conflicto práxico, como
lo es la crisis ambiental, puede ser abordado desde un nuevo paradigma,
pero nunca servirán de justificación analítica
del mismo. A partir de cierto momento esta intuición se debe
independizar y crear un lenguaje propio que de lugar a un nuevo
objeto de análisis, donde todas las discusiones y los problemas
teóricos precedentes quedan estrictamente disueltos y donde
las reminiscencias de teorías previas, que pueden haber ayudado
a gestarlo, desaparezcan, porque efectivamente se ha iluminado una
forma autónoma de ver un mundo. Esa nueva forma de ver no
está en contradicción con otras formas de ver, porque
esencialmente está dando lugar a algo nuevo. Esta dando lugar
en el mundo de las ideas a un sistema teórico que no es más
que una de las infinitas reordenaciones neológicas que permite
un mundo que no es más que un archipiélago de sistemas
de sistema.
La propuesta teórica tiene que guardar, eso sí, coherencia
con un aspecto que es común al resto de disciplinas científicas,
si se quiere inscribir en esa sociedad del saber y no en otra. Debe
intentar constituir una descripción lógica, racionalmente
fundada del problema que quiere dar cuenta. Es decir, debe inscribirse
en lo que anteriormente se denominó “reduccionismo
débil”. Esta es una condición sine qua non para
que sus conclusiones sean útiles a la praxis económica,
para que éstas ayuden a determinar el mejor modo de actuar
en el ámbito teórico propio de esa disciplina. Pero
en este caso, guarda también la propuesta una relación
con la teoría económica de un sistema económico
concebido como cerrado, tanto en un sentido teórico, como
práctico. Desde un punto de vista teórico se puede
señalar que lo que une la aproximación de sistema
cerrado al problema económico con la de sistema abierto,
es que ambas centran su razón de ser en el análisis
del imperativo de la optimización, y ambas hacen de ello
el eje estructurante de su objeto de análisis. Una se pregunta
por el imperativo de optimización en un mundo de objetos
y la otra en un mundo de sistemas. La teoría economía
ha demostrado largamente la propiedad del problema de la optimización
en un contexto de sistema cerrado. No parece necesario argumentar
en exceso la necesidad social de una disciplina dedicada ello. La
optimización ecosistémica, por su parte, está
teóricamente justificada en la propia teoría moderna
de sistemas. Los sistemas que no optimizan desaparecen: es estrictamente
la lucha entre el ser y la nada. En términos sociales, por
otra parte, lo que se ha dado en llamar la crisis ambiental no es
más que un reflejo de ello. Es la percepción de la
necesidad de introducir criterios de optimización en nuestras
relaciones ecosistémicas: de hallar criterios que nos ayuden
a encontrar los haceres óptimos en ese ámbito.
El problema económico en un enfoque
de sistema abierto: la optimización ecosistémica
Ya se anticipó anteriormente que la concepción de
la cuestión económica en términos de sistema
abierto, supone asumir radicalmente el lenguaje sistémico
como código autónomo de descripción del problema
que preocupa. Una descripción sistémica del sistema
económico, como la que aquí se ha realizado, y que
se definió como el sistema de producción de utilidad,
es una descripción estrictamente funcional al interés
epistemológico que guía este ejercicio teórico;
no es algo dado. Esto es evidente, por lo demás, por el carácter
antropocéntrico de la descripción, que gira sobre
el eje de la producción de bienes y servicios. En el sistema
de producción de utilidad todo se halla antrópizado,
pues todo lo que forma parte del mismo, lo hace porque interesa
al sistema de producción antrópico de utilidad. Es
decir, se trata de un reordenamiento de una realidad concebida como
un universo sistémico orientado por un problema teórico
específico, el económico. El resultado no es la expresión
noológica de “una parte” de la “realidad”,
como si se recortara lo que interesa de ella. No se trata de una
correspondencia con ésta, como ninguna teoría ofrece
una correspondencia. Se trata de una construcción, de un
artefacto en el mundo de las ideas, que si hay suerte, ayudara a
gestionar un problema. De la misma forma que cuando se crea un instrumento,
como un destornillador, se pretende que ayude a resolver un problema,
sin constituir una correspondencia de nada. Y quien lo crea, espera
que haya suerte y que, al final, su instrumento sirva para lo que
pensó que serviría. Con esto se quiere significar
que detrás de la descripción propuesta se esconde
una decisión epistemológica en el sentido fuerte del
término. Esta consiste en creer que una descripción
del sistema económico como sistema abierto es la adecuada
para tratar la denominada crisis ambiental. Ello supone asumir una
descripción que impone unos problemas teóricos propios,
que es menester, también, describir en sus propios términos.
Es decir, describirlos como problemas sistémicos. Detrás
se esconde, entonces, la intuición de que la praxis que sugiera
la resolución de esos problemas teóricos ayudará
a resolver la cuestión que inicialmente dio lugar a esta
reflexión.
Un sistema constituye un automatismo basado en la recursividad
que asegura la permanente autoproducción de sus componentes.
Para existir como tal debe contar con todas las recursiones necesarias
para poder seguir funcionando. En esas condiciones y siempre que
halla energía disponible, el sistema pervivirá en
los diferentes estados de equilibrio que sus interacciones determinen.
El sistema de producción de utilidad funciona de acuerdo
a estos mismos principios. Es un sistema perfectamente recursivo,
auroregulado y autoproducido (Esta reflexión es un reflejo
de ello). Lo es como “realidad”, con independencia de
la conciencia que los agentes económicos y sociales tengan
de ello. Históricamente, la evolución de la economía
humana ha consistido en un proceso de interacción entre los
tres grandes sistemas que componen el sistema de producción
de utilidad, cuyas emergencias más características
han sido la producción, la antropización de la naturaleza
y la tecnología (Noorgard 1994).
La lógica que ha dominado la interacción entre esos
tres subsistemas ha sido la lógica trinitaria de orden-desorden–
organización, en un marco de equilibrio inestable dado el
carácter entrópico del sistema. Lo que ha asegurado
la pervivencia del sistema hasta nuestros días han sido sus
infinitos mecanismos de recursión. Estos al trasmitir las
señales de variación de los estados de homeostasis
sistémica, originan respuestas reactivas de recomposición
del equilibrio en un nuevo nivel. Esto ha sido así, sin necesidad
de que nadie lo pensara así. Incluso el hecho de que hoy
se lo esté pensando así forma parte de ese automatismo;
es la preparación de una nueva recursividad dentro sistema.
¿Qué margen existe para que, en una entidad concebida
de esta forma, la eficiencia pueda ser objeto de análisis?
¿Qué margen deja este automatismo sistémico
para que su eficiencia pueda ser distinta de la que es, como para
que tenga sentido plantearse la cuestión de la optimalidad
del sistema?, y ¿en qué sentido se puede hablar de
mejorar la eficiencia del sistema?.
El imperativo de eficiencia de un sistema se deriva de la tendencia
entrópica que domina el devenir universal, y de la excepcionalidad
de las formas organizadas en un universo donde la máxima
probabilidad es el desorden. Las formas organizadas, y los sistemas
no son más que eso, constituyen una excepción en el
océano de desorden. La dispersión es la tendencia
dominante a nivel cósmico. El trasfondo ineludible de la
vida de todo sistema es el carácter entrópico y excepcional
del uso de la energía y de la información contenidas
en las formas organizadas que utiliza para sobrevivir. Nada asegura
a ningún sistema que contará siempre, eternamente,
con formas estructuradas de energía e información
y que, al utilizarlas, éstas no se degraden. En ese contexto,
el imperativo de optimización tiene un perfil muy singular:
todo sistema está abocado a hacerlo lo mejor posible aquí
y ahora, porque en el devenir entrópico y probabilístico
del universo, esta oportunidad, que le es dada en este momento del
espacio y del tiempo, tiene un mínimo de probabilidad de
que alguna vez se vuelva a repetir. El sistema esta siempre abocado
a la contingencia optima. Esta es la conclusión económica
más radical que se puede extraer de una aproximación
al problema económico en un contexto de sistema abierto .
Qué un sistema sea más menos eficiente aquí
y ahora depende de que sus recursiones funcionen adecuadamente.
Por lo tanto, el locus del problema de la eficiencia de un sistema
se ubica en la recursión. Si se entiende que todo sistema
genera per se sus instrumentos de recursión apropiados no
habría necesidad de una disciplina de conocimiento que se
dedicara a analizarlos. Para poder definir el lugar del análisis
económico en un contexto de sistema económico abierto
es preciso entender la propia teoría económica como
parte de ese mecanismo de recursión. Es decir, es preciso
contar con un meta o punto de vista que permita ver que la teoría
económica, tanto la de sistema cerrado, como la de sistema
abierto, no es más que un subsistema (noológico) del
sistema de producción de utilidad, que genera parte de las
recursiones sistémicas necesarias para que éste pueda
seguir funcionando. La teoría de la optimización ecosistémica
de la economía, o la economía ecosistémica,
es la disciplina abocada a la definición de las recursiones
óptimas del sistema de producción de utilidad.
La economía ecosistémica se ubica así en el
plano de las posibilidades protooriginales sistémicas de
recursión. Se trata de delimitar, de entre las recursiones
posibles, la óptima, antes de que ésta se halla formalizado
como tal. Una vez que existe una recursión no hay campo de
posibilidades para una cuestión de optimalidad, al menos
en el marco de la teoría de sistemas: si la recursión
es, y permite que el sistema siga funcionando, ella es optima. En
la contingencia (ontológica) que presupone la teoría
de sistemas no hay sistema mejor que otro, ni uno que cumpla una
función mejor que otro, pues todos los sistemas son únicos
y su única función es ser lo que son. Por lo tanto,
si la recursión da vida a un sistema no hay espacio para
ninguna cuestión relevante de optimalidad. Los sistemas de
recursión son básicamente sistemas de información,
de transmisión y procesamiento de información. Por
lo tanto, el material último con que trata la economía
ecosistémica es con procesos de gestión de información
útiles a la recursión ecosistémica del sistema
de producción de utilidad. El objeto último de la
economía ecosistémica es la definición de los
procesos de gestión de la información del sistema
de producción de utilidad, los cuales maximizan su recursividad
y aseguran su supervivencia como sistema antrópico.
¿Cuáles son los criterios que determinan si un proceso
de gestión de información ecosistémica es óptimo
o subóptimo? Tales criterios sólo se pueden derivar
de los principios de racionalidad que rigen al sistema de producción
de utilidad concebido como un sistema antrópico anclado en
una sociedad específica. Y no puede ser de otra forma, porque
ellos son los sistemas de recursión de ese sistema. Y deben
ser los criterios del mejor hacer que entiende ese sistema. La sociedad,
como totalidad de sociedad, no puede consultar a ningún ente
exógeno sobre los criterios del mejor hacer, se halla irremediablemente
abocada a escucharse a si misma. Es decir, será mejor aquel
proceso de gestión de información que mejor cumpla
con la racionalidad informacional sistémica propia de la
sociedad para la cual el sistema de producción de utilidad
ha sido concebido. Y cuando se dice racionalidad informacional “sistémica”
se quiere señalar que el único criterio/restricción
“analítica“ que se puede establecer a tal sistema
de información es que tenga un carácter sistémico.
Es decir, que esté fundado en una concepción sistémica
del mundo, lo que se da por supuesto si se ha adoptado una aproximación
de sistema abierto.
La economía ecosistémica supone la necesidad de sistematizar
para cada sistema de producción de utilidad concreto este
conjunto de criterios de racionalidad decisional sistémica
que permitan juzgar la optimalidad de los procesos alternativos
de gestión de información ecosistémica. Visto
así, las recursiones del sistema de producción de
utilidad se hallan intrínsecamente antropizadas, en última
instancia responderán a las lógicas de racionalidad
de la sociedad que les da origen al sistema.
Esto es coherente con la mirada antrópicamente centrada con
la que se describió el sistema, como un sistema de producción
de utilidad. Porque lo que importa es gestionar desde una perspectiva
ecosistémica, es decir, de sistema abierto, el sistema humano
de producción. Cualquiera otra perspectiva analítica
no podría producir los criterios de gestión que preocupan
a la economía. Una, por ejemplo, que simplemente describiera
el coexistir ecosistémico, en el que ninguno de los sistemas
diferenciados que se incluyeran tuviera centralidad alguna, describiría
la ecología de los sistemas incorporados, pero en ningún
caso serviría para definir criterios decisionales de uno
de los elementos del sistema que pretendiera elevarse a la categoría
de gestor, que es el caso del genero humano. Esa descripción
daría cuenta del devenir ecosistémico, no permitiría
definir criterios del mejor devenir. Para ello es estrictamente
necesario adoptar un enfoque antropocéntrico .
En última instancia, entonces, el sistema de producción
de utilidad es también un sistema cerrado sobre sí
mismo: sólo se puede gestionar de acuerdo a sus propios códigos.
Esto se desprende del carácter analítico del lenguaje
sistémico y de todo lenguaje. Toda verbalización se
cierra sobre sí misma (Rorty 1991 y Atlan 1991). La alternativa
a toda aproximación verbal a la realidad es obviamente el
conocimiento que se deriva de la no-verbalización, el de
la contemplación. Esta opción responde a una racionalidad
específica y ésa se corresponde con un hacer específico,
que no son ni la una ni la otra la de la racionalidad y el hacer
de la racionalidad científica, por esta razón se opta
por el cierre sobre si mismo, pero con sus diferencias respecto
al que propone una cientificidad objetual.
La naturaleza epistemológica diferencial
de la optimización ecosistémica
En este punto pudiera parecer que la propuesta de enfoque económico
de sistema abierto termina en el mismo destino epistemológico
que la de sistema cerrado: ambas asumen un enfoque cerrado estrictamente
antropocéntrico. Pareciera que ambas no son capaces de integrar
de forma efectiva el resto de sistemas con los que el sistema humano
de producción coexiste. En cierto sentido esto es así,
porque analíticamente ambas son sistemas epistemológicamente
cerrados, sin embargo existe una diferencia fundamental. Un enfoque
de sistema cerrado da lugar a un sistema económico decisional
teórico-predictivo, en tanto que el de sistema abierto a
uno experiencial-contingente.
Un enfoque de sistema abierto (o la teoría de sistemas)
para entender los problemas económicos no puede variar las
reglas del conocer (pues en sí mismo es un conocer), lo que
puede variar es el hacer que se deriva de ese conocer. Lo que lo
distingue con respecto a sistema cerrado son los efectos prácticos
que tiene. ¿Porqué?. Porque el imperativo de eficiencia
sistémico, como se señaló, tiene lugar en el
aquí y en el ahora. Es decir, la eficiencia en la gestión
de los sistemas, a diferencia de la eficiencia en la gestión
de los objetos, es estrictamente contingente. Esto significa, que
en términos sistémicos, es decir, para una realidad
concebida como un archipiélago de sistemas en un océano
de desorden en una deriva entrópica, cada oportunidad, así
como cada sistema, es único, e irrepetible. Por lo tanto,
la vida del sistema, su capacidad de supervivencia se funda en su
capacidad para reaccionar cada vez ante el evento, ante la contingencia
única que se le presenta a él como sistema único.
Esto tiene una relevancia epistemológica y práctica
extraordinaria, y constituye el diferencial epistemológico
y práxico de una aproximación de sistema abierto con
respecto a una de sistema cerrado.
Si todo vivir es evenencial, y toda oportunidad es irrepetible,
¿qué sentido tiene desarrollar sistemas teóricos
para afrontar situaciones futuras?, ¿qué sentido tiene
elaborar un conocimiento teórico (determinista) sobre aquello
que constituye el ecosistema si tal ecosistema no es nunca el mismo,
(porque en una deriva entrópica y sistémica nunca
un ecosistema es el mismo)? ¿qué sentido tiene estructurar
todo un sistema económico decisional sobre unas bases teóricas
deterministas (tales como las de la racionalidad económica
neoclásica (u otra) con sus análisis costo beneficio,
o de inversiones, o del equilibrio general o parcial y de un sistema
de cuentas nacionales), si el modelo que fue útil la oportunidad
anterior ya no servirá para la que viene?. Los sistemas desarrollan
sistemas de información que les permiten gestionar la contingencia.
Por lo tanto, no son sistemas de información basados en la
teorización, ni del entorno, ni de sí mismo. Teorización
se entiende aquí como el esfuerzo por determinar un modelo
causal determinista para comprender un fenómeno. Un modelo
causal determinista permite llegar a conclusiones del tipo “si
a entonces siempre b”, o bien “si a siempre b en un
campo de probabilidades z”. Y un sistema de información
basado en una teorización es un sistema de información
que se estructura sobre la base de un modelo teórico causal.
Este está, en última instancia, concebido como instrumento
de predicción de los cursos de acción posible para
poder determinar (planificar) de entre éstos el mejor.
Como se puede comprender una condición sine qua non de un
modelo teórico es la consideración de que “lo
real” está compuesto de objetos inmanentes, y que una
piedra es siempre una piedra, hoy y en cien años, aquí
y en cualquier otro lugar del universo. Así es posible hacer
teoría cierta sobre la piedra y mis relaciones con ella en
cualquier momento del tiempo y del espacio (en realidad en esta
visión no existen ni el tiempo ni el espacio como variables
significativas). Una teoría de sistema no resiste tal supuesto,
es justamente lo contrario. Y por esta razón los sistemas
de información sistémicos son de una naturaleza epistemológica
distinta. Son sistemas abocados a la contingencia. Los sistemas
de información sistémicos están estructurados
para poder, con el mínimo de información contingente,
tener una reacción ecosistémica favorable a su subsistencia
ante cualquier evento sobre la base de la experiencia, es decir,
sobre la base de un conocimiento fáctico, no teórico.
Un evento debe ser entendido como una ocurrencia única e
irrepetible en el tiempo y el espacio. Las escalas de los eventos
no son necesariamente pequeñas o instantáneas. El
mismo evento es sujeto de una conceptualización que determina
sus escalas. Un evento no significa siempre, en este contexto, instante.
La piel está dotada de determinados mecanismos que le informan
sobre la temperatura ambiente. Si se le acerca un cuerpo en ignición
está enviará una orden para que se produzca un alejamiento.
En este caso el evento se produce en ese instante, porque la vitalidad
del sistema se juega en esa escala de tiempo. Otros eventos suponen
otras escalas. El sistema de información en este caso es
capaz, con la menor cantidad de información contingente,
elaborar una respuesta ecosistémica favorable en función
de una experiencia adquirida, la que, en este caso, está
inscrita en los códigos genéticos y culturales.
Este es el tipo de procesos de gestión de información
con que trabaja la economía ecosistémica para optimizar
ecosistémicamente el sistema de producción de utilidad.
No se trata de sistemas que se funden en pretendidas descripciones
deterministas del ecosistema, o de las relaciones del sistema de
producción con su ecosistema, etcétera. Los sistemas
no teorizan el entorno para poder vivir; no requieren de descripciones
teóricas de cómo se comportan los elementos de su
ecosistema; ni requieren de conocimientos causales de los efectos
de sus actos en ese ecosistema. Nada de esto tiene que ver con una
concepción sistémica, ni se puede derivar de una teoría
sistémica. Esto es aún más comprensible, si
se tiene en cuenta lo señalado anteriormente, con relación
a que una aproximación de sistema abierto presupone que el
problema en cuestión, necesariamente debe ser resuelto teniendo
en cuenta distintas producciones. Esto significa irremediablemente
que no tiene sentido perseguir una descripción teórica
del comportamiento del sistema de sistemas en que se desenvuelve
tal problema, pues se sabe a priori; que se trata de lenguajes irreductibles
los unos a los otros. Los sistemas de información para la
optimización ecosistémica no están concebidos,
tampoco, para establecer ni el tipo, ni el modo o nivel que deben
tener las relaciones con el ecosistema. Los sistemas de información
sistémica no tienen como dar cuenta de ello, no tienen ni
tan siquiera como formular esta pregunta que requeriría de
una teoría del ecosistema que no tienen. Pregunta que, por
lo demás, es propia de una aproximación objetual,
es decir, de una concepción que entiende de objetos inmanentes,
que apriorísticamente y fuera de todo evento históricamente
singular, pueden ser determinados .
La descripción del sistema de producción de utilidad:
el lenguaje sistémico
La optimización ecosistémica tiene lugar y es eficiente
para el sistema de producción de utilidad que se defina.
La descripción del sistema es central para el resto de connotaciones
prácticas que tiene el análisis económico ecosistémico.
¿Qué es una descripción sistémica?,
¿Qué lenguaje es el que permite articular una descripción
sistémica?, ¿Cuál es la relación de
ese lenguaje con el lenguaje científico-analítico?.
Antes de abordar positivamente lo que se considera constituye una
descripción sistémica, es preciso aclarar que papel
juega en una descripción sistémica el lenguaje científico-analítico.
La tesis que se sostiene aquí es que las descripciones científico-analíticas
no constituyen en ningún sentido la estructura sobre la cual
se deba articular una descripción sistémica. Esto
es así por varias razones. En primer término, porque
sostener lo contrario supondría afirmar que la “realidad”
está compuesta por sistemas, descriptibles cada uno de ellos
por una disciplina distinta, como quien encuentra objetos, los que
sumados todos darían el sistema de sistemas de sistemas que
es la physis.
Un enfoque de sistema abierto significa apostar de forma radical
por una descripción de “lo real", donde lo que
prima, es la descripción del relacionarse de los elementos
que dan lugar al sistema como algo que sólo existe y es en
el fluir de ese relacionarse, y no como entidad dotada de propiedades
analíticamente descriptibles de forma aislada, que es lo
que hacen las disciplinas científicas al uso. En el análisis
sistémico las entidades últimas, que pudiesen ser
objeto de un desbroce analítico tal cuál es practicado
por las diversas disciplinas científicas, no existen fuera
del puro relacionarse. Ellas son, a la vez, entendidas como el relacionarse
de otros subsistemas, y así al infinito. Los subsistemas
de sistemas, no tiene ninguna entidad, ni existe por tanto, concepto
que las pueda describir, salvo decir que son un subsistema de un
sistema que conjuntamente da lugar a algo, a una emergencia de tal
tipo, a una forma particular, cuya única característica
es el diferenciarse de otras formas. Por lo tanto, en el análisis
sistémico no tienen cabida, no existen, las entidades que
son el eje del conocimiento científico disciplinario. Por
esta razón, las descripciones realizadas por las distintas
disciplinas científicas individualmente consideradas no pueden
constituir el eje de la descripción del sistema que debe
dar cuenta del problema económico en un contexto de sistema
abierto.
Todas ellas asumen, como la economía estándar lo hace,
que sus problemas son del tipo de sistema cerrado y que pueden llegar
a resolver los problemas que plantean sus sistemas analíticos,
que son maximizar ese sistema cerrado con independencia del alcance
sistémico de tal solución. Es decir, están
preocupadas de una sola producción, forma o sistema con independencia
de otras producciones formas o sistemas que puedan poblar el universo.
En última instancia, esto quiere decir que parten de una
visión objetual del mundo, de que tratan problemas entre
objetos, que permanentemente están única y exclusivamente
describiendo objetos, que es lo que posibilita, como ya se dijo
con relación a la economía, el planteamiento de un
problema como sistema cerrado. En ningún caso describen sistemas.
Es justamente esta concepción objetual cerrada la que hace
que la economía maximice el bienestar y deteriore otros sistemas;
la que hace que la medicina sane el sistema endocrino y dañe
el nervioso; la que hace que la ingeniería solucione un problema
de conectividad y genere un problema de tráfico, etcétera.
Cuando parece que esa práctica del conocer ya no satisface
se percibe la necesidad de pasar a una de sistema abierto, pero
es preciso dar el salto epistemológico completo, que significa
asumir que lo que importa es el relacionarse, sus características
y sus emergencias, y no las propiedades intrínsecas de entidades
cerradas como la economía, la psique, la célula, o
el átomo, que es, según se insiste, lo que describen
las disciplinas científicas. Cuando se intenta integrar al
análisis económico los conoceres de otras ciencias
pretendiendo dar una solución sistémica al problema
económico, lo que se hace, de facto, es seguir pensando analíticamente
en objetos. Se sigue pensando en objetos, como el agua, el bosque,
las especies, los océanos, el suelo, etcétera, como
objetos descritos en esas disciplinas. Y se continua tratando de
delimitar el mejor uso que la economía puede hacer de esos
objetos. Lo que se hace, de facto, es intentar llevar a cabo una
aproximación de sistema cerrado ampliada, una optimización
que incorpore más objetos de los que se están de hecho
incorporando al análisis con anterioridad. El sistema de
sistemas que presupone todo problema de sistema abierto sólo
es descriptible en lenguaje de sistemas.
En segundo término, hay que decir que cuando se habla de
sistemas, desde una ontología sistémica, se habla
de verbalizaciones que describen algún sistema, y no de entidades
reales per se. Es decir, desde una óptica sistémica
“la realidad” es un continuo infinito e intrínsecamente
inseparable de sistemas de sistemas de sistemas. Es así,
como las verbalizaciones separan analíticamente ese continuo
sistémico de “lo real”. Esto permite hablar de
sistemas como de cosas separadas. Lo único que permite hablar
de sistemas como cosas distintas y diferenciadas son los lenguajes
que los configuran como tales. Así se podría decir
el sistema físico, el biológico, o el mundo animal,
el económico, o el social, y cada uno de los cuales podría
ser entendido a priori como sistemas.
Desde esta perspectiva, las disciplinas científicas constituyen
verbalizaciones muy articuladas de la “realidad”. Son
descripciones que permiten distinguir “un algo” del
continuo sistémico. La única diferencia es que tal
descripción parte de la negación ontológica
de tal continuo. Parte del supuesto de que la realidad esta compuesta
de entes discontinuos, de objetos. Entonces lo que tal descripción,
cree hacer, no es separar, ayudar a distinguir y dar forma, sino
que cree identificar algo que esta dado “per se”. ¿Qué
se describe de facto, cuando se cree que lo que se está describiendo
es algo que está dado “per se” en la “realidad”?
Se describen sistemas cerrados. Es casi tautológico decir
que se describen objetos, pero es así. La expresión
epistemológica más simple de un sistema cerrado es
el objeto. Si la descripción parte del supuesto que la forma
que debe describir, separar, existe a priori como ente separado,
como ente que debe ser tenido en cuenta con independencia de todo
lo que resta, porque esa independencia constituye el fundamento
último de su ser, lo que se está describiendo es un
sistema cerrado, donde lo único que vale es una sola forma,
una sola producción sistémica. Como si ésta
existiera fuera del continuo sistémico. En realidad la expresión
correcta para decir lo mismo es: como si a los efectos del problema
que trae a cuenta su descripción no importara describirla
como ente aislado, como objeto.
Epistemológicamente, no hay nada que permita afirmar, como
ya se señaló, que siempre haya que tener que considerar
que los problemas haya que resolverlos como problemas en contexto
de sistema abierto. El problema genérico de vivir en sociedad
se fundamenta en una descripción lingüística
de la realidad de sistema cerrado, cuya expresión más
simple es una palabra que señala un objeto. El problema está
en este caso, en que el eje diferencial de una aproximación
al problema económico desde un contexto de sistema abierto
o cerrado, es justamente que en la de un sistema abierto se considera
que éste no se puede resolver considerando una sola producción,
la producción de un solo sistema. Por tanto, no se puede
dar cuenta del problema económico en un contexto de sistema
abierto mediante verbalizaciones, mediante lenguajes que describen
uno tras otro sistemas cerrados. No se puede ni siquiera plantear
el problema económico en un contexto de sistema abierto mediante
descripciones originadas por problemas que son resueltos en contextos
de sistemas cerrados. Esto es totalmente contradictorio con una
descripción coherente de sistema abierto, con una descripción
sistémica.
En tercer término, todo lo anterior permite intuir, que
no es posible traducir unos lenguajes a otros. Y si tal traducción
no es factible, entonces, la descripción que se deriva de
sumar lenguajes distintos no aporta ninguna descripción sustantiva,
sobre la cual poder trabajar analíticamente. Si los diversos
lenguajes describen sistemas, (los lenguajes científicos
describen sistemas cerrados, compuestos por objetos) es porque son
capaces de dar cuenta de la forma específica que ese sistema
es; de la producción específica a que ese sistema
da lugar como forma singularizada del mundo. Justamente, porque
al verbalizarlas se distinguen las formas, porque se desea distinguirlas
del continuo sistémico, es que los lenguajes son también
irreductibles los unos a los otros, tal cual las formas son irreductibles
a las otras, tal cual la palabra piedra designa una piedra y no
arena . En una escala más pedestre pedir una traducción
de lenguajes científicos es como pedir que la palabra piedra
diga algo de otro ente como la arena.
En términos lingüísticos, cuando se utilizan
diversos lenguajes, o sistemas descritos por distintos lenguajes
científico-analíticos, para describir lo que se cree
es un sistema, lo que se está planteando en los hechos es
una traducción entre lógicas distintas, un equilibrio
interlógico, lo cual resulta a todas vistas imposible. Visto
así, la multidisciplinariedad como método de trabajo
científico carece de gramaticalidad. Ello significa que la
inclusión per se de perspectivas analíticas diversas
en la formulación de un problema no es capaz de transformarse
en un lenguaje. Y sin lenguaje no es posible producir ninguna descripción
de la realidad. Y sin descripción de la realidad no hay conocimiento
eficiente.
Es decir, si cada lenguaje o codificación de la "realidad"
aporta un conocimiento que no es equivalente con ningún otro,
por su carácter analítico, en su conjunto no generan
por simultaneidad, conocimiento ninguno adicional. No son aditivos
en ningún sentido, aunque superficialmente parezca que hablan
de lo mismo. Y en ningún caso como conjunto pueden sugerir
una codificación sustantiva distinta de la realidad. La simultaneidad
de conocimientos analíticos no genera de forma directa ningún
tipo de codificación nueva que sea capaz de generar un conocimiento
o representación de la realidad distinta a la previamente
existente y que como tal solucione la cuestión económica
que las reunió inicialmente . Una aproximación de
sistema abierto supone, como se ha intentado explicar, tener que
recurrir a un lenguaje distinto al del resto de disciplinas y conocimientos,
al lenguaje sistémico. El lenguaje sistémico no constituye
una amalgama de saberes y conoceres científicos distintos,
sino que corresponde a una descripción también analíticamente
autónoma y lineal de la realidad, que entiende que ésta
está compuesta no por objetos separados, sino por sistemas
relacionados y regidos por una lógica distinta de la que
rige a los objetos mecánicos. Y como tal, es el único
lenguaje capaz de describir “la realidad” de problemas
que se supone deben ser considerados como problemas en contexto
de sistema abierto. En términos estrictos de teoría
de sistemas, como ya se mencionó, los sistemas, instalados
en la contingencia, no funcionan sobre la base de modelos teóricos.
No requieren de una descripción de su ecosistema, y por tanto,
no poseen una descripción de su ecosistema. No obstante,
coexisten con él y en él.
Exógenamente, se puede decir que el ecosistema es el conjunto
de sistemas con los cuales convive un sistema (que es a su vez un
ecosistema). Esto, para cada sistema singular, es un infinito de
sistemas de sistemas de sistemas. Esto es un holon y como tal indescriptible.
Los sistemas además no están sujetos como entidades
“reales”, a ninguna identidad inmanente, son en cada
momento del espacio y del tiempo algo distinto. Desde este punto
de vista, los ecosistemas, como supuestas entidades “reales”,
no pueden ser objeto de descripción lógico-analítica
ninguna. Con esto se quiere decir, que los sistemas “per se”
no pueden ser objetos de una teorización que responda a todos
los cánones de la lógica identitaria con que funciona
el conocimiento científico convencional; de respeto de los
principios de no-contradicción, de causalidad “objetiva”,
etcétera. En última instancia los ecosistemas no son
reductibles a conceptos. Ni un sistema requiere reducir su ecosistema
a un modelo teórico.
La economía sistémica entendida como parte del mecanismo
recursivo del sistema de producción de utilidad, e instalada
en un plano protooriginal, “piensa” el concepto “ecosistema”.
Lo piensa porque se ubica en el plano sistémico protooriginal,
pero no lo piensa siguiendo un modelo lógico-racional estricto.
Y no lo hace porque ella misma es un mecanismo sistémico
recursivo, se halla presa del sistema, y como tal mecanismo no funciona
sobre la base de modelos teóricos, ya que estos no son propios
de la “realidad” sistémica. Lo que la economía
sistémica hace de modo racional, siguiendo el reduccionismo
débil, y lógico-analítico que preside todo
el andamiaje científico (es decir, utilizando un lenguaje
racional cerrado, el sistémico), es determinar su ámbito
de pensar (los sistemas de recursión del sistema de producción
de utilidad), determinar la naturaleza epistemológica de
su pensar (sistémica antropocéntrica), determinar
aquello a lo que tiene dar lugar su pensar (a sistemas óptimos
de gestión de información ecosistémica), determinar
el contenido de sus operaciones analíticas (optimización
racional antropocéntrica), y determinar la naturaleza ontológica
del sistema del que da cuenta (sistema abierto, experiencial-contingente).
En economía ecosistémica están determinados
los procedimientos, los procesos, pero no las emergencias. Estas
pueden ser de cualquier tipo. Determinado significa que las connotaciones
analíticas producidas tienen una validez universal. Es decir,
que son las mejores posibles en todo espacio y tiempo. No hay un
modelo lógico para determinar el contenido de la descripción
del sistema de producción de utilidad, de lo que debe contener
y de lo que no, de las relaciones que debe incluir y de las que
no, de las fronteras que debe trazar y de las que no debe trazar.
No hay un modelo lógico para determinar tampoco los mecanismos
de recursión como tales, de cómo deben estar configurados
y de cómo no, de cómo deben proceder y de cómo
no deben proceder. Pero, cuando se dice que no hay modo lógico
no significa que si lo hubiese sería mejor. Se trata simplemente
de que no corresponde a una aproximación sistémica
(lógica sistémica) hallar un modo lógico de
determinar tales cosas. Hallarlo constituiría justamente
abandonar el reto de tratar la economía como un sistema abierto.
Sería pretender justamente creer que se está tratando
con objetos (sistema cerrado) y no con sistemas.
En un mundo objetual todo está determinado, pero no porque
en la “realidad” se halle todo determinado, pues ello
es discutible, sino porque ilumina un modo de pensar en que la determinación
es el modo natural de existir y, por lo tanto, es a ello a lo que
el conocimiento debe acceder. En un mundo poblado de objetos inmanentes
en el espacio y el tiempo, la determinación de todos los
modos del ser/hacer no sólo es posible, sino que es la única
forma lógica (óptima) de existir. Subjetivando el
proceso se podría decir que, lo que en la historia del universo
no se hubiese percatado inicialmente de esta posibilidad, con el
tiempo caería necesariamente en cuenta que su existir depende
del determinar y terminaría transformándose en una
entidad determinante/determinada (optimizadora en última
instancia). Y no se está hablando de una posibilidad válida
sólo para entes autoreflexivos, sino para todo ente componente
de la physis. Esta es la razón por la cual esta concepción
objetual del mundo aboca indefectiblemente todo conocimiento a la
determinación como destino último del conocer, pues
la determinación es, en última instancia, el ser de
las cosas. Pero los sistemas, a diferencia de los objetos, que están
abocados a la teoría y la predicción, están
abocados a la experiencia y a la contingencia. El ser de los sistemas
es justamente la contingencia. Toda historia posible de los sistemas
termina en el evento y no queda más rastro: no hay historia,
no hay modelos, no hay teorías.
La única prescripción posible para la descripción
del sistema de producción de utilidad de referencia, la única
determinación válida desde una teoría de sistemas,
es que se debe corresponder genuinamente a lo que los componentes
del sistema entienden, o perciben que es su ecosistema. Esto remite
nuevamente a los criterios de racionalidad que imperan en cada sistema.
Por lo tanto, y en principio, la descripción de lo que un
sistema entiende por su ecosistema puede realizarse en el lenguaje
natural, o sobre la base de una combinación a-lógica
de lenguajes. La descripción del sistema de producción
de utilidad no tiene porqué resistir la prueba del criterio
de no-contradicción, ni ningún otro proveniente de
la lógica racional, que se derivan de la utilización
estricta de un sólo lenguaje. La descripción del sistema
de producción de utilidad debe guiarse por la lógica
de la experiencia y de la contingencia en el marco societal de que
se trate, democrático racional si lo es, patriarcal tradicional,
autoritario irracional, o cualquier otro . El lenguaje científico,
como el resto de lenguajes, puede estar entre los elementos de esa
descripción, pero no puede ser el eje en torno a la cual
gire la misma, ni establecer los modos de su determinación,
porque, como se dijo anteriormente, éste no habla de sistema
sino de objetos. Aquí el lenguaje científico tiene
la misma naturaleza que cualquiera otra voz del lenguaje natural
.
La descripción del ecosistema del sistema de producción
de utilidad: el lenguaje sistémico como metalenguaje
Como se ha señalado en varias oportunidades, a diferencia
de una aproximación de contexto cerrado, una sistémica
requiere tener en cuenta no una sino varias producciones. Esto es
considerar que el problema que trae a cuenta el análisis
está compuesto por descripciones de varias producciones que
optimizan cada una de ellas singularmente. En el caso del sistema
de producción de utilidad estas producciones son la producción
de bienes y servicios, la producción de ecosistemas antropizados,
y la producción tecnológica. El problema está
comprendido en un sistema de sistemas. Y el modelo de conocimiento
que da cuenta de ello, la economía ecosistémica, debe
dar cuenta de esta particularidad cognitiva. El modelo cognitivo
experiencial-contingente propuesto constituye la respuesta a esta
particularidad y su potencialidad radica en su capacidad para tratar
con distintos lenguajes. Sin embargo, a su vez el sistema de producción
de utilidad tiene un ecosistema. Está inserto en el sistema
de sistemas de sistemas que es la physis. Una aproximación
de contexto abierto a lo económico no puede obviar esta cuestión
porque se acepta a priori que el sistema de producción de
utilidad está inserto en esa totalidad sistémica mayor.
El problema teórico a resolver consiste en dar cuenta de
una descripción que supone no tres lenguajes, como el sistema
de producción de utilidad, sino de tantos como sistemas,
o producciones se puedan o deseen considerar. Y la única
forma posible de hacerlo es construir un meta-lenguaje. Ese metalenguaje
es el lenguaje sistémico. El lenguaje sistémico es
una descripción genérica del relacionarse de los sistemas
que permite situar a cada sistema analítico en particular,
como el sistema de producción de utilidad, en su ecosistema.
Esto significa que es un lenguaje que permite describirlo/entenderlo
como determinado/determinando otros sistemas o formas, o producido/produciendo
otros sistemas o formas. Este metalenguaje no es para nada necesario
en una aproximación objetual porque allí el objeto
es inmanente y se entiende sólo referido a si mismo. Así,
por ejemplo, cada disciplina habla de su objeto de análisis
sin necesidad de metalenguaje alguno. Cada lenguaje se cierra sobre
si mismo, porque el objeto se halla cerrado sobre si mismo. En definitiva,
porque se entiende que el problema que trae a cuenta al análisis
puede ser tratado con independencia del ecosistema del objeto.
Esta es la razón por la cual en la práctica científica
convencional cuesta tanto incorporar lenguajes ajenos al objeto
de análisis de una disciplina. Y la mayoría de tales
esfuerzos resultan infructíferos.
Este es el caso de la lectura termodinámica del sistema
económico realizada por Georgescu-Roegen. Intento que demuestra
la infructuosidad de adoptar una perspectiva exógena (termodinámica)
al sistema teórico que da origen al problema (económico).
Esto se comprueba cuando el mismo señala, “La íntima
conexión existente entre la Ley de la entropía y el
proceso económico tampoco nos ayuda a gestionar mejor una
economía determinada. En mi opinión, lo que hace es
mucho más importante: al mejorar y ampliar nuestra comprensión
del proceso económico, puede enseñar a todo aquel
dispuesto a prestar atención cuáles son los mejores
objetivos de la economía humana.” Y a continuación,
señala que la ley de la entropía no determina a priori
“..ni cuando (en términos horarios) la entropía
de un sistema cerrado alcanzará un nivel determinado ni qué
ocurrirá con exactitud”. Lo hace es que “..determina
la dirección general del proceso entrópico de todo
sistema aislado”. (Georgescu-Roegen N., La Ley de la Entropía
y el Proceso Económico, Editorial Visor, Madrid, 1996, Páginas
63 y 57). La lectura termodinámica del proceso económico
realizada por Georgescu-Roegen lo que en efecto hace es describir
aquello que entiende por sistema económico como un sistema
termodinámico. Demostrando que cada ciencia es incapaz de
describir otra cosa que lo que le permite su propio lenguaje, que
lenguaje y objeto, entendido éste como conceptualización
de “lo real” se autoproducen.
Entonces, de la descripción de un sistema termodinámico
abierto que apriorísticamente se le denomina económico,
como si existiese con independencia de qué entiende la teoría
económica por sistema económico, lo único que
se obtiene es la descripción de otro sistema termodinámico
cualquiera. Y de una descripción de un sistema termodinámico
abierto sólo se pueden extraer conclusiones termodinámicas,
no económicas. De ahí la frustrante conclusión
respecto de la utilidad práctica de tal análisis.
En todo caso, otro concepto, como el de migración biógena
de los elementos químicos de la biosfera de Verdnasky (1997),
pudiera coayudar también a responderse la pregunta acerca
de la naturaleza última y a las constantes a que está
sometida la evolución del sistema de producción de
utilidad visto como sistema perteneciente a la physis. Efectivamente,
según Verdsnasky, la migración biógena de los
elementos químicos de la biosfera, entendida como cualquier
desplazamiento de los mismos con independencia de sus causas, constituye
una constante que tenderá, como toda constante universal,
a su realización total. Es decir, hasta que todo el trabajo
posible en ese sentido haya sido realizado y la energía disponible
sea cero o cercana a cero en el sistema. En ese contexto analítico,
el sistema de producción de utilidad puede ser entendido
como parte de la expresión antrópica de la migración
biógena, o como su forma más desarrollada. “La
nueva forma de migración biógena, novedosa al menos
a tal escala, ha sido provocada, como vemos, por la intervención
de la razón humana. No se diferencia en nada, sin embargo,
de las restantes manifestaciones de la migración biógena,
que se corresponde con otras funciones vitales.” .
Esto permite visualizar el sistema de producción de utilidad
como una parte más, sin distinción alguna, de la physis
biosférica, y por tanto, como copartícipe del destino
y de las constantes a que ésta este destinada. Lo significativo
que nos dice esta ley, es que el sistema de producción de
utilidad, al igual que todo otro ente participe de esta constante
universal, tenderá, por ley natural, a llevar la parte de
la migración biogeoquímica que le corresponda a su
máxima expresión. Esto significa que el sistema de
producción de utilidad no sólo está sometido
a una deriva entrópica, sino que se encuentra, por otra parte,
movido positivamente por una tendencia a ocupar todo el espacio
de la biosfera y a agotar las posibilidades de trabajo biogeoquímico
disponible en la misma. Cosa que los hechos parecen confirmar.
Si el segundo principio de la termodinámica establece el
marco en que se debe entender el uso antrópico de la energía
en un sistema como el constituido por la Biosfera, el principio
de la migración biogeoquímica de los elementos debiera
servir para entender su proceso de antropización. Ninguno
de los dos principios ayudan a determinar en forma precisa como
“gestionar mejor una economía determinada”, sino
tal cual señala Georgescu-Roegen, sólo ayudan a determinar
“la dirección general del proceso”.
Ya se ha explicado que, dado que las determinaciones que se obtienen
de la descripción de Georgescu-Roegen no tienen sino un alcance
termodinámico, ellas no son útiles para gestionar
una economía concreta. Lo mismo sucedería si se somete
un proceso económico apriorísticamente definido, a
una descripción ecológica. Por ello tampoco parece
útil derivar conclusiones económicas del principio
de la migración biogeoquímica de los elementos de
la Biosfera . Lo que resulta interesante preguntarse es de qué
sirve conocer la dirección general del proceso, sino ello
no es útil para gestionar una economía determinada.
El conocimiento de la dirección general del proceso es útil
para alimentar ese metalenguaje que es el lenguaje sistémico.
Y es así como Morin (1993) en los hechos ha incorporado el
segundo principio de la termodinámica, pero además
otros principios, como el de organización o el de la relación
dialéctica entre caos y organización, en un lenguaje
sistémico que permite entender el ecosistema en que se desenvuelve
todo sistema. El lenguaje sistémico constituye un metalenguaje
que integra saberes singulares producidos por otras ciencias, y
que permite efectivamente entender el contexto ecosistémico
en que se deben plantear los problemas en contextos abiertos.
Esta integración es fructífera, porque no pretende
explicar como el lenguaje termodinámico o el ecológico
debiera determinar al lenguaje económico (cosa del todo imposible
desde una perspectiva epistemológica), pretendiendo definir
los límites a los que éste se halla referido. Sino
que, por el contrario, en un nivel de conocimiento superior, desde
un meta punto de vista, elabora un meta lenguaje racional, que utilizando
los diversos conocimientos singulares sobre la physis, permite abordar
problemas teóricos en contextos abiertos, donde se dan varias
producciones, que a su vez como unidad de varias producciones, es
decir, como sistema singularizado, se halla inmerso en un ecosistema
mayor que es la physis. El único límite teórico
de un sistema son las determinaciones que se puedan derivar de un
lenguaje sistémico. El primero de ellos, sin lugar a dudas,
es que un sistema no es un objeto.
El óptimo ecosistémico
Una vez que se ha elaborado algo más el carácter
epistemológico de la información ecosistémica
que gestionan los sistemas de información sistémicos,
es posible detallar los criterios de optimalidad con que opera la
economía ecosistémica. El proceso de gestión
óptimo de información ecosistémica del sistema
de producción de utilidad es aquel que asegura la mayor recursión
sistémica posible, es decir, experiencial-contingente, dado
el marco social vigente y las racionalidades informacionales sistémicas
en él dominantes. Esto implica, en primer lugar, que el proceso
informacional asume su propia recursividad. Es decir, significa
que se concibe a sí mismo como un sistema experiencial-contingente,
recursivo, a-teórico. Significa, en segundo lugar, que asegura,
dado un marco social y sus lógicas de inclusión/exclusión,
una estructura informacional experiencial-contingente, a-teórica,
para que fluya toda la información que ese marco social considera
válida. Y finalmente, significa que gestiona la información
ecosistémica de acuerdo a los criterios de racionalidad informacional
dominante en ese marco social.
Desde la teoría de sistemas, un sistema de información
sistémica óptimo debe, entonces, cumplir con tres
condiciones: concebirse el mismo como un sistema experiencial-contingente
(asegurar su recursividad experiencial-contingente), generar una
estructura informacional experiencial-contingente, no teórica,
para el flujo de la información, y ser genuinamente antroprocéntrico
(ser el reflejo estricto de lo que el sistema social, en que se
halla inmerso el sistema de producción de utilidad, entiende
por información ecosistémica válida y por criterios
racionales de gestión de la misma). Si se cumplen estas tres
condiciones se podrá asegurar que se habrá determinado
el mecanismo de recursión ecosistémico óptimo.
Será el mejor sistema de recursión posible en el sistema
de producción de utilidad de referencia. En conclusión,
sí el mecanismo de recursión en cuestión está
estructurado de tal forma que, de acuerdo con las lógicas
sociales de inclusión/exclusión, permite que todos
digan lo que tenían que decir, sí el proceso de gestión
de la información es acorde a los criterios de racionalidad
informacional validados para tal proceso de información específico
(cada proceso de información puede ser sujeto de criterios
de racionalidad específicos, por ejemplo, si se trata de
un proceso con un objetivo decisional tendrá una y si se
trata de un proceso simplemente clasificatorio tendrá otra),
y sí el propio sistema de información es concebido
como un mecanismo experiencial-contingente, y cuenta a la vez con
sus propios mecanismos de recursión para adaptarse a la contingencia,
entonces, se puede decir que se está frente a un mecanismo
de recursión óptimo del sistema de producción
de utilidad .
El análisis económico ecosistémico
La economía ecosistémica, el análisis ecosistémico,
se puede considerar una teoría racional para la construcción
de mecanismos óptimos de recursión del sistema de
producción de utilidad. El alcance que deba tener o que deba
llegar a tener el análisis ecosistémico dependerá
de muchos hechos históricos, porque como mecanismo de recursión
que también es, debe ser “objetivamente” producido
por el sistema mediante una lógica experiencial-contingente.
Resultaría, por tanto, contradictorio apuntar a ciertos ámbitos
de análisis como exclusivos de la teoría económica
ecosistémica. Es una teoría que se debe aplicar allí
donde hay en juego aspectos de optimización económica
que se perciben infructuosamente resueltos por una aproximación
de sistema cerrado. Como se señaló y se volverá
a hacer, no existen criterios “racionales”, para argumentar
que allí donde se aplica una aproximación de sistema
cerrado, deba aplicar una de sistema abierto. Sólo es posible
encontrar una percepción de infructuosidad sobre la cual
basar la necesidad de un cambio analítico. Si esto es así,
entonces, el análisis económico ecosistémico
y el endosistémico desarrollarán, a partir de ese
campo experiencial que es el análisis de la actividad económica,
un campo práctico de coexistencia. Probablemente de fronteras
inicialmente difusas, que, con el tiempo, irán asumiendo
formas más y más definidas. Pero, en sí mismo
el ámbito de trabajo del análisis económico
ecosistémico es un hecho experiencial-contingente.
Y esto tendrá lugar probablemente mediante un trabajo analítico
práctico. Y allí, por ejemplo, donde el análisis
económico endosistémico intenta encontrar un concepto
lineal que le permita subsumar todo lo natural no-comercial en un
concepto, como el de capital natural, (Costanza y Daily 1997, Ahmad
y otros 1989) con el fin último de poder realizar una cuenta,
un balance periódico de perdidas y ganancias, (United Nations
1993, Ahmad y otros 1989, Kimio Uno y Bartelmus 1998), el análisis
ecosistémico pondrá el acento en los procesos de gestión
de información relacionada con “lo natural” que
se escapa a la frontera de lo mercantil, en el carácter experiencial-contingente
de tales procesos, en las lógicas informacionales racionales
que debiera haber detrás de ellos, etcétera. A diferencia
de una aproximación de sistema cerrado, que incluso se aplica
bajo el prisma de una economía alternativa a la economía
convencional, pretendiendo definir equilibrios óptimos de
utilización de los recursos, o niveles de sostenibilidad
o de insostenibilidad, la economía ecosistémica se
preocupa de la generación de un sistema de información
experiencial-contingente óptimo .
Allí, por ejemplo, donde la economía endosistémica
se preocupa por encontrar la información de validez universal
que le permita establecer instrumentos económico-ambientales
eficientes (Piguou 1933), o sólo eficaces, (Baumol y Oates
1982), para gestionar las relaciones de la economía con la
naturaleza, sobre la base de un pretendido equilibrio óptimo
paretiano, o simplemente normativo instrumental, la economía
ecosistémica se preocupará de definir los procesos
de gestión de información de tal sistema de recursión
ecosistémico de manera funcional al carácter experiencial-contingente
que éste debe tener. No se preocupa tanto de las supuestas
propiedades optimizadoras de tales sistemas de recursión,
ni de hallar el óptimo en su aplicación, sino en el
carácter experiencial-contingente que debe tener ese sistema
para que funcione como un mecanismo de recursión ecosistémico
óptimo.
El mensaje último de la intuición
sistémica
Una vez dicho todo esto, quizás se pueda intentar realizar
una lectura del mensaje último que quiere hacer llegar a
la sociedad actual la intuición que presiona exógenamente
a todo saber científico, para pasar de un enfoque de sistema
cerrado a uno abierto. Como se dijo anteriormente, todo saber científico
es autoreferente, todo lenguaje es autoreferente y del mismo, en
tanto que es siempre eficiente para lo que se ha creado, no se deriva
una justificación para un cambio teórico. El propio
conocimiento científico convencional no va a decir que el
mundo no está constituido por objetos cerrados sobre sí
mismos sino que por sistemas. De él podrán surgir
metáforas, ruidos que terminen por crear una teoría
de sistemas, pero del conocimiento científico convencional
no se deriva una visión sistémica, un modo de pensar
y hacer distinto. Se trata efectivamente de mundos cerrados. Al
mismo tiempo, el lenguaje sistémico constituye, a su modo,
una aproximación analítica de sistema cerrado, donde
el corte de la “realidad” es unilateral, excluyente,
no inclusivo. En primera instancia se trata de una aproximación
de sistema cerrado, de otro modo, pero cerrado. ¿Cómo
interpretar, entonces, la intuición de que una comprensión
de la economía como sistema abierto es mejor que una de sistema
cerrado si no se puede escapar a generar sistemas analíticamente
cerrados? ¿Qué hay detrás del imperativo de
integrar connotaciones distintas como hombre, naturaleza, economía?
¿Qué hay de facto detrás de tal intuición
de abrir? ¿Qué quiere decir? ¿Qué posibilidades
efectivas esconde para el quehacer humano? ¿Dónde
está lo distintivo que propone?.
Estas preguntas no son baladíes, al contrario. Es fundamental
saber qué quiere decir, qué hay detrás. Porque
tal intuición es lo único de que se dispone para generar
algo nuevo, ya que todo lo demás, todo otro conocimiento
sistematizado repite ineluctablemente lo mismo. Y está planteada
una situación, o la reflexión arranca de una situación,
donde lo mismo sabe a infructuoso . Por esta razón es importante
no desvirtuar esa intuición inicial, primigia y valiosa.
Es lo único que puede guiar hacia algo nuevo, distinto. Es
una deriva, un ruido que es preciso encauzar, intentando interpretar,
pero sin desvirtuar su razón nuclear, pues allí está
contenido hologramáticamente un mundo distinto, o la posibilidad
de vislumbrar un mundo distinto.
Es importante encontrar su lógica última, su mundo
último de posibilidad. Sólo en esa medida se habrá
promovido un cambio real. Una vez argumentado como se ha hecho en
este artículo, la única forma posible de entender,
de leer el mensaje inscrito en esa intuición, es que lo que
diferencia, una aproximación de sistema abierto, es que acaba
con la idea de que la razón del mundo, y por tanto, la razón
de los sistemas de conocimiento y del hacer es la determinación.
Su único posible mensaje último es que se debe dejar
de confiar en los determinismos y abocarse a las contingencias.
Su mensaje es que los modelos de hacer óptimo que se derivan
del determinismo no son funcionales, y que al derivar la responsabilidad
del hacer a un conocer atemporal y aespacial se hace dejación
de la responsabilidad de cada parte del sistema (que en última
instancia son los seres humanos) de asumir la contingencia y los
efectos integrales de la misma.
Este es el mensaje profundo que trasmite el llamado de pasar de
un sistema de economía cerrado a uno de economía abierta.
No es un llamado contra lo analítico, ni contra lo antropocéntrico,
pues es un llamado efectuado por seres provistos de lenguajes analíticos
y profundamente antropocéntricos. Interpretarlo así
sería traicionar su razón nuclear y perder un legado.
Es un llamado a cambiar la forma de hacer. Es un llamado a situarse
radicalmente en la contingencia.
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