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Polis, Revista de la Universidad
Bolivariana, Volumen 1, Número 1, 2001
Procesos Educativos en
la Enseñanza Universitaria
Francisco Martínez Salvá
Universidad de Valencia (francisco.a.martinez@uv.es)
* * *
Introducción
Las presentes reflexiones parten de la propuesta que Habermas
(1987) realiza para poder diferenciar las acciones correctas moralmente.
Sus aportaciones sobre el proceso de toma de decisiones nos parecen
válidas no solamente para tener criterios relevantes a la
hora de juzgar la corrección moral de las actuaciones en
el ámbito universitario, sino también para optimizar
los mismos procesos educativos. Por esta razón, el primer
apartado que expondremos a continuación se dedicará
a presentar, brevemente, cómo entendemos que se pueden aplicar
los principios de la acción comunicativa a la situación
educativa universitaria.
El resto del trabajo revisará, desde esta perspectiva, los
principales elementos constitutivos de los procesos educativos universitarios.
Así, planteamos la idoneidad de la participación comunicativa
a la hora de establecer el clima educativo, de seleccionar los objetivos
y contenidos y de diseñar y desarrollar los procedimientos
metodológicos y evaluadores.
1 Acciones comunicativas en la situación educativa
universitaria
La teoría de la acción comunicativa (Habermas, 1987)
describe dos conceptos siempre presentes en la vida humana: la racionalidad
instrumental y la comunicativa. La primera tiene por objetivo el
dominio de la realidad por
parte de los seres humanos para garantizar la autoconservación
del individuo o la sociedad. Según ella, importa el beneficio
individual o social, para lo que se deben aplicar los medios adecuados
a los fines particulares, estableciéndose relaciones sujeto/objeto.
En cambio, la racionalidad comunicativa posee connotaciones que
en última instancia se remontan a la experiencia central
de la capacidad de aunar sin coacciones y de generar consenso que
tiene un habla argumentativa en que diversos participantes superan
la subjetividad inicial de sus respectivos puntos de vista y merced
a una comunidad de convicciones racionalmente motivada se aseguran
a la vez de la unidad del mundo objetivo y de la intersubjetividad
del contexto en que se desarrollan sus vidas (Habermas, 1987, p.
27). Sin embargo, ambos tipos de razones, la instrumental y la comunicativa,
no se deben entender excluyentes sino complementarias en su uso
a fin de desenvolverse adecuadamente en la realidad existente. Sería
peligroso apostar por una sola de ellas, enfatizar la instrumental,
la autoconservación del individuo, conllevaría un
egoísmo particular que tendería a aceptar un mundo
cosificado, no cuestionable, en continua lucha de intereses; mientras
que guiarse solamente por los valores últimos podría
volvernos irresponsables o víctimas de alguna ideología
con riesgo de totalitaria. No obstante, queda a comprobar que, en
última instancia, la razón comunicativa puede mostrar
a la instrumental que también lleva hacia la autoconservación.
A partir de estos planteamientos, trasladados al campo de las
interacciones sociales, Habermas deduce dos tipos de actuación:
la estratégica y la comunicativa. En la primera, las decisiones
son tomadas desde la racionalidad instrumental y el otro se subordina
o se utiliza para conseguir los objetivos personales o los del grupo
propio; en cambio, la acción comunicativa se desarrolla cuando
los planes de acción de los actores implicados no se coordinan
a través de un cálculo egocéntrico de resultados,
sino mediante actos de entendimiento... bajo la condición
de que sus respectivos planes de acción puedan armonizarse
entre sí sobre la base de una definición compartida
de la situación. (Habermas, 1987, p. 367).
Estos planteamientos suponen para Habermas optar por una ética
discursiva o comunicativa que permita hablar no de verdad o falsedad
sino de corrección o incorrección de la cuestión
y que posibilite la argumentación fundamentada adecuadamente.
Y, para ello propone una universalización dialógica:
si por medio del diálogo entre todos los afectados, correctamente
realizado, puede llegarse a un acuerdo o consenso de los intereses
subjetivos es que las voluntades particulares se identifican con
la universal. Constituye, por esto, una ética que no prescribe
contenidos morales concretos sino que, como observamos, solamente
enfatiza el procedimiento utilizado para establecer las normas,
las decisiones.
Así, esta pretensión de desarrollar acciones comunicativas
en la actividad docente universitaria a partir del diálogo
entre las personas afectadas es la que guiará la presente
reflexión, si bien, como hemos dejado entrever anteriormente,
consideramos que siempre quedarán, inevitablemente, espacios
de uso de la racionalidad estratégica por las constatables
limitaciones personales y sociales existentes (condiciones sociolaborales,
creencias/sentimientos limitadores...).
Sin embargo, a la hora de utilizar esta ética procedimental,
sus autores consideran que no puede aplicarse directamente, ya que
se necesita de una adaptación para atender las especificidades
de los diferentes ámbitos de la vida. Para mantener las pretensiones
de corrección moral, nos puede ser interesante la noción
de “igualdad compleja” que propone Walzer (1993) para
reconocer las peculiaridades concretas e iniciar el afrontamiento
de las decisiones en las diferentes “esferas de justicia”.
De esta manera, en el ámbito universitario, se han nombrado
a determinadas personas, en función de su cualificación,
para desempeñar unos cargos que conllevan determinadas responsabilidades
en la toma de decisiones que son diferentes del resto de participantes
del ámbito. Así, podemos imaginar un escenario en
el que combinar las tensiones entre las particulares asignaciones
de derechos y responsabilidades existentes en la institución
universitaria con la competencia comunicativa del resto de participantes
afectados por las decisiones: estudiantes en primera instancia e,
indirectamente, la sociedad en su conjunto.
Nuestras capacidades creativas pueden aportar diferentes propuestas
de desarrollo para afrontar estas tensiones, pero se puede plantear
un mínimo ético que exija la argumentación
de las decisiones tomadas desde intereses “universalizables”.
La universidad no tiene porqué ser un espacio de decisiones
unilaterales sin justificar. Tanto los estudiantes como la sociedad
en general pueden tener criterios propios sobre la calidad de la
formación a recibir y deberían ejercer una presión
que, en otras circunstancias, Habermas describió en términos
de asedio a una fortaleza, que no se pretende conquistar, sino a
la que únicamente se pretende persuadir de que tenga en cuenta
las razones que se aportan (Cortina, 1993, 119). En esta función
hay que resaltar las relevantes e insustituibles funciones que las
diferentes asociaciones pueden desempeñar. Aunque, normalmente,
queda mucho por hacer respecto al asociacionismo. Por tanto, una
vez expuestos los significados fundamentales que asignamos al concepto
comunicativo, pasaremos, a continuación, a aplicarlos a las
principales decisiones que se producen en la práctica universitaria
para valorar tanto sus aportaciones morales como a la calidad de
los procesos construcción de conocimientos.
2 Propuestas de reflexión para un diseño
educativo universitario comunicativo
2.1 Clima relacional
Las relaciones comunicativas no se pueden dar desde la coacción,
necesitan un clima que favorezca la mejor participación y
que producirá, sin duda, estimables sinergias con el proceso
educativo.
Así, entendemos que es necesario considerar que el proceso
educativo universitario comienza con el establecimiento de las primeras
relaciones de la institución con el estudiante, ya que las
características de éstas condicionarán todo
el proceso educativo y, constituyendo, por sí mismas, unos
contenidos de aprendizaje que irán proporcionando una determinada
visión del mundo. Aunque este proceso pueda remontarse en
el tiempo y, efectivamente, se puede argüir que los estudiantes
acceden a la universidad con unas determinadas expectativas y emociones,
podemos empezar a responsabilizarnos del proceso educativo universitario
a partir del momento en que los estudiantes acceden al centro universitario.
Rivas (1993) llamó relaciones funcionales sintagmáticas
a las relaciones que se establecen con las diferentes instancias
institucionales (procesos de orientación, de participación,
servicios, etc.), incluyendo las normas de aula (no mover el mobiliario,
no fumar, etc.). En este primer momento educativo se muestran ciertas
características institucionales que comienzan a marcar la
concepción que el estudiante puede elaborar sobre sí
mismo y sobre el proceso relacional. No predispondrá igual
a la participación y al aprendizaje una institución
que se muestre abierta, sensible, próxima... que si la acogida
ofrecida es más fría, lejana o desinteresada. Las
relaciones con los iguales también constituirán un
elemento más en este proceso. Los compañeros/as de
formación, ¿se mostrarán competitivos/as, individualistas,
cooperadores...?.
Y, finalmente, y con una especial responsabilidad, los profesores
acaban por definir el clima que la universidad ofrece al estudiantado.
Todos estos elementos, en interacción constructiva con el
estudiante, acaban configurando su role como universitario que se
relaciona, que aprende y que enseña.
Rápidamente se consolidan en los estudiantes estilos más
o menos individualistas de relación con los iguales, de mayor
o menor pasividad ante las propuestas del profesor/a, de la institución...
De esta forma, cuando un docente inicia una materia nueva, no inicia,
en cambio, unas nuevas relaciones con los estudiantes. Ha de partir
de esa configuración relacional que ya se ha establecido
previamente y que condiciona de forma significativa el inicio de
la relación.
Sirvan estas observaciones previas simplemente para advertir sobre
la dificultad de ser creído si, en el momento de la presentación
del programa académico, se formulan, sin más, intenciones
de ser comunicativo en el proceso educativo. Las expectativas y
su acomodación a ellas implica que, normalmente, se han de
reconstruir estas relaciones mediante acciones meditadas para ello.
Y, en esta reconstrucción, y para favorecer el acto comunicativo,
nos parece imprescindible reconocer la faceta afectiva de los participantes.
Difícilmente se participará comunicativamente desde
la prepotencia, la indiferencia, el temor o la ansiedad, por ejemplo.
La actuación del docente, y, sobre todo, su lenguaje emocional,
constituye un factor muy influyente en la configuración del
clima afectivo. También el posicionamiento afectivo estudiantil
juega su papel en estas situaciones. El aprendizaje observacional,
vía currículum oculto, transmite continuamente modelos
del mundo que no son razonados explícitamente y que, desgraciadamente,
en bastantes ocasiones, son asimilados acríticamente en perjuicio
de la racionalidad de las relaciones y los aprendizajes.
En cambio, favorecer sentimientos de aceptación por parte
del docente y del resto de participantes ayuda a crear las condiciones
ideales para el discurso comunicativo y para la propia facilitación
del proceso de construcción de conocimientos.
Ejemplo, la petición de candor y confianza que solicitaba
Maturana (1997, p.9): Candor para no anteponer continuamente nuestras
creencias sobre lo que debe ser [...] Si no tenemos candor, nunca
sabremos lo que el autor nos dice, y lo aceptaremos o lo rechazaremos
sin saber qué aceptamos o qué rechazamos. Si no tenemos
confianza en la impecabilidad del autor, estaremos siempre en lucha
con él, no lo oiremos, y aceptaremos o rechazaremos lo que
dice sin saber lo que dice. Efectivamente, la adecuada implicación
emocional aparece, en la literatura especializada actual, como un
factor muy relevante en la calidad de los aprendizajes (mejores
decisiones, mejor comprensión, mejor recuerdo...). Y, estas
sintonías afectivas no se pueden lograr cuando una persona
está desconectada emotivamente del discurso.
El componente afectivo, además, constituye también
una dimensión ética de la relación y del aprendizaje,
por su indudable influencia en valores para la convivencia y en
la conformación de relaciones. Como indica Restrepo (1998,
p.94): ...si queremos educar para la libertad, nada mejor que combinar
el ejercicio de la autoridad con una gran disposición afectiva,
apertura emocional que nada tiene que ver con la inconsistencia
de las normas [...] Es pertinente recordar que lo que nos queda
después de muchos años de formación en la escuela
o la universidad, de convivencias en la calle o la familia, no son
tanto cadenas de argumentos o bloques de información sino
el recuerdo del clima afectivo e interpersonal que pudimos respirar.
De esta manera, es como nos podemos acercar a la creación
de una auténtica comunidad de aprendizaje, donde los componentes
del grupo se sienten completamente integrados en el proceso de construir
conocimientos y de afrontar la incertidumbre con esa atmósfera
de sabiduría que Meacham (1994) reclama para atreverse a
actuar desde una red de seguridad de relaciones interpersonales,
donde las dudas y preguntas se pueden expresar de forma abierta
y las ambigüedades y contradiciones se pueden tolerar sin necesidad
de adoptar posturas defensivas de saber con demasiada confianza
o de dudar excesivamente y caer en el escepticismo paralizante.
2.2 Objetivos
La determinación de las intenciones educativas es un momento
muy importante para la planificación y desarrollo del proceso
educativo. En él confluyen diferentes intereses cuya conjunción
puede otorgar mayor o menor corrección moral a este desarrollo.
Recordando los condicionantes personales y sociales existentes,
no por ello podemos dejar de reconocer que, en ocasiones, pueden
surgir casos de excesiva preponderancia de los intereses personales,
por parte de cualquiera de los actores presentes. Mínimos
de racionalidad comunicativa nos parecen imprescindibles y, en estos
momentos, es cuando conviene reafirmar los objetivos de la docencia
universitaria referidos a la formación inicial de profesionales
competentes para su ejercicio profesional y relegar las querencias
de subordinar la docencia a otros intereses, como la investigación,
por ejemplo, o, en el caso de los estudiantes, de primar la obtención
de un título por encima de cualquier otra consideración.
Así, a la hora de tomar decisiones sobre las metas del proceso
educativo universitario hemos de tener muy presente los amplios
sectores poblacionales no relacionados directamente con esta situación
educativa pero sí afectados por ella: la sociedad en su conjunto
que será atendida por los nuevos profesionales.
En este momento es interesante recordar como el principio de la
universalización habermasiano obliga que para que una norma
sea aceptada como moral exprese una voluntad universal satisfaciendo
la condición de que las consecuencias y subconsecuencias,
que resulten previsiblemente de su seguimiento universal para satisfacer
los intereses de cada individuo, puedan ser aceptadas sin coacción
por todos los afectados. Es decir, nos parece necesario un ejercicio
de imaginación y de empatía, tanto por parte de profesorado
como de estudiantado, para considerar a las personas ausentes pero
que pueden recibir consecuencias negativas de una formación
realizada desde intereses particulares. Refiriéndonos ahora
a posibles criterios para la selección de objetivos, simplemente
recordaremos dos de ellos que creemos que pueden representar intereses
de estudiantes y de la sociedad en su conjunto a considerar de cara
al consenso comunicativo: los objetivos relativos a la contextualización
sociocultural de la práctica profesional, ante la que no
consideramos posible la neutralidad, y los centrados en el desarrollo
integral de las personas, tanto en sus aspectos más cognitivos
(aprender a aprender), como en las dimensiones socioafectivas, que,
sin duda, también estarán presentes en el ejercicio
de la profesión. La experiencia y formación del profesorado
resulta fundamental para una buena selección de objetivos,
y, como mínimo, de acuerdo con las exigencias comunicativas
indicadas inicialmente, se deberían explicitar y razonar
dialógicamente los criterios utilizados para esta selección.
Aspecto que, en algunas universidades, forma parte de la encuesta
de evaluación de la calidad de la docencia que realizan los
estudiantes. En este sentido, estamos convencidos de que cuando
profesores y estudiantes se implican conjuntamente con los objetivos
educativos la motivación necesaria para un mejor aprendizaje
resulta más profunda.
2.3 Contenidos
La limitación de tiempo de las asignaturas implica afrontar
el problema de la selección de los contenidos. Sobre este
aspecto querríamos destacar una serie de consideraciones
complementarias a los criterios más obvios utilizados habitualmente
(la adecuación al desempeño profesional, su actualidad,
etc.) para, así, ir perfilando decisiones que puedan ser
más comunicativas.
En primer lugar, es bastante relevante para nuestro discurso comunicativo
la necesidad de considerar la dimensión cognitiva de los
estudiantes, lo que implica facilitar la conexión de los
contenidos objeto de estudio con sus conocimientos previos. Ellos
poseen unas estructuras cognitivas respecto a la
realidad que proporcionan unas características bien diferentes
a las de la metáfora de la “tábula rasa”.
De esta manera, se ha contar en esta selección con las propiedades
facilitadoras (aprendizajes significativos) y dificultadoras (persistencia,
distractoras en los procesos perceptivos...) que emergen de estas
estructuras. Este aspecto puede ser central para establecer la acción
comunicativa y, también, para la función académica.
En este sentido, nos parece fundamental la contextualización
de los conocimientos objeto de estudio, lo que puede facilitar el
entendimiento para el consenso y el aprendizaje al percibirse la
conexión de la disciplina con realidades que resulten mínimamente
conocidas por los estudiantes.
Un aspecto a considerar también en la tarea de selección
de contenidos, se refiere al posicionamiento sobre la transdisciplinariedad.
Desde el momento en que entendemos la realidad interconectada también
hemos de observar las confluencias que entre diferentes disciplinas
se producen. Actualmente, que la especialización disciplinaria
ha profundizado tanto en su diferenciación entre saberes,
nos encontramos, paradójicamente, con nuevas necesidades
transdisciplinares que, en ocasiones, es necesario tener en cuenta
en los procesos formativos para alcanzar los objetivos disciplinares
propuestos. Incluso podemos pensar en las responsabilidades implícitas
en unos aprendizajes disciplinares que ignoren las consecuencias
que puedan generar los contenidos adquiridos por desconocimiento
de otras materias.
Finalmente, para realizar una buena selección de contenidos,
también hemos de tener en cuenta la estructura epistemológica
de ésta. No todos los conceptos o principios tienen el mismo
grado de inclusividad, o generalidad, ni ocupan nodos igualmente
de centrales para la comprensión de la disciplina. Disponer
de estos conocimientos resulta esencial para saber elegir entre
incontables conocimientos. En relación con estas estructuras,
pero fijándonos ahora en el proceso de aprendizaje del estudiante,
también podemos observar como para él, resulta más
sencillo comprender y retener simples datos que el cambio de perspectivas
más amplias o paradigmas del mundo. Así creemos que
el esfuerzo docente se ha de centrar en esos últimos contenidos,
nucleares en la disciplina y en la concepción de la realidad
del estudiante, y dejar para los aspectos más descriptivos
(y en muchas ocasiones acaparadores de recursos cognitivos) un lugar
subordinado a los planteamientos anteriores. Por todo ello, resulta
tan necesario conocer bien la disciplina como las visiones que están
detrás de la comprensión y acción humana. Los
contenidos así seleccionados pueden constituir, por ello,
criterios básicos evaluadores para establecer el grado de
dominio mínimo que debe alcanzarse en la formación
inicial del profesional.
2.4 Metodologías
Las decisiones sobre los medios utilizados para la construcción
de los aprendizajes suponen un espacio más frecuente de participación
estudiantil. De hecho, prácticamente todos los docentes demandan
la confirmación o no del aprendizaje de los contenidos estudiados.
Sin embargo, estas prácticas no tienen porqué ser
suficientemente comunicativas, en el sentido habermasiano que le
otorgamos. La accesibilidad del profesorado para adaptar su iniciativa
metodológica no siempre parece suficiente e, igualmente,
los intereses estudiantiles también parecen dirigidos, en
bastantes ocasiones, hacia otros objetivos. Sin embargo, la calidad
de los aprendizajes depende, en gran parte, de la sintonía
que los métodos educativos puedan crear entre profesores,
estudiantes y contenidos.
Al reflexionar sobre cómo considerar lo más plenamente
posible a los estudiantes para así favorecer las relaciones
comunicativas y el aprendizaje encontramos bastante interesante
la opción del aprendizaje cooperativo. Sus principios pueden
aprovechar algunas de las principales aportaciones de los métodos
expositivos y de aprendizaje por descubrimiento.
De los métodos expositivos destacamos el valor de las introducciones
que anticipan los conceptos estructurantes básicos del trabajo
a realizar posteriormente, de la explicitación de las relaciones
existentes en los diferentes conceptos y las técnicas comparativas
entre diferentes teorías explicativas de la realidad (véase,
por ejemplo, Pozo, 1987). Y de los métodos de aprendizaje
por descubrimiento valoramos su gran potencial para el desarrollo
de los procedimientos de generación y validación de
conocimientos. Sin embargo, para nosotros, ambos métodos
presentan diversos problemas utilizados separadamente. Del método
expositivo destacamos el frecuentemente escaso espacio dedicado
a la exploración creativa y crítica de los conocimientos,
aspecto relevante cuando admitimos la complejidad de los conocimientos
(falibilidad, subjetividad, relatividad...). La capacidad de procesamiento
resulta muy limitada para estudiar la complejidad de la realidad
cuando el discurso expositivo es excesivo; las buenas construcciones
cognitivas exigen un consciente estudio de cada aspecto tratado,
realizado, también, desde las dimensiones procedimentales,
afectivas y sociales.
Por otra parte, los métodos de aprendizaje por descubrimiento,
creemos que exigen excesivo tiempo para descubrir autónomamente
todos los contenidos que han de estudiarse (a menos que se trate
de una simple técnica de presentación “indirecta”
de los contenidos de aprendizaje), infravalorándose, en ocasiones,
el potencial de la comunicación humana. Eso sí, nos
parecen muy apropiados ante contenidos controvertidos, especialmente
cuando se plantean nuevas perspectivas de la realidad que implican
las propias vivencias del sujeto, y también nos parece necesario
utilizarlo con periodicidad para desarrollar las potencialidades
de los estudiantes (pensamiento crítico, aprender a aprender,
manejo de la incertidumbre...).
La investigación existente parece mostrar diferentes ventajas
de los métodos de aprendizaje cooperativo sobre los métodos
individualistas o competitivos, también en la enseñanza
universitaria: en función de la calidad del aprendizaje,
de la motivación hacia el estudio, de su capacidad para la
integración social, de las actitudes hacia los compañeros
y profesores, etc. Concretamente, nuestra experiencia se basa en
la técnica “puzzle” de Aronson (Serrano 1996),
pero bastantes principios del aprendizaje cooperativo también
pueden incorporarse a otras metodologías como, por ejemplo,
a las simulaciones o a la investigación-acción-participativa.
Mediante esta metodología se puede presentar a los estudiantes
situaciones profesionales en las cuales deben considerar los principios
teóricos de estudio y apreciar su sentido en la situación
práctica. La fuerte interdependencia que provoca la organización
de los grupos puzzle, donde cada miembro se responsabiliza de una
parte del contenido que es necesaria para la resolución del
problema práctico planteado, lleva a importantes grados de
participación estudiantil y a aprovechar sus importantes
recursos. Las acciones y entendimientos se negocian posteriormente
en grupos de “expertos” que ejercen un importante trabajo
en las zonas de desarrollo próximo que no siempre son suficientemente
exploradas en la interacción estudiante-profesor/a. Finalmente,
la colaboración de los diferentes miembros “expertos”
en sus grupos puzzle originales permite la aportación necesaria
para responder a las tareas. La mediación del profesor-a
se realiza a lo largo de todo el trabajo de diferentes maneras:
inicialmente debe presentar adecuadamente la situación problemática
y bien organizada para el desarrollo de las diferentes tareas estudiantiles,
su labor mediadora se desarrolla también desde los apuntes
o la selección de textos de consulta pertinentes y desde
los “andamiajes” necesarios para la conexión
de las cuestiones problemáticas con el contenido teórico;
el asesoramiento continuo y la revisión de las respuestas
ofrecidas por los estudiantes constituyen la necesaria evaluación
formativa del proceso que permite terminar de ajustar la ayuda formativa
a las características de los participantes.
La metodología no cierra las puertas, sino todo lo contrario,
a la presencia en el aula de otros expertos o implicados en la temática
estudiada o a la asistencia a eventos relacionados.
2.5 Evaluación
La consideración de la acción comunicativa también
tiene máximo sentido en el momento evaluador. Creemos que
las diferentes decisiones que se han de tomar a respecto (tipos
de pruebas, puntos de corte, calificaciones, productos y procesos
a evaluar, etc.) se pueden razonar y decidir conjuntamente con los
criterios anteriormente enunciados (igualdad compleja, responsabilidad
social, argumentación comunicativa...). Incluso la revisión
y puntuación de las pruebas pueden constituir un ejercicio
comunicativo que escape de la, a veces, unilateral valoración
del profesor.
En este sentido, también cabe observar que la evaluación
representa para muchos la síntesis de funciones selectivas
y de control social, entre otros aspectos igualmente criticables
propios de la racionalidad instrumental (véase, por ejemplo,
Díaz Barriga, 1994). Tanto es así, que en algunos
sectores docentes universitarios se decide no utilizar los clásicos
exámenes para evitar estas posibilidades, aunque, no sea,
ni con mucho, una posición mayoritaria. A nuestro entender,
la intención comunicativa puede realizar sustanciosas aportaciones
para evitar los riesgos antes indicados y otros que entendemos que
pueden surgir derivados de la supresión de pruebas individuales
de control del aprendizaje.
Para nosotros, además de la importancia de la evaluación
inicial y de la formativa, la constatación del aprendizaje
logrado por cada estudiante mediante pruebas individuales finales
resulta imprescindible para comprobar si, tras el proceso educativo,
el estudiante asimiló y pudo alcanzar autonomía en
el uso de los aprendizajes. Y creemos que se puede defender su uso
si se plantean comunicativamente, aunque no dejamos de reconocer
puntos débiles a contrarrestar (ansiedad de prueba, posible
condicionamiento del estudio...). Sin embargo creemos que algunas
de las características de un buen aprendizaje no las podemos
evidenciar cuando utilizamos otros tipos de procedimientos y técnicas
evaluadoras. Pensamos en las enunciadas por Piolat: procesos de
adquisición de conocimientos; intencionales y finalizados,
es decir, responden a unos objetivos educativos; tienen lugar durante
un período de tiempo relativamente largo; provocan efectos
durables en las personas e implican reestructuraciones importantes
del comportamiento (Coll, 1992). Igualmente, para justificar la
necesidad del control en este tipo de pruebas nos parece oportuno
recordar la frecuencia con que se realizan las acciones estratégicas.
Estas consideraciones las mantenemos incluso para los grupos de
asignaturas de naturaleza “práctica”, sumándonos,
así, a las tesis de quienes no consideran la realización
de un trabajo práctico como la única prueba pertinente
para evaluar en este tipo de módulos educativos y utilizan
las pruebas escritas u orales.
No obstante, los posicionamientos anteriores no significan que
consideremos ese tipo de pruebas como las únicas o las más
pertinentes en todas las ocasiones. El tipo de contenidos puede
demandar otras técnicas y, además, también
nos parecen imprescindibles las pruebas colectivas. Ellas reflejan
los múltiples procesos sociales existentes en los que nos
apoyamos mutuamente, al tiempo que en el uso de diferentes mediadores
y bienes culturales, para afrontar las diversas situaciones que
se nos presentan cotidianamente. Los exámenes en grupos cooperativos,
o los trabajos de investigación cooperativos pueden constituir,
así, una parte tan importante del proceso evaluador como
la parte individual.
Estamos convencidos que prácticas como las descritas pueden
permitir que la evaluación no se perciba como un momento
separado de todo el proceso educativo sino como una actividad integrada
en el proceso de construcción de conocimientos y necesaria
para legitimar social y moralmente las decisiones sobre el aprendizaje
conseguido y las calificaciones de los estudiantes.
Conclusiones
A lo largo del trabajo se ha tratado de reflejar cómo la
perspectiva comunicativa está presente en los procesos educativos
universitarios y por qué creemos que puede constituir un
buen referente para mejorar tanto la eficacia como la corrección
moral de éstos. No obstante, hay que reconocer que constituyen
una serie de prescripciones procedimentales que exigen profundas
transformaciones personales y sociales para que se produzca, al
menos, la aceptación de los otros en su competencia comunicativa.
Sin embargo, las conclusiones, en función de los principios
expuestos en los apartados anteriores, no pueden ser más
que provisionales y particulares, en espera de que se puedan reformular,
validar y ampliar desde la comunidad científica, educativa
y social. Práctica que esperamos que sea lo más comunicativa
posible.
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