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De Internet, la Sociedad Red y la Política. La Emergencia de la Gobernabilidad Digital* José Ignacio Porras Martínez** Desde hace apenas un lustro somos testigos de cambios de naturaleza revolucionaria. Una revolución provocada por la acelerada penetración de la red de redes, el internet, en las más variadas esferas de nuestra vida privada y social. En un nuevo escenario que es capaz de funcionar en unidad de tiempo real y a escala global, la forma en que nos relacionamos con nuestros pares, hacemos negocios o tomamos parte en la actividad política es drásticamente transformada. Somos actores activos, tal y como de forma reiterada se nos recuerda en los principales foros planetarios o nacionales, de un punto de quiebre en la historia que marca la gestación de un nuevo modelo de sociedad, la llamada "Sociedad de la Información". Pero hasta ahora, ¿qué realmente sabemos de todo este proceso?. Lo cierto es que siendo optimistas, sólo se puede decir que bien poco. Del "Continente Invisible", la atinada metáfora utilizada por Kenichi Ohmae para hablarnos del nuevo espacio virtual, apenas hemos sido capaces de explorar aquellas partes que son más próximas a nuestra realidad no virtual. Y en esta situación, cuando estamos ante un fenómeno de gran relevancia social, cultural, política y económica con un escaso nivel de conocimiento, las condiciones están dadas para que el debate público sea dominado por todo tipo de mitos y proyecciones exageradas. Por un lado, los "Cyberoptimistas" ven en el internet la panacea que permitirá aliviar todos nuestros males actuales y conducirnos a una sociedad en el que la vida sea mucho más placentera para todos. Los "Cyberpesimistas", por el contrario, creen que el internet puede ser la caja de pandora que no sólo nos lleve a agravar los problemas y diferencias ya existentes, sino que desate otro tipo de nuevos males. Una actitud más reflexiva nos debe alejar del determinismo que destilan ambas posturas y pasar a considerar el cambio tecnológico como parte inherente de los cambios generales que se producen en la sociedad. Desde este enfoque, nuestro argumento se entrelaza con las tesis de Manuel Castells y nos lleva a considerar que el proceso de desarrollo, difusión y consolidación del internet y el resto de tecnologías digitales se encuentra estrechamente ligado a las transformaciones en el paradigma organizacional que se produce desde la década de los sesenta en el ámbito de la economía, la vida privada o la política. Todos ellos cambios estan dando forma a lo que el pensador catalán llama la "Sociedad Red" . En esta línea de reflexión, nuestro objetivo es abordar de forma introductoria la compleja interacción que se está produciendo entre el internet y los cambios en la gobernabilidad de las sociedades. En principio, el internet aparece como una instrumento con un gran potencial para fortalecer el desempeño y legitimidad de los gobiernos y actores que toman parte en el proceso político acelerando los ciclos "input-output" con la ciudadanía, mejorando la calidad, gama y accesibilidad de las respuestas y haciendo posible una mayor participación de los ciudadanos en los procesos de decisión política. Sin embargo, lo que se puede observar es que hasta el momento, y salvo algunas excepciones, las posibilidades de internet como herramienta de gobierno sigue siendo un gran desconocido para la mayoría de la clase política y los burócratas. Frente a esta situación, las cuestiones que emergen son, principalmente ¿de qué forma y en qué medida se está produciendo el proceso de incorporación del internet a la gobernabilidad de los países?, ¿cuáles son los factores que promueven o inhiben este proceso? y finalmente, ¿cómo seguir avanzando?. En la búsqueda de respuestas a estas preguntas, nuestro primer punto será establecer un marco general de lo que es la Sociedad Red abordando sus implicaciones en dos ámbitos concretos, la empresa y los mecanismos de sociabilidad de los individuos. En el segundo apartado nuestro interés en esbozar los rasgos que a lo largo de la historia han ido definiendo las transformaciones que en la actualidad se están produciendo en la gobernabilidad de las sociedades. Posteriormente, ya abordaremos propiamente la interacción entre el internet y la gobernabilidad desde diferentes vertientes. En este apartado proponemos una tipología para ordenar los enfoques en que se esta produciendo el desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Ya en la etapa conclusiva, formularemos una agenda para el futuro. La Sociedad de la Información, la Sociedad en Red La Sociedad Red viene definida por su contraposición a la Sociedad Industrial. Si esta última basa la coordinación básica entre sus diferentes procesos y actores que la integran a partir de los principios de integración jerárquica y centralizada de sus componentes, la división mecanicista basada en la especialización funcional o la supeditación a las reglas, en la Sociedad Red se enfatiza la horizontalidad, la descentralización y autonomía de las partes, su versatilidad funcional y la ausencia de normas formales que restrinjan el funcionamiento de las organizaciones. Por otro lado, mientras que los valores centrales que inspira la Sociedad Industrial son, principalmente, la inhibición de la innovación y de la asunción de riesgos y la consideración del sostenimiento de las organizaciones como un fin en sí mismo, en la Sociedad Red son la percepción de interdependencia entre las partes, la libre asociación, así como la adaptabilidad al cambio. Lo que a su vez se traduce en la necesidad de desarrollar la habilidad de conseguir consensuar acciones en un escenario de múltiples actores en el que ninguno puede forzar a los otros a cooperar. Asimismo, en la necesidad de desarrollar las capacidades para moverse en escenarios inciertos, haciéndose preciso el aprendizaje constante y la gestión del riesgo. El proceso de gestación de la Sociedad Red se encuentra desde el principio estrechamente ligada a las tecnologías digitales y, en particular, al internet. De hecho, muy bien podría argumentarse que el paradigma organizacional que fue modelando el proceso de interacción reiterativa entre aquellos actores, intereses y recursos involucrados en el desarrollo y difusión de internet puede ser considerado como un modelo pionero de la Sociedad Red. Como es bien conocido, el internet tiene su origen en un programa de investigación financiado por el US Defence Department que tenía como finalidad asegurar las comunicaciones entre los distintos centros operativos militares en caso de guerra nuclear. Pero al poco tiempo el interés de los militares por internet, mejor dicho su antepasado Arpanet, se fue desvaneciendo y no tardo en ser aprovechado por los científicos que habían recibido los fondos del programa de investigación para abrir una red de comunicaciones directa y permanente entre ellos y, progresivamente, con el resto de centros de investigación universitarios. En manos del mundo universitario, el internet se desarrolla como una arquitectura horizontal, abierta, de libre acceso que se gestiona de forma informal. Una arquitectura, por otro lado, que no tarda en transcender las fronteras estadounidenses y expandirse hacia otros países gestando nuevas formas de cooperación universitaria. Ya en los ochenta, el internet empieza a transcender el ámbito universitario al momento en que empieza a suscitar el interés de actores tan disimiles como los empresarios y los grupos. Las expectativas de nuevas ganancias para los primeros y de búsqueda espacios autónomos para su acción en los segundos son las bases no sólo para desarrollar nuevas dimensiones aún no exploradas de las potencialidades de internet, sino, principalmente, para acabar impulsando el salto definitivo entre internet y la sociedad. En suma, fue esta particular combinación de interés tan diversos que van del US. Defence Department a los movimientos contraculturales, la primacía de los mecanismos de coordinación horizontal, informales y de libre asociación o las posibilidades de autogestión de las partes fueron los rasgos que definieron el proceso de desarrollo y difusión de internet y también que definen la Sociedad Red. El proceso por el cuál se difunde y arraiga el paradigma de la Sociedad Red no es lineal, sino discontinuo penetrando en los distintos ámbitos sociales y territoriales de forma desigual y a ritmo variable. Se trata de una transformación extraordinariamente difícil porque implica cambios radicales no sólo en la forma como se organizan las personas, sino también en sus modelos mentales. Una transformación que avanza a partir de las adaptaciones marginales que son el resultado de la pugna entre aquellos que en función de su percepción subjetiva sobre los beneficios resultantes promueven los cambios y aquellos que se perciben como perdedores y se oponen, así como de la configuración institucional o conjunta de normas formales e informales que estructuran las acciones de los actores individuales y colectivos de cada sociedad. El paradigma de la red se difunde en el mundo empresarial en el momento en que las transformaciones que se producen en el escenario económico evidencian la obsolescencia del llamado modelo "fordista" de organización empresarial propio de la Sociedad Industrial. La gran empresa estructurada según los principios de integración vertical y la división social y técnica institucionalizada resultaba eficaz en un mercado en el que la demanda era predecible y homogénea. Pero en el momento en que las nuevas condiciones de la economía hace que la demanda se vuelva impredecible en cantidad y calidad, la principal virtud de la empresa fordista, su eficacia para la producción en serie, pasa a convertirse en su principal defecto al revelarse excesivamente costoso y rígido para las nuevas condiciones de funcionamiento del mercado. Ante la constancia de la erosión en sus márgenes de beneficios que esta situación genera, los empresarios empiezan a impulsar cambios con los que acomodar sus empresas a las nuevas circunstancias. El sistema de producción en serie es progresivamente sustituido por un sistema de producción flexible, fundamentado en la conversión de las empresas en redes configuradas por múltiples componentes autónomos que se relacionan con la entidad matriz a través de vínculos horizontales. Lo que no acontece sin la resistencia de gran parte de los mandos intermedios y trabajadores que tienen grandes dificultades para adaptarse a la nueva organización y perciben en los cambios el origen de inciertas perspectivas para su posición al interior de las empresas. La principal virtud del nuevo modelo es que permite una sensible mejora de la competitividad al, entre otros, ejercer un eficaz control sobre el sistema de suministros, permitir establecer controles de "calidad total", hacer posible un mayor grado de integración de todas las partes de la empresa en su gerencia,... La inercia de los cambios al interior de las empresas en su configuración como redes lleva a su entrelazamiento con otras "Empresa-Red". Las PYMES se agrupan en redes multidireccionales y multifuncionales aprovechando la que es su principal virtud frente a las grandes empresas, su gran sensibilidad y adaptabilidad a las variaciones del mercado. Las grandes empresas también han empezado a vincularse bajo nuevos parámetros en lo que se identifica como Alianzas Estratégicas. A diferencia de lo que eran los antiguos esquemas de fusión de las empresas, como los cárteles y otros acuerdos oligopólicos, estas alianzas comprometen exclusivamente en la consecución de unos objetivos específicos, no involucrando la competencia en otros ámbitos. La Empresa-Red, tal y como hoy la conocemos, es el resultado de la convergencia de los cambios organizacionales descritos y la asimilación del internet y el resto de las tecnologías digitales. Las limitaciones espaciales y temporales han sido bruscamente alteradas, permitiendo que las distancias que separan los distintos componentes de las empresas empiezan a ser una preocupación marginal al no arriesgar su unicidad operativa o el aumento de costos de transacción. Pero más relevante aún es que las empresas que funcionan con y a través de internet han sido las que han dado forma a la llamada Nueva Economía. Cabe recordar que a pesar del énfasis que parece querer darse al comercio electrónico (B2C), casi el 80% de las transacciones comerciales que actualmente se producen en la red corresponden a intercambios entre empresas (B2B).
De todos los cambios a los que nos estamos refiriendo, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida privada. Desde los sesenta hay en marcha una transformación radical sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos y, a partir de ahí, como formamos lazos y relaciones con los demás. Hasta hace poco tiempo, en la sociología se mantuvo abierto el debate entre la existencia de una covariación sistemática entre espacio y cultura. En la década de los sesenta y setenta parecía prevalecer entre los sociólogos la creencia de que el crecimiento de las urbes llevaba ineludiblemente a la atomización e individualización de las sociedades al provocar que las personas fueran perdiendo su identidad comunitaria. Ya en los ochenta este argumento paso a ser rebatido ante la constatación empírica de que el sentimiento de pertenencia comunal aparece indistintamente en el pueblo, la ciudad o los suburbios residenciales. Las evidencias sobre el impacto que tiene internet están dando lugar a un nuevo debate al obviar el elemento espacial como parte del soporte comunitario de los individuos. El estudio pionero de Barry Wellman da cuenta de la aparición de un nuevo tipo de sociabilidad al interior de las llamadas comunidades virtuales que responden a una lógica diferente a la que se da en las comunidades no virtuales. Un proceso de socialización basado en una multiplicidad de lazos débiles que se forman desde la libre asociación alrededor de intereses o afinidades específicas. Estas comunidades virtuales tienen, en opinión de Amatai Etzioni, un amplio potencial para complementar, fortalecer y, por tanto, preservar las comunidades existentes en la realidad virtual. Por el contrario, para Robert Putnam su valor es marginal ya que al no implicar el contacto personal excluye los mecanismos a través de los cuales se genera las redes de confianza entre los individuos. Otro de los aportes del trabajo de Barry Wellman y que da sostén el argumento central de esta documento es que el internet no ha modificado los comportamientos individuales. Esto es, aquellas personas que presentaban mayores grados de sociabilidad en la realidad no virtual son también los que presentan mayores niveles de sociabilidad en la red y viceversa. Una prueba que desmiente las visiones que ven en internet un elemento que agudiza el aislamiento o la alienación de los individuos en las sociedades modernas y vuelven a revelar su condición instrumental.
La crisis del Estado-Nación y la emergencia de una Nueva Politeya En un momento histórico en que asistimos a virajes impredecibles, la ya de por sí complicada gobernabilidad de las sociedades enfrenta escenarios cada vez más inciertos. Unos escenarios en el que la concepción centrípeta del poder concebida dentro de la lógica del pensamiento racionalista constructivista y articulada en torno al Estado moderno muestra cada vez con mayores signos de atrofia. Todavía se carece de un amplio consenso alrededor del término gobernabilidad dada la proliferación de usos y abusos que ha traido consigo su alta acepción ideológica. Por este motivo, resulta oportuno partir dotarnos de un instrumento conceptual sobre el que basar nuestra argumentación. Un instrumento conceptual que toma forma desde la teoría sobre la sociedad civil de Víctor Pérez – Díaz. Nuestro concepto es un tipo ideal, en el sentido weberiano, y relativamente complejo que nos permite integrar a los distintos componentes institucionales que toman parte en los procesos de gobernabilidad de las sociedades, proceder a explorar las relaciones que mantienen entre ellos y explicar los supuestos y las condiciones bajo las cuáles es probable que se aproxime al tipo ideal, o se aleje de él. El Estado, el primer componente de este orden socio-político, es concebido como un ente artificial surgido a partir del acto voluntarista de los miembros de una determinada sociedad, los cuáles aceptan imponerse límites a su libertad particular en aras de alcanzar un beneficio común. Un beneficio que viene dado por la posibilidad de dotarse de la capacidad para preservar los órdenes de coordinación espontánea que formados a partir de la acción e interacción de numerosos agentes se dan en una variedad de dominios de acción. En otras palabras, el Estado garantizará el sometimiento de los agentes que toman parte en los distintos órdenes al estado de derecho o conjunto de reglas de convivencia de carácter abstracto y universal, que se aplican a todos, independientemente de su condición particular. Pero además de preservar, el Estado también tiene como fin fomentar los órdenes de coordinación espontánea de la sociedad para asegurar la dimensión positiva de la libertad de los individuos o igualdad en cuanto a oportunidades sociales. Esta condición híbrida y compleja del Estado, en tanto que garante y a la vez promotor de los órdenes de coordinación de la sociedad, nos lleva a considerarlo, tal y como argumenta Oakeshott, como un ente con un carácter híbrido y complejo al aglutinar dos caracteres ideales primarios: una asociación con el carácter de "asociación civil" y una asociación con el carácter de "asociación como empresa". Una asociación civil es una asociación sin propósito propio y cuya razón de ser es el aseguramiento de reglas que cada cuál está obligado a respetar mientras persigue sus propios fines. Una asociación como empresa, por el contrario, tiene objetivos propios y requiere que sus miembros contribuyan a alcanzarlos. Los órdenes de coordinación espontánea en cada sociedad a los que nos referimos son, principalmente, tres. Una esfera de mercados económicos, con múltiples agentes que disponen con amplios niveles de libertad de sus recursos, otra de sociedad civil formada con múltiples asociaciones voluntarias empeñadas en las actuaciones más diversas y, finalmente, una esfera de debate público o esfera pública en la que los ciudadanos debaten temas de interés común y en el que en un proceso interactivo recurrente toman forma los valores cívicos que guían su conducta. El desempeño positivo y sostenible de cada uno de los órdenes mencionado depende de los otros, ya que su funcionamiento se encuentra entrelazado y tienden a reforzarse recíprocamente. A estos componentes, cabe añadir otros dos de un carácter distinto. Por un lado, un soporte comunitario formado en torno a toda una serie de elementos que le otorgan a los componentes de esa sociedad un sentimiento de identidad colectiva y que promueve su integración y cohesión. Por otro lado, la pertenencia a un determinado contexto internacional. Las sociedades no son autárquicas, sino que su existencia y funcionamiento de estas sociedades se encuentra entrelazadas con el resto de las sociedades. Al contrastar nuestro tipo ideal con la evidencia histórica, resulta ostensible que las distorsiones han sido mucho más frecuentes que su contrario. Unas distorsiones cuyo origen puede encontrarse en los problemas para acomodar a los dos caracteres ideales identificados por Oakeshott en el Estado moderno. Ya durante el siglo XIX, las formas políticas y sociales de los países europeos sólo se correspondían de una forma muy modesta a nuestro tipo ideal. Los Estados, en los que predominaban los rasgos autocráticos propios del Antiguo Régimen, iban de la mano de configuraciones afines en los órdenes de coordinación tales como el desarrollo insuficiente de los mercados abiertos, el carácter oligárquico-clientelístico de sus asociaciones y una esfera pública dominada por sistemas credenciales dogmáticos. Rasgos todos ellos que se presentan de una forma mucho más acentuada en las sociedades del centro y el sur de Europa. Por su parte, la gobernabilidad de las sociedades latinoamericanas presenta patologías particulares debido a la convergencia del legado de la institucionalidad colonial y el impacto de las guerras de independencia. A partir del segundo tercio del siglo XX se data la expansión y consolidación de un nuevo modelo de gobernabilidad que se caracteriza por otorgar un claro sesgo hacia la concepción del Estado como "asociación empresa". Entre sus diferentes versiones, la más avanzada es aquella en el que la gobernabilidad se articular alrededor del llamado "Estado de Bienestar" y que se da en aquellos países que tras la 2º Guerra Mundial combinan economías de mercado y regímenes políticos basados en la democracia pluralista. De hecho, la plena vertebración del "Estado de Bienestar" sólo puede considerarse en relación a la pretensión de garantizar la acumulación capitalista con el intento de mantener la paz social a partir de la concreción de un conjunto de derechos sociales. Con este fin, el Estado pasa a tener un papel preponderante en la organización de los mercados, mediante políticas de corte keynesiano, y en la organización socio-política, pasando a incorporar de forma selectiva a los entes de representación de la ciudadanía a la estructura decisional estatal. Ambos procesos se complementan con el papel protagónico que ejerce el Estado en la esfera pública en base al control que tiene sobre los medios de comunicación de masas. El nuevo rol interventor que asume el Estado también trae consigo cambios al interior de su estructura. En todos las sociedades, incluso en aquellos con regímenes parlamentarios, el poder ejecutivo se fortalece en detrimento, principalmente, del legislativo y, en general, del resto de poderes del Estado. El fortalecimiento del órgano ejecutivo va acompañado de la expansión de su aparato burocrático amparado en una concepción de la supremacía de la racionalidad técnica sobre la racionalidad política. La construcción y expansión del Estado de Bienestar no fue ajeno a la existencia de un soporte comunitario relativamente homogéneo en el que los elementos identitarios nacionales se entrelazaban con la propia legitimación del Estado y un orden internacional en el que el clima bélico generado por la Guerra Fría estimulaba la dimensión del Estado como "asociación como empresa". Durante este período, la gobernabilidad de las sociedades latinoamericanas se organiza en torno a lo que Cavarozzi llama "matriz estadocéntrica". Se trataba de un modelo en el que la dimensión del Estado como "asociación empresa" en sus relaciones con los distintos órdenes sociales era mucho más acentuado que en el "Estado de Bienestar" amparado en su supuesta capacidad para cumplir el fin teleológico de conducir a las sociedades hacia el desarrollo y la modernidad. El "Estado de Bienestar" y su versión en América Latina, el "Estado Desarrollista", contó durante varias décadas con amplios apoyos procedentes de todos los espectros políticos por la capacidad que demostraba para promover el desarrollo económico, así como la estabilidad política y social. De hecho, las primeras críticas que recibió por parte de Friederich von Hayek tuvieron una difusión muy marginal y no pasaron de ser considerados como argumentos muy excéntricos. Pero todo empezó a cambiar súbitamente a principios de los setenta cuando a ojos de la ciudadanía el Estado apareció desbordado para dar respuesta a los cambios económicos, políticos y sociales que se estaban produciendo. En los mercados, la decisión estadounidense de no mantener la convertibilidad de su moneda en oro y, principalmente, la crisis energética de 1973 provocaron serias turbulencias que terminaron manifestándose en el crecimiento simultáneo del paro y la inflación. Asimismo, esta situación radicalmente nueva, la "stagflation", desarmaba la teoría económica keynesiana como marco desde el que ofrecer una respuesta a la crisis. En esos años también empiezan a ganar protagonismo toda una serie de grupos y movimientos sociales que se sitúan al margen de los partidos políticos y entidades de representación vinculadas al Estado. Su maximalismo en las demandas y el radicalismo en la acción política, que en algunos casos incluyen formulas más o menos intensas de terrorismo, provocan el quiebre de la paz social. En el ámbito de la esfera pública, tal y como puso de manifiesto Ronald Inglehart, los valores que emanaban del "Estado de Bienestar", tales como la apreciación del crecimiento económico o la legitimidad del dominio racional-legal, se debilitan. Asimismo, aparece una actitud cada vez más escéptica de la ciudadanía hacia el discurso nacionalista del Estado-nación como resultado del creciente multiculturalismo de las comunidades, la expansión de los vínculos transnacionales y el cuestionamiento al ordenamiento internacional regido por la lógica de la "Guerra Fría". Más allá de las transformaciones que se producen en los distintos órdenes sociales, el desbordamiento del "Estado de Bienestar" también viene provocado por la atrofia que se produce al interior de su propia estructura. En particular, vamos a destacar tres procesos. En primer lugar, el advenimiento de una coyuntura económica recesiva minó la racionalidad política de la clase gobernante. La inercia generada por la expansión del gasto público puso en una difícil encrucijada a los gobiernos cuando los márgenes para utilizar éste como instrumento electoral se fue estrechando y no se habían previsto fórmulas alternativas. En segundo lugar, la lógica expansiva en que entro el aparato burocrático hizo cada vez más frecuentes las luchas intestinas entre las diferentes agencias haciendo que cada vez fuera más difícil alcanzar los fines fijados en la agenda política. En tercer lugar, la combinación entre el aumento exponencial de los recursos del Estado, el ostracismo que favorecía el paradigma elitista y tecnicista en la gestión pública y una creciente demanda de información sobre el funcionamiento del Estado alentada por la expansión de los medios de comunicación de masas creo un escenario propicio para que se desataran casos de corrupción que minó la legitimidad del modelo. En este contexto no tardaron en ganar fuerza las corrientes críticas al Estado de Bienestar. Desde las filas del neomarxismo, los argumentos se dirigieron a explicar la crisis del modelo no como resultado de las transformaciones que se dan en los distintos órdenes sociales, sino a la incapacidad del Estado para seguir conteniendo la disfuncionalidad inherente al propio sistema capitalista. En este sentido, uno de sus principales exponentes, Clauss Offe, acuña el término de crisis de la "gestión de la legitimidad". Mucho mayor impacto tienen por los autores que se agrupan dentro de la llamada "Nueva Derecha" y en las corrientes neoliberales. Entre los primeros, autores como Daniel Bell o Samuel Huntington consideran que la crisis es atribuible al efecto perniciosos que el intervencionismo estatal había tenido en los mecanismos de coordinación espontánea basados en entidades como la familia o la comunidad. Entre los segundos, autores como Becker, Buchanan o Brittan retoman los argumentos de Hayek para sustentar que el Estado de Bienestar se contradice con las libertades económicas y libertades políticas que dan verdadero sustento a la democracia liberal. Por este motivo, su propuesta normativa contiene un claro sesgo hacia el Estado en tanto que "asociación civil" privilegiando los mecanismos de coordinación espontánea del mercado, sociedad civil y esfera pública en la gobernabilidad de las sociedades. Pero en los hechos, tal y como pone de manifiesto Norbert Lechner, la praxis del modelo neoliberal estuvo ligada a la existencia de un Estado con una fuerte capacidad de intervención política. Es el caso de Chile bajo Pinochet o Perú bajo Fujimori. Pero también del Reino Unido bajo Margaret Thatcher o de los Estados Unidos bajo Ronald Reagan donde para alcanzar el logro del "Estado mínimo" se extremo las competencias políticas y represivas del Estado para vencer las resistencias. Un claro ejemplo de ello fue la estrategia seguido para el desmantelamiento del poder sindical. En los mismos años en que se aplicaba el modelo neoliberal en el mundo anglosajón y en América Latina, en los países de la Europa continental, mayoritariamente dominados por gobiernos socialdemócratas, las estrategias estaban enfocadas no a desarticular, sino a revitalizar el "Estado de Bienestar". Son los años de los acuerdos tripartitos entre gobierno, empresarios y trabajadores o pactos neocorporatistas, de la descentralización territorial administrativa y/o política basada en las regiones y de un renovado impulso al proceso de integración europea. En suma, todos ellos procesos que privilegian una racionalidad política basada en la transferencia implicaban de responsabilidades desde los poderes centrales del Estado hacia fuera con el objetivo de restituir la legitimidad erosionada. El recetario de medidas de corte neoliberal y socialdemócrata no tardaron en rebelarse como soluciones parciales con las que no era posible revertir la grave crisis de gobernabilidad que padecían las sociedades. Las insuficiencias y contradicciones de las propuestas, así como la aceleración de las transformación en los distintos órdenes sociales, suscito toda una variedad de contratendencias que alejaron la posibilidad de lograr el objetivo pretendido. Los logros de la estrategia neoliberal en el saneamiento macroeconómico, en potenciar la autonomía de la sociedad civil liberándola de gran parte de los mecanismos de injerencia del Estado se contraponen a sus efectos en términos de cohesión social, dualización de los mercados con relación a la accesibilidad a bienes públicos, la marginación de amplios segmentos sociales de la representatividad política y social o la monopolización de la esfera pública por grandes grupos privados de comunicación. Asimismo, los éxitos iniciales que cosecharon las propuestas socialdemócratas al reconstituir las redes de legitimidad que daban sustento al "Estado de Bienestar" no tardaron en revelarse como pasajeros cuando la presión de los nuevos requerimientos en el manejo económico hizo cada vez más exiguas y, por tanto, más excluyentes los intercambios de rentas por apoyos. A todo ello cabe sumar un elemento que cada vez toma más relevancia en la gobernabilidad de las sociedades y en su momento no fue tomado en cuenta ni por neoliberales, ni por socialdemócratas. Me refiero a las implicaciones que tiene en el proceso de construcción de las identidades de individuos y colectivos la acelerada complejización y diferenciación del soporte comunitario de las sociedades. La ausencia en las sociedades de instituciones capaces de procesar comportamientos inducidos por una pluralidad cada vez mayor de roles y atributos en las identidades es origen permanente de tensiones que agravan los problemas de gobernabilidad. Una clara constatación de ello son los problemas existente alrededor del crecimiento de los flujos migratorios en todos los países de la Unión Europea. Apenas iniciado un nuevo milenio, aparecen patentes nuevas tendencias en la gobernabilidad de las sociedades. Por un lado, la manifiesta refutabilidad de las soluciones ensayadas hasta el momento ha llevado a que los gobernantes recurran al sincretismo en la formulación de sus propuestas y, por tanto, prescindiendo de optar por una orientación clara sobre la conducción de las sociedades. Por otro lado, y como resultado de ello, los gobernados se muestran cada vez más escépticos sobre las posibilidades del Estado para asegurar sus libertades y bienestar y optan por aumentar su nivel de autogobierno. Lo que lleva a que la gobernabilidad de las sociedades aparezca cada vez menos dependiente del peso inercial o automatismo de sus instituciones y cada vez más de la actitud de sus componentes individuales o colectivos. En cierta medida, este escenario nos retrotrae al punto de partida del imaginario contractualista en el que la ausencia de un órgano de coordinación central, el Estado, convertía a "lo social" y "lo político" en una unidad irrefutable. Las sociedades aparecen hoy en día como una geometría variable de múltiples centros de poder que funcionan dentro de los distintos órdenes sociales con gran dinamismo. Unos centros que toman la forma de estructuras formadas a partir de las relaciones que establecen entre sí un conjunto variable de actores que se perciben entre sí como mutuamente dependientes, las redes políticas. Muchas de estas redes políticas aparecen como subsistemas funcionales relativamente cerrados con amplios niveles de autogobierno. Pero ya sea por la inercia propia de la racionalidad de las redes en que la competencia por la posición lleva a la reproducción y expansión de la estructura, ya sea como consecuencia del acto voluntarista de los actores dominantes de una determinada red, lo cierto es que las distintas redes políticas tienden a superponerse y a entrelazarse entre sí definiendo un nuevo tipo de institucionalidad que enmarca la gobernabilidad de la sociedad. Al interior de las redes, la interacción entre los distintos actores responde a ciertas reglas mínimas, como la distribucción justa de costos y beneficios entre los participantes; la reciprocidad basada en la confianza, la autolimitación de cada actor y el respeto a los intereses legítimos de los otros actores. Para finalizar, quisiera destacar la relevancia que dentro del nuevo modelo de gobernabilidad de las sociedades adquiere entre los distintos órdenes sociales la esfera pública. El aumento de mayores cotas de autogobierno por parte de los distintos actores individuales y colectivos de la sociedad y, por tanto, la disminución de los mecanismos de coerción estatal para condicionar sus comportamientos hace imprescindible que éstos presenten determinadas disposiciones cognitivas y morales que hagan plausible la búsqueda de intereses particulares a partir del respeto a la libertad de los demás, así como la cooperación para la consecución de intereses comunes. Unas disposiciones cognitivas y morales que sólo podrán ser asimiladas en a través de un debate continuo entre los múltiples actores de la sociedad que se da en la esfera pública y en la que se contraponen y se llegan acuerdos los diversos intereses y las lecturas diferentes del bien público. Una "conversación cívica", tal y como Víctor Pérez-Díaz la denomina, que parte de una pluralidad de intereses y de ideas y creencias, no como un hecho a tolerar, sino como un hecho deseable. El Desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Expectativas e Implicaciones Hasta hace poco tiempo, el internet era una herramienta desconocida para la política. Una herramienta que en los últimos años ha pasado a ser incorporado masivamente tanto por las distintas instancias del Estado, como por aquellos actores que toman parte en el proceso político. Los principales alicientes que han promovido esta transición hacia el internet ha sido, tal y como reiteradamente menciona la literatura especializada, incrementar los niveles y abrir nuevas posibilidades para la eficiencia, transparencia y participación ciudadana en las funciones de gobierno y la política. A todo ello cabe añadir, tal y como menciona Pippa Norris, las nuevas oportunidades que crea internet para fortalecer el compromiso cívico. Un elemento, que tal y como apuntamos anteriormente, adquiere una gran relevancia bajo los nuevos parametros de gobernabilidad. Este acelerado proceso de incorporación y asimilación del internet nos ha privado, hasta el momento, de contar con una definición sobre Gobernabilidad Digital exclusiva y exhaustiva que cuente con un amplio consenso. Las diferentes variantes, se encuentra hacia un extrema una definición minimalista que entiende Gobernabilidad Digital como la aplicación del internet y las tecnologías digitales con el objetivo de optimizar las acciones de aquellos actores públicos y privados que participan en la determinación y asignación de bienes públicos. Al otro extremo se encuentra una definición maximalista en el que Gobernabilidad Digital no pasa solamente por una optimización de los procesos existentes, sino por una reconfiguración de la forma en que es concebida, organizada y ejecutada a partir del uso de internet y las tecnologías digitales. Nuestro enfoque se encuentra mucho más cercana a este enfoque.
A fecha junio de 2000, los Estados de 176 países repartidos por todo el mundo contaban con sitios webs. En total, el rastreo efectuado por Pippa Norris en el cyberespacio identifica más de 13 millones de sitios y páginas webs de las distintas instancias de los Estados. En los últimos años también el internet ha sido rápidamente incorporado por una inmensa mayoría de partidos políticos, grupos de interés y otros tipo de actores que orientan sus acciones hacia el proceso político. El mismo estudio de Pippa Norris da cuenta de cerca de 5 millones de sitios y páginas webs de grupos de interés y cerca de 2 millones de partidos políticos. Los Estados y la política de América Latina no ha sido ajena a este proceso. La comparación en el mapa sobre la implantación del "Estado Digital" elaborado por el Cyberspace Policy Research Group (CYPRG), en la que no es incluido México, la sitúa en una posición intermedia. En 4º lugar tras América del Norte, Europa Occidental y la región Asia - Pacifico. En esta misma clasificación, Brasil y México aparecen entre el grupo de los 15 países con más sitios webs de instancias del Estado. Además, es conocido el liderazgo que a nivel mundial han alcanzado Chile o Costa Rica en el desarrollo de diferentes facetas del "Estado Digital". Cabe constatar, sin embargo, que los ritmos de incorporación del internet al Estado no se corresponde a la de la mayoría de actores políticos que todavía se encuentran al margen de la red. Al momento de dar cuenta de los factores que condicionan la implantación y desarrollo de la Gobernabilidad Digital, la aplicación de una versión política de la ley de Meltcafe pareciera otorgarnos una importante capacidad explicativa. El incentivo de aquellas personas que ocupan posiciones de liderazgo en las instancias del Estado y organismos políticos para incorporar las tecnologías digitales se expande en razón de los niveles de difusión que éstas tienen en los distintos órdenes de la sociedad. Esta aplicación de la ley Meltcafe a nuestro objeto de estudio nos permite dar cuenta de la correlación positiva que se da en la mayoría de casos entre niveles de desarrollo tecnológico y desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Asimismo, que sea en aquellas políticas como comercio o finanzas, en las que los interlocutores del Estado presentan mayores niveles de desarrollo tecnológico, en donde más se ha avanzado en el uso de internet. Sin embargo, son también muchas las excepciones como para no tomar en cuenta otra serie de factores. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que países como la India, Brasil, México o Malasya hayan avanzado mucho más allá en la Gobernabilidad Digital que le correspondería en razón de sus parámetros de difusión tecnológica? o ¿cómo explicar por que en los procesos de producción y aplicación de las políticas públicas que parecen propicias para la asimilación de internet, como educación, están posicionadas muy por debajo en relación a otras políticas, como defensa o justicia, que no parecieran a priori contar con tanto estímulos externos?(nota CYPRG). Es aquí donde retomamos la línea argumental de toda la ponencia identificando como variables tanto el impacto del liderazgo político en el desarrollo de la Gobernabilidad Digital como la institucionalidad. Nadie pareciera querer quedar fuera del consenso general que pareciera extender entre el "establishment" político sobre los beneficios de avanzar hacia la plena incorporación de las tecnologías digitales a la gobernabilidad de los países, las regiones, los municipios o las esferas de las políticas públicas. En las agendas de todos los políticos, por encima de diferencias ideológicas o de las diversas de las realidades socio-económicas sobre las que se gobierna o trata de gobernar, el desarrollo de internet ha pasado a ocupar un lugar prioritario junto a los temas tradicionales de la política contingente. Ante la opinión pública, los líderes políticos aparecen encarnados como verdaderos "misioneros tecnológicos" que pretenden pasar a la historia por haber incorporado a sus sociedades a las ventajas de la era digital. Todo ello responde, como resulta evidente, a la nueva racionalidad política basada en los amplios beneficios y escasos costos electorales que en la actualidad tiene cualquier iniciativa alrededor tecnologías digitales en un electorado ampliamente concienciado sobre la conveniencia de la difusión de las mismas. Este estímulo electoral debe ser considerado como positivo para los fines del desarrollo del Gobierno Digital. El problema viene dado por el amplio desconocimiento que por parte de los políticos, y también de muchos de sus asesores más cercanos, sobre el internet y todas sus posibilidades como herramiento de gobierno. Esta situación, como posteriormente se atenderá, pervierte ya desde su fase constitutiva las sendas por las que se produce el desarrollo del Gobierno Digital. Además, las estrategia electoralista de la mayoría de políticos respecto a internet entra dentro de una lógica cortoplacista. Lo que significa que sus estrategias no van más allá de hacer que sus gobiernos tengan una presencia en la red. El tema de la racionalidad electoral se entrelaza con el segundo elemento a considerar, las diferencias en la institucionalidad política. Nadie puede sorprender al observar como los datos muestran que es en aquellos países donde cuentan con regímenes democráticos más consolidados donde la implantación y desarrollo de la Gobernabilidad Digital ha tomado más fuerza. Difícilmente va a fomentarse la mejora en los flujos de información que vinculan al Estado con sus interlocutores en aquellos países cuya institucionalidad obstaculiza parcial o completamente el libre acceso o uso de la información. Existen también otros rasgos institucionales de los regímenes políticos que deben ser tomados en cuenta para explicar la implantación de la Gobernabilidad Digital. El parlamentarismo, el federalismo, los sistemas multipartidistas o el reconocimiento del cabildeo como práctica legítima y, en general, todos aquellos aspectos que fomentan la fragmentación del poder político entre múltiples instancias favorecen el desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Y esto, principalmente, por dos motivos. El internet se descubre como una herramienta excepcional para fortalecer las relaciones de poder que existen en aquellos Estados en el que éste se encuentra fragmentado. Asimismo, la existencia de múltiples centros de poder crea un escenario más propicio para la competencia entre unos y otros por avanzar lo más rapidamente posible en los proceso de Gobernabilidad Digital. MODELOS DE DESARROLLO DE LA GOBERNABILIDAD DIGITAL
Una vez atendido la expansión y los factores que promueven la expansión del internet en la Gobernabilidad Digital, llega el momento de cuestionarnos la forma en que este proceso se esta dando. Con este fin resulta oportuno partir de una tipología sobre los distintos enfoques que guían el desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Los tres tipos son:
Entre estos tres modelos, se ha dado un clara tendencia por parte de los gobiernos centrales por privilegiar el que hemos reconocido como "modelo gerencial". Una opción que puede explicarse porque desde un principio la incorporación y asimilación de internet a las funciones de gobierno fueron entendidas como un elemento más del proceso de Reforma del Estado inspirado por la New Public Management (NPM). Esta corriente del estudio de la administración pública que se desprende de los tradicionales enfoques burocráticos y postula una mejora en la condición del Estado como prestador de servicios a partir de la emulación de los procesos de gestión privada. Entre sus autores más reconocidos se encuentra David Obsborne y Ted Gaebler. Su libro "Reinventing Government: How the Entrepreneurial Spirit is transforming the public sector" fue el principal inspirador de las reformas llevadas a cabo durante la administración Clinton-Gore en los Estados Unidos y cuyo documento marco fue el National Perfomance Review(1993). Un documento en donde el papel de internet en la mejora de la gestión pública todavía ocupa una atención marginal, lo que no puede extrañar dado los bajos niveles de difusión en la sociedad en esa época. No ocurre lo mismo con su sucesor, el National Partnership for Reinventing Government’s Access America(1997), en el que internet y las tecnologías digitales son parte esencial de todas las propuestas recogidas en el documento. Se apuesta a las posibilidades que ofrece el internet para optimizar mejorar la calidad, gama y accesibilidad de los servicios prestados por el Estado a sus "clientes" y reducir los costos operativos. Los países de la Unión Europea, los cuáles se incorporan de una forma más tardía a la gobernabilidad digital, siguen durante una primera etapa el modelo gerencial definido por los estadounidenses. Una situación resulta claramente reflejada en la forma en que la administración laborista de Tony Blair abordó el proceso de incorporación del internet a funciones de gobierno. En el primer documento que aborda el tema del internet, Government Direct (1996), se refiere como las principales contribuciones del mismo "to provide better and more efficient services to business and to citizens; improve the efficiency and openness of government administration, and secure substantial cost saving for taxpayer". En América Latina, la tendencia por enfatizar el "modelo gerencial" ha sido mucho más ostensible. El internet ha sido un complemento, principalmente, al intento de racionalizar los costos del Estado del proceso de reformas estructurales de mercado. Otro de los factores que dan cuenta de la primacía del modelo gerencial viene dado porque los primeras presiones para que el Estado incorpora y asimilirá el internet a funciones de gobierno procedieron de la comunidad empresarial. Entre los distintos interlocutores del Estado, los empresarios fueron desde un principio los que mostraban unos niveles mayores y más avanzados del uso de internet en su desempeño. Habiendo tomado conciencia de los beneficios de su uso, los empresarios empezaron a reclamar al Estado que aprovechará las ventajas que ofrecía internet para mejorar la eficiencia y abaratar los costos en sus relaciones y transacciones con ellos. Los segmentos sociales en los que también hubo una rápida difusión del internet, como fueron los jóvenes o profesionales liberales, no tenían tanto estímulos para presionar al Estado porque sus relaciones son más ocasionales y menos intensas. Finalmente, detrás de la opción del "modelo gerencial" primaba una racionalidad política. Para los gobernantes y políticos adoptar este modelo aparecía como una "win-win situation". El enfoque vertical y unidireccional que prima en la forma que tiene el Estado de relacionarse con sus interlocutores le permite "vender" la imagen que más le convenga como eficaz gestor de los recursos públicos sin tener que exponerse a la vulnerabilidad que supondría aceptar, con mayor o menor grado de desarrollo, mecanismos de doble dirección. Por otro lado, entre el "establisment" político existe un temor compartido a que utilizar el internet para incrementar las oportunidades de los actores de la sociedad civil y los ciudadanos de participación lleve a una sobrecarga de demandas que conduzcan a la ingobernabilidad. En esta misma línea, cabe constatar como las dirigencias partidistas también entendieron el internet como un mecanismo no que favoreciera la interacción con sus potenciales electores y, sino también como una vía unidireccional que les permitiera optimizar sus posibilidades de hacer proselitismo. Durante los últimos años se ha producido algunos cambios significativos en la orientación que ha tomado el desarrollo de la Gobernabilidad Digital. Si bien el que hemos reconocido como ‘modelo gerencial" sigue siendo dominante, lo cierto es que se ha producido significativo avances orientados hacia la implmentación del "modelo consultivo". Un avance que se encuentra ligada al descubrimientos por parte de las autoridades públicas y sus interlocutores del valor instrumental del internet y las tecnologías digitales tanto para incrementar la transparencia en las labores de gobierno, como para aumentar la participación ciudadana. Uno de los factores que dan cuenta de este proceso es el impulso que en este período ha tenido el proceso de incorporación y asimilación del internet a los gobiernos locales y a los parlamentos. Ambas instancias del estado que dada su naturaleza y sus funciones han otorgado una significativa importancia al tema de la participación ciudadana. Los gobiernos locales, aún priorizando lo que sería el modelo gerencial, han incorporado en mayor o menor medida mecanismos en la red que permitan la interacción con la ciudadanía. A las formas más simples de interacción vía correo electrónico se han añadido otras como la consulta electrónica sobre ciertas materias o a los chats abiertos con las autoridades. En el caso de los parlamentos, la razón de ser de la incorporación de los parlamentos a la red ha sido incrementar las posibilidades para que los ciudadanos participen en el proceso de producción legislativa. Así, por ejemplo, se han habilitado mecanismos para que los ciudadanos tomen parte en la formulación de proyectos de ley o para que manifiesten su opinión sobre las leyes que van a ser discutidas. A tenor de los documentos más recientes, los gobiernos centrales parecen no haber quedado al márgen de este proceso al reconocer que las potencialidades de internet no se agotan en el "modelo gerencial" y que es necesario explorar nuevas aplicaciones. Un reconocimiento que se encuentra, por ejemplo, expresado en el documento e-Europe: An information society for all de la Comisión Europea o Modernising Government del gobierno laborista de Tony Blair. Desde este enfoque, las principales los principales aspectos desarrollados por los gobiernos ha sido el relacionado con la transparencia. Tomése, por ejemplo, el caso del servicio puesto en la red por la Secretaria de Contraloria y Desarrollo Administrativo (SECODAM) del gobierno mexicano que permite a los ciudadanos tener conocimiento sobre el manejo de los recursos públicos y denunciar aquellos funcionarios corruptos. En la misma línea se encuentra las disposiciones relativas al tema de la corrupción que forman parte del "Plan Colombiemos" del gobierno de Colombia. Otro de los factores que han catalizado la nueva orientación hacia el "modelo consultivo" viene dada por la masificación del uso de internet. En la medida en que son cada vez más los actores capaces de relacionarse con el Estado via internet, las presiones para que éste incorpore las tecnologías digitales a su funcionamiento son de procedencia variada y de distinta naturaleza. Las demandas ya no sólo se oriental al tema de la eficiencia, como ocurría cuando eran dominadas por la comunidad empresarial, sino también por la transparencia y la participación. A ello también ha contribuido el impulso que durante este período se ha dado en la incorporación y asimilación del internet por parte de partidos políticos, grupos de interés y otro tipo de actores que toman parte en el proceso político.
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