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Polis, Revista de la Universidad Bolivariana,
Volumen 1 Número 2, 2001
EL EFECTO SAN MATEO
Publicado en la serie Grandes Firmas/EFE por diversos
periódicos del mundo en la última semana de junio
de 1991.
Mario Bunge
Dr. en Ciencias Físicas y Matemáticas, Catedrático
de Filosofía en la Universidad Mc Gill de Montreal, especializado
en epistemología, argentino. Autor de numerosas obras.
* * *
El versículo 13 del capítulo 19 del Evangelio atribuido
a San Mateo reza así: "porque a cualquiera que tiene,
le será dado, y tendrá más; pero al que no
tiene, aún lo que tiene le será quitado". El
versículo 25,29 es una repetición casi exacta del
anterior. San Marcos (84,25) y San Lucas (8,18 y 19,26) concuerdan.
Quienes ven en Cristo un precursor de Ronald Reagan se regocijan.
Quienes lo ven como un precursor de Karl Marx sostienen que Cristo
no hizo sino citar un proverbio corriente en su tiempo, con el fin
de exhibir la iniquidad del mundo en su tiempo. Dejemos la investigación
de este punto a los especialistas en hermenéutica bíblica.
A nosotros nos interesa la relación de ese versículo
con la sociología de la ciencia.
Robert K. Merton, el padre de la moderna sociología de
la ciencia, bautizó con el nombre de "efecto San Mateo"
el hecho de que los investigadores científicos eminentes
cosechan aplausos mucho más nutridos, que otros investigadores,
menos conocidos, por contribuciones equivalentes .Por ejemplo, si
un autor famoso F colabora con un desconocido D, en un trabajo hecho
casi exclusivamente por D, la gente tiende a atribuirle todo el
mérito a F. Por cierto, el maestro le hace un favor al aprendiz
al firmar juntamente un trabajo: lo lanza. Pero, se hace así
mismo un favor mayor, porque la gente tenderá a recordar
el nombre del maestro, olvidando el de su colaborador.
Si un premio Nobel dice una gansada, ésta aparece en todos
los periódicos, pero si un oscuro investigador tiene un golpe
de genio, el público no se entera. Un profesor en Harvard,
Columbia, Rockefeller, Berkeley o Chicago no tiene dificultades
en publicar en las mejores revistas: se presume que es un genio.
No en vano la mitad de los premios Nobel del mundo trabajan o han
trabajado en esas Universidades. En cambio, un genio sepultado en
un oscuro college, o en un país subdesarrollado, enfrenta
obstáculos enormes. A menos que tenga un gran tesón
y mucha suerte (o sea, una oportunidad que sepa aprovechar), jamás
saldrá a flote.
El efecto San Mateo puede explicarse por dos mecanismos. Uno es
el de la memoria el otro el del proceso de selección. Si
un lector ve una lista de trabajos, cada uno de ellos firmado por
el catedrático famoso y un colaborador (aprendiz, desconocido,
oscuro, sumergido, etc.), ¿cuál de los nombres retendrá?
Si el director de una revista recibe dos trabajos de méritos
equivalentes, uno firmado por S. Notorio, catedrático en
la Universidad Preclara y el otro firmado por T.Nemo, ayudante de
cátedra en la Universidad de las Islas Molucas, ¿en
cuál de ellos depositará mas confianza?.
Además, está el asunto de la pertenencia a una red
o clique. En esto tengo alguna experiencia. Hace tres décadas
me presenté a concurso en una universidad inglesa recién
creada. Le dieron la cátedra a un borracho sin doctorado
ni publicaciones, quien murió al poco tiempo de cirrosis
del hígado. Años después me enteré que
el jurado había preferido a un compatriota conocedor de las
reglas del juego británico, a un sudamericano que, aunque
había publicado libros y artículos en inglés
y en otras lenguas, no pertenecía a la red. Mi rival había
fracasado en su intento de doctorarse, pero había hecho el
intento en el lugar adecuado. El fracasar en la Universidad de Oxford
tenía más mérito que triunfar en la Universidad
de Buenos Aires o de La Plata.
Durante una visita a la India tuve ocasión de confirmar
la hipótesis de que más vale fracasar en el lugar
adecuado que triunfar en el inadecuado. Allí encontré
a varias personas que me dejaron sus tarjetas de visita en las que,
debajo del nombre, se leía " Ph. D. (failed) Oxford"
o sea, “doctorado fallido” en Oxford. Presumiblemente,
este fracaso les había abierto muchas puertas. Al fin y al
cabo, no es lo mismo ser derrotado en una célebre batalla,
que vencer en una refriega callejera.
Existen abundantes observaciones del efecto San Mateo, por ejemplo,
hay un sensacional experimento hecho hace una decena de años.
Un equipo de científicos seleccionó una cincuentena
de artículos de investigadores reputados que trabajaban en
Universidades norteamericanas de primera línea, que habían
sido publicados un par de años antes. Cambiaron los títulos
de los artículos, les inventaron autores ficticios empleados
en colleges de baja categoría, y los enviaron a las mismas
revistas donde habían sido publicados. Casi todos los artículos
fueron rechazados. Los autores de la jugarreta, validos de su reputación,
lograron publicar los resultados de su experimento en un par de
revistas.
Un escritor canadiense hizo un experimento similar con una revista
literaria que había rechazado sistemáticamente sus
cuentos. Le envió a la misma revista media docena de cuentos
de clásicos contemporáneos, tales como Joseph Conrad
y Jack London, cambiándoles los títulos y los nombres
de los autores. La revista los rechazó. Cuando el autor denunció
este escándalo, los críticos literarios en cuestión
tuvieron la desvergüenza de defender su decisión . Al
parecer, pensaban que un cuento es necesariamente bueno si es escrito
por un escritor famoso y no que un autor merece fama si escribe
buenos cuentos.
El efecto San Mateo es uno de los mecanismos que intervienen en
la estratificación social de las comunidades científicas.
El estrato superior es ocupado por individuos que han dado su nombre
a una teoría, una ley o un método utilizado o enseñado
por muchos. El rango inmediatamente inferior es el de los premios
Nobel que aún no son ampliamente conocidos como los progenitores
de tal o cual teoría, ley o método.
Este escaño es compartido por los nobelizables, candidatos
que están en la lista de espera, o que nunca lograron el
premio, quizás por haber sido objeto de discriminación
ideológica (como parecen haber sido los casos de John D.
Bernal, J.B.S. Haldane y Raúl Prebish). En tercer lugar,
vienen los jefes de escuela o maitres à penser, que encabezan
equipos formales o informales caracterizados por su originalidad
y productividad. En cuarto lugar, están los miembros subalternos
de estos equipos y los investigadores individuales desconocidos
fuera de un pequeño círculo. El quinto y último
escaño es ocupado por los que jamás publican: éstos
forman el lumpen proletariado de la ciencia.
De hecho, la mayoría de los que se doctoran en alguna ciencia
sólo llegan a publicar un artículo, a veces ni esto.
El número de investigadores que ha publicado n artículos
es inversamente proporcional al cuadrado de n (Esta es la llamada
" ley de Lotka".) La mitad de los artículos científicos
son producidos por el 5 por ciento de la comunidad científica.
La mayor parte de los artículos no son citados jamás.
Los que son citados lo son una sola vez en el 58 por ciento de los
casos; 2,7 por ciento son citados entre 25 y 100 veces; y sólo
un 0,3 por ciento son citados más de cien veces. Estos son
resultados de un análisis cientométrico hecho por
Eugene Garfield, Director de Citation Index, en un total de casi
20 millones de artículos.
Lo paradójico y maravilloso de la estratificación
de la comunidad científica es que va acompañada de
la propiedad común del conocimiento. En efecto, para que
un trozo de conocimiento sea considerado científico es preciso,
aunque no suficiente, que pueda ser compartido: la ciencia es pública,
no privada ni, menos aún, oculta. Esta es una de las diferencias
entre la ciencia y la técnica. Los diseños técnicos
son patentables y comercializables, no así los descubrimientos
ni las invenciones de la ciencia.
Como dice Merton, la ciencia es comunista. También sostiene
Merton que la consigna de Marx. " De cada cual conforme a sus
habilidades, y a cada cual según sus necesidades", se
cumple en la comunidad científica . El investigador hace
todo lo que puede y recibe de sus colegas (vivos y muertos) todo
lo que necesita. Este comunismo cognoscitivo no tiene nada que ver
con el altruismo. El científico no distribuye sus resultados
porque sea generoso (aunque a menudo lo es), sino porque tiene necesidad
de expresarse y de ser reconocido. Sabe que habrá de recibir
tanto más cuanto más dé, cuanto mejor comparta
lo que obtiene.
En el mercado, la explotación egoísta e incontrolada
red recurso común, por ejemplo, los prados y bosques comunales,
las aguas subterráneas y los bancos de peces, lleva a la
destrucción del recurso. En la comunidad científica,
" el toma y daca obran para ampliar el recurso común
del conocimiento accesible" (Merton). Otra diferencia entre
el mercado y la ciencia es que en ésta no rige la ley de
los rendimientos decrecientes. En efecto, cuanto más sabemos
tanto más numerosos son los problemas que podemos plantear
y deseamos investigar.
El propio Merton se ha beneficiado con el efecto San Mateo. En efecto,
aunque ha escrito muchos trabajos en colaboración con otros
estudiosos, uno tiende a recordar solo su nombre y a atribuirle
todo el mérito. A propósito, la Universidad de Columbia
ha decidido honrarse estableciendo la cátedra Robert K. Merton
en ocasión del 80º cumpleaños del fundador de
la moderna sociología de la ciencia, quien sigue activo y
con buen humor, pese a su mala salud. (En su última carta,
de la semana pasada, Merton me cuenta que está pasando por
una experiencia similar a la de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, los
célebres personajes de Mark Twain, cuando asistieron a sus
propios funerales). Columbia, ya famosa desde hace un siglo, no
necesitaba este honor, pero no pudo sustraerse al efecto San Mateo.
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