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Polis, Revista de la Universidad Bolivariana,
Volumen 1 Número 2, 2001
SOCIEDAD MAPUCHE Y SOCIEDAD CHILENA: LA DEUDA HISTÓRICA
Rolf Foerster G.
Antropólogo chileno, Departamento de Antropología
de la Universidad de Chile
* * *
Introducción.
Este artículo tiene dos caras: el “sello”, es
una visión histórica de la sociedad mapuche y del
vínculo “interétnico”; la “cara”,
se refiere a los diversos modos de comprensión del “país”,
de “Chile”, determinan las posturas respecto a la existencia
o no de una “deuda histórica” con la sociedad
mapuche, y el modo de concebirla.
Sello
Una comprensión adecuada de la sociedad mapuche requiere
asumir una perspectiva dinámica, capaz de ir desde el presente
al pasado, y desde el pasado al presente. Proponemos la siguiente
hipótesis como eje: los mapuches se constituyen como pueblo
entre los siglos XVII y XVIII, dejan de serlo a fines del siglo
XIX, bajo la política colonialista de la República,
y en la actualidad sectores significativos de ellos están
luchando por reconstruirse como tal.
A la llegada de los “españoles”, a mediados
del siglo XVI, los “reche”1 habitaban un amplio territorio,
desde Aconcagua a la Isla Grande de Chiloé, estimándose
la población total en un millón de personas. Su estructura
social se caracterizaba, en tiempos de paz, por la flexibilidad,
posibilitada por las modalidades de organización económica
(una combinación de horticultura, caza, pesca, recolección
y pequeña ganadería), de parentesco (matrilateralidad),
religiosa (una doble comunidad capaz de controlar a los especialistas
en lo sagrado) y política (lonkos con una autoridad restringida),
cuya legitimidad pasaba necesariamente por el Admapu. En mapudungun,
“la costumbre de la tierra”, es decir, la tradición.
En tiempos de guerra, la sociedad “reche” establecía
principios de organización política altamente jerarquizados.
Los mapuche como pueblo
Los “reche” lograron expulsar a los hispano-criollos
de la zona de la Araucanía, entre los ríos Bío
Bío y Toltén. El aparato de dominación hispánica
se estructuraba en torno a tres instituciones orientadas a transformar
a los pueblos originarios en “indios”: el ejército,
la iglesia y la encomienda2 ; la rebelión “reche”
iniciada en Curalaba el año 1598 permitió desarticular
definitivamente este aparato en la región. Así, la
Corona española se vio obligada a establecer una política
de Parlamentos3 y tratados con los “reche”, hoy en día
muy valorados por algunos dirigentes e intelectuales mapuche -como
el abogado José Lincoqueo-, no sólo por ser una prueba
evidente de reconocimiento como nación, sino por su posible
valor jurídico, en tanto tratados internacionales4. En otro
aspecto, con la política de los Parlamentos nace la frontera
entre “dos naciones”, actuando los misioneros jesuitas
y los comerciantes como intermediarios; nacen, también, los
mapuche y, posteriormente, los mapuche-huilliche5.
Durante el siglo XVIII, la sociedad mapuche experimenta importantes
transformaciones en las esferas económica y política.
La ganadería mayor, destinada al comercio con la sociedad
hispano-criolla, llega a ser la principal actividad económica,
impulsando la expansión del territorio mapuche hacia las
pampas “argentinas”. Al mismo tiempo, las tareas de
conducción y representación asumidas por los lonkos
van reforzando el liderazgo y la posición social de éstos
al interior del mundo mapuche. A fines del siglo XVIII y comienzos
del XIX, la sociedad mapuche, organizada en identidades territoriales
como los nagche o “abajinos” y los wenteche o “arribanos”,
vive un momento de auge económico y plena autonomía
política, bajo la dirección de grandes lonkos ligados
entre sí por relaciones de cooperación o conflicto6
. La añoranza de esta autonomía y bienestar material,
junto a la iniciativa de reconstruir las identidades territoriales,
juegan un importante papel en el imaginario de los dirigentes de
las actuales organizaciones políticas mapuche, vinculados
también por cambiantes relaciones de colaboración
y/o crítica.
Los mapuche bajo la República
Con el advenimiento de la República los mapuche dejaron
de ser vistos como un pueblo o nación y comienzan a ser tratados
como chilenos (o si se quiere ciudadanos, aunque con una ciudadanía
limitada)7. Con ello se puso fin a la política colonial de
los parlamentos. Este cambio tendrá un sentido diferente
en las “poblaciones originarias de Chile” central, respecto
a la región de la Araucanía. Esta distinción
es fundamental; olvidarla es hacer tabla raza de una diferencia
histórica densa y que nos pesa hasta el día de hoy:
el desarrollo autonómico de pueblo mapuche en la región
de la Araucanía durante los siglos XVII, XVIII y parte del
XIX.
Ahora bien, la sociedad mapuche no logró articular un frente
común para encarar el nuevo momento histórico que
se vivía (la constitución del Estado y de nación
chilena8). Frente al avance de la frontera y de sus distintas líneas,
tanto en Chile (Malleco 1866, Traigén 1878, Cautín
1881) como en Argentina, los mapuche se dividieron: unos buscaron
la paz, otros optaron por la guerra y otros se desplazaron a las
pampas y a la cordillera. Con ello el pueblo mapuche quedó
dividido, viviendo bajo el dominio de dos repúblicas: la
chilena y la argentina.
Ocupada la totalidad del territorio y fijados los límites
con Argentina, el Estado chileno implantó, por la ley de
1866, su política reduccional. Se entregaron entre 1884 y
1929 un total de 2.918 Títulos de Merced, lo que abarcó
una superficie de 510.386 hectáreas, e incluyó a 82.629
mapuches (lo que significa un promedio de 6,18 héctareas
por persona). El 69,8 % del número de reservas (es decir
un total de 2.038) quedó en la actual región de la
Araucanía (IX Región)9. Las miles de pequeñas
reservaciones configuran un verdadero “archipiélago”10
de tierras en las regiones octava, novena y décima.
Durante el siglo XX - para una mejor comprensión de la
“cuestión mapuche”- es imprescindible no olvidar
que la “Pacificación de la Araucanía”
y la “política reduccional” funcionaron no como
un proyecto de “inclusión”, sino de “exclusión”.
Jorge Pinto, fue el primero en introducir estas categorías,
señalando además otro rasgo que permite precisar aun
más la diferencia entre el proyecto colonial y el republicano:
el primero fue una conquista de hombres, el segundo, de territorio11. En otras palabras, si el proyecto colonial para la zona central
no fue de apartheid, si lo fue el sistema reduccional que se impondrá
en el siglo XIX y XX en la región de la Araucanía.
Los mapuches pudieron adaptarse al sistema reduccional, generando
allí una identidad que recreó sus “antiguas”
tradiciones culturales (Admapu), gracias al establecimiento de una
comunidad articulada en una red parental y religiosa (una doble
comunidad, en torno al nguillatufe y a la machi)12. No obstante,
también perdieron su soberanía y con ello la posibilidad
de autodeterminarse como pueblo. Los lonkos mapuches fueron desplazados
por una nueva dirigencia letrada la cual no tuvo más horizonte
que la lucha por la recuperación de los espacios reduccionales13. Y aunque en el área huilliche los “caciques”
lograron conservarse como cabezas visibles de su pueblo hay que
reconocer que su dominio es más simbólico que real.
De este modo, el “colonialismo interno” que impulsó
el Estado chileno a través de sus múltiples instituciones
aculturadoras -escuelas, policía, servicio militar, iglesias
(cristianas y no cristianas), aparatos administrativos, etc.- logró
generar entre los mapuche un conciencia de pertenencia a la nación14, equivalente a la de los otros chilenos: chileno de origen mapuche,15
chileno de origen alemán, etc. Pero se trataba de algo más
fuerte, más radical: el colonialismo de Estado minó
la cultura societal mapuche , con ello la ‘desenpoderó’,
haciendo cada vez más difícil el camino de re-constituirse
como un pueblo soberano capaz de exigir sus derechos. Todo esto
se complejizó además con la migración cada
vez más masiva de los habitantes de las reducciones a las
ciudades. Una migración motivada fundamentalmente por factores
económicos. Hoy más de medio millón de mapuche
vive en la capital.
Frente a esa realidad, diversos sectores de la “sociedad
mapuche” han buscado diferentes vías de empoderamiento:
sin duda la recreación de la sociedad tradicional en el sistema
reduccional es una forma, aunque débil, sobre todo por allí
sólo se ha generado, hasta el momento, una identidad de origen
más que destino; pero, sin duda, donde hay un mayor fortalecimiento
es en las organizaciones “políticas”16, en la
(aún precaria) sociedad civil mapuche, como también
en la (reciente) “virtualidad mapuche” de internet;
son en esos lugares donde las políticas de reconocimientos
pueden sobrepasar, por su cultivo, los niveles tradicionales (campesinos
y étnicos) para alcanzar lo etnonacional. El más claro
ejemplo de este tránsito son los poetas mapuche, en especial,
Elicura Chihuialaf17.
Como se puede ver, el camino que tiene por delante la “sociedad
mapuche” no es fácil. A esto se agrega que en la sociedad
chilena existe una fuerte tradición unitaria (un pueblo,
un Estado, una cultura, etc.) donde, si el multiculturismo es un
escándalo, el multinacionalismo es absolutamente inaceptable.
En ese escenario el reconocimiento de los mapuche como pueblo es
muy difícil. Ellos no sólo son tipificados como “indígenas”,
sino que además su cultura es valorada negativamente, olvidándose
no sólo el proceso de colonización y su impacto, sino
que además no se considera que el Estado gasta año
tras año enormes cantidades de recursos en la cultura nacional
chilena y en las múltiples instituciones que la promueven,
siendo la más importante la educación en todos sus
niveles. Esta flagrante asimetría entre “naciones”
queda sancionada jurídicamente cuando se sostiene una comprensión
muy particular de los derechos humanos: la incompatibilidad de los
derechos colectivos18 con los individuales, olvidándo que los
derechos individuales no pueden ser sino, a la vez, derechos colectivos
.
No obstante, con la políticas neoliberales y su secuela
postmodernista, las cosas pueden cambiar. Es cierto que el “Estado
neoliberal encuentra en el indianismo la ideología que el
Estado populista encontraba en el indigenismo”19, pero también
hay que reconocer efectos inesperados: el Estado al desligarse de
sus funciones integradoras traspasa a las “etnias” competencias
que, pueden servirle, muy adecudamente, de empoderamiento20. Por
su parte, la comunidad internacional es cada vez más sensible
a los problemas de las “minorías étnicas”.
Esto se expresa no sólo en diversos foros e instrumentos
jurídicos de reconocimientos sobre sus derechos21, sino que
también en apoyos materiales directos a sus organizaciones22 y, a nivel latinoamericano, por la emergencia de un “modelo
regional multicultural”23.
La suerte, entonces, está echada una vez más. Desde
hace ya dos décadas, los mapuches han iniciado un nuevo ciclo
de movilizaciones donde las tensiones entre sus distintos niveles
de autoreconocimiento -campesino, étnico y/o etnonacional-
puede contribuir a crear las condiciones para un nuevo escenario
étnico muy alejado del que dominó en el siglo veinte.
Cara
¿Cómo debe el Estado de Chile reconocer a los mapuches?
¿cómo una etnia o cómo una nación? ¿La
respuesta a esta pregunta sería diferente si se respondiera
en el contexto del “Estado de Compromiso” (desarrollista),
o en el Chile actual? Creemos que sí. En la época
desarrollista (marcada por el populismo) la “cuestión
indígena” se encaró por la vía de una
ciudadanía no diferenciada en el seno del Estado nacional.
En el marco de la actual globalización, donde es posible
pensar en una identidad “postnacional”, las cosas pueden
ser diferentes, en la medida que el tema del reconocimiento es un
asunto político que está en disputa. Asimismo, todo
lo anterior se relaciona con la “deuda histórica”24
hacia los pueblos originarios. Es muy diferente su forma y contenido,
si la política de reconocimiento se enmarca en el escenario
de lo étnico o en lo (etno)nacional. Ahora bien, una manera
de aproximarse esta temática es la de categorizar las distintas
modalidades de autocompresión “nacional” existentes.
En la sociedad chilena actual podemos constatar que existen al menos
cinco posturas: a) somos un todo inseparable: Léniz; b) somos
un todo, pero separable en grupos iguales (chilenos), pero diferentes
(clases sociales): Pinochet; c) somos un todo separable en grupos
diferentes (étnicos) que buscan la igualdad social: Lagos;
d) hay dos todos (naciones) en un todo: Vitale, Pérez; e)
hay dos todos: Coordinadora Arauco Malleco.Veamos como cada una
de ellas se expresan en artículos de prensa, discursos, etc.
Somos un todo inseparable: Leniz
El empresario Fernando Léniz escribió un artículo
para El Mercurio titulado “Imitaciones Peligrosas”25.
Allí relata cómo sus vínculos con dos “”vecinos”
mapuches se rompieron por efecto de una mímesis, de una imitación,
inadecuada:
“¿Qué pudo llevar a estas dos personas a traicionar
la confianza y amistad que habíamos desarrollado durante
más de diez años, y con una relación de cooperación
y buena vecindad donde ya no cabe las justificaciones que se trató
de dar en el caso de las empresas forestales? Pues yo creo que estos
hechos son generados por la llegada a Chile de las influencias foráneas
‘indigenistas’, que alientan revindicaciones y soluciones
al estilo canadiense, australiano, neozelandés o quién
sabe de qué otros lugares, pero todos muy distintos al caso
chileno.
La principal diferencia que tenemos con esos países es que
aquí el conquistador español se mezcló con
el aborigen y que creó el mestizaje que hoy constituye la
gran mayoría de nuestra población que es apenas, algo
diferente a los mapuches que se toman fundos, a quienes algunos
desean reconocerles deudas, culturas y hasta regiones diferentes.
Si hoy desconocemos el país que heredamos del primer siglo
de nuestra república independiente, con igual razón
mañana los descendientes del cacique Vitacura podrían
reclamar propiedad por terrenos de la Dehesa o San Damián,
y quien sabe que otras revindicaciones podrían reclamarse
contra ‘guerras injustas’ de hace más de 100
años”.
Aunque el todo no es perfecto -el mestizaje comprendería
a un noventa por ciento de los chilenos, según Léniz-
hay que reconocer que somos una unidad que se forjó en el
siglo XVI. El autor pasa así por alto una diferencia fundamental
que comenzó a gestarse en las primeras décadas del
siglo XVII: la frontera y la constitución del pueblo mapuche,
pero también un tipo de mestizaje en la zona central que
hace imposible que un descendiente de Vitacura pueda reclamar los
terrenos de la Dehesa (a no ser un hijo de Léniz que se remontara
a esa época). No es el caso de los mapuches de la Araucanía,
pues allí esta vivo el recuerdo de quienes eran los dueños
de la tierras hace sólo tres a cuatro generaciones atrás.
Veamos ahora el tema de la deuda. Como somos un todo, el cual debe
conservarse y preservarse en el futuro, la idea de deuda resulta
un contrasentido, un absurdo, ella sólo tiene razón
de ser si es posible discernir en el todo dos segmentos: los acreedores
y deudores. Ahora bien, para Léniz detrás de la noción
de deuda hay una dinámica de un sujeto no nombrado, que puede
destruir ese todo, al reivindicar una supuesta “nación
mapuche”:
“No han faltado intelectuales y personas del gobierno que
hablan de la “deuda histórica” y reconocen la
necesidad de compensar el “despojo” que se les hizo
durante la llamada ”Guerra de Pacificación de la Araucanía”.
En los casos más frecuentes, de ataques a los bosques e instalaciones
de empresas forestales, hay quienes han tratado de justificarlas
con el argumento de que éstas eran “impersonales”,
que los residentes de las comunidades vecinas sólo veían
a las empresas contratistas, que les destruían cercos y caminos,
que no proporcionaban ocupaciones y, por último, que las
plantaciones de pinos y eucaliptos les secaban las tierras. Pero,
después los actores no han ocultado su petición de
recuperación de tierras ancestrales y de pedir el reconocimiento
de que son una nación diferente, con una especial “cultura
de relación con la tierra”
La deuda, entonces, desde esta postura es un elemento introducida
desde fuera, como un efecto perverso de la globalización,
de allí que si ésta es valorada positivamente, y siendo
“irresistible”, “tenemos que tener cuidado de
no aceptar todas las modas, tendencias y presiones que nos llegan
del exterior”.
Somos un todo, pero separable en grupos
iguales (chilenos), pero diferentes (clases sociales): Pinochet.
Esta postura comparte con la anterior la idea de que los mapuches
forman parte substancial del alma y ser nacional, de ese mezcla
de “razas” que con la cual se habría configurado
nuestro “melting pot”26:
“Desde muy tempranas épocas, este pueblo legó
a la historia nacional sus virtudes heroicas y su inclaudicable
amor al suelo patrio. Fundidos estos valores con la sangre española,
han dado como resultado una Nación altiva y valiente. El
pueblo mapuche es uno de los componentes esenciales de la formación
de nuestra nacionalidad” (Augusto Pinochet, 1989, discurso
que pronunció en la ciudad de Cholchol el día que
fue declarado Ulmen F’ta Lonko)27.
Sin embargo, el hecho de que un grupo de caciques mapuches de Imperial
le haya conferido a Pinochet el título de “jefe máximo,
conductor y guía del pueblo mapuche”, y que éste
lo hubiera aceptado, y además se (lo) vista de lonko, señala
que esa fusión es muy peculiar:
“Una patria se forma cuando los que la habitan se hermanan,
y manteniendo las peculiaridades de cada grupo, se unen en aquellos
valores superiores que los integran en una unidad permanente.¡Así
se forja el sentido de su existencia y su continuidad histórica!”.
Habría, pues dos planos: uno donde todos nos reconocemos
como iguales, como hermanos (el de los valores), y otro donde la
diferencia persiste: “las peculiaridades de cada grupo”.
En síntesis se trata de la fórmula enigmática
e ideológica: “mapuche, pero chileno”. Esta ideología
conservadora se encuentra también en la expresión
“el roto chileno”: es decir, que en la categoría
genérica de chileno(a) (=país) hay rotos y no rotos.
Ahora bien, esta comunidad fraternal de desiguales es uno de los
rasgos más típicos y fuerte de la nación28.
Este mismo esquema se encuentra en el discurso de Ricardo Lagos
pronunciado el 21 de mayo del 2001, pero incorporándole la
idea de futuro: fuimos y debemos seguir siendo la comunidad que
somos:
“No podemos olvidar que somos una comunidad, que compartimos
la misma historia, participamos del mismo amor a la patria (...).
Mirados desde el mundo, mirados desde la historia, somos chilenos.
Simplemente chilenos. No somos ni unos ni otros: somos inevitablemente
una misma familia enfrentada a los desafíos de un mundo global
(...). La patria, sus hijos y los que nos legaron ayer este pedazo
de nuestra historia, nos piden que estemos a la altura de nuestras
circunstancias”.
Respecto a la deuda, dice que ésta puede existir, pero sólo
como una forma de acelerar y profundizar la integración en
ese plano valórico de iguales, pero no tanto como para realizarla
en el plano social.
Somos un todo separable en grupos diferentes
(étnicos) que buscan la igualdad social: Lagos.
Esta postura es la que ha estado presente y de forma dominante
en los Gobiernos de la Concertación:
“Yo sé que los valores, las costumbres, el arte y
la espiritualidad de los pueblos originarios son parte de la herencia
cultural del país. Somos una sociedad naturalmente diversa,
lo que nos hace más ricos y debemos trabajar juntos, sin
que nadie renuncie a su identidad. Sólo así llegaremos
a ser un país más integrado y solidario”.29
Ahora bien, dentro de este paradigma el límite máximo
de reconocimiento es el de etnia. Recordemos que la actual ley indígena,
donde se da esta forma de reconocimiento, fue aprobada por forma
unánime en el Congreso en 1993. No obstante, dentro de este
universo hay que hacer una distinción fundamental: de una
parte, hay sectores que reducen lo étnico al plano privado,
a los derechos individuales; en cambio, hay otro sector que no acepta
esa reducción y exige su vinculación a los derechos
colectivos30. La política de Pinochet se movió dentro
del primer escenario:
“Esta amalgama de hombres que han forjado nuestra nacionalidad
merece una consideración que estimo importante. ¡En
Chile no existe ninguna forma de discriminación por motivos
de raza, lo cual nos hace avanzar con la frente en el alto¡
Esta realidad se ha hecho hoy mucho más patente, al consagrarse
legalmente la total y absoluta igualdad entre todos los chilenos,
dejándose de lado antiguos sistemas de protección
que, como muy sabe el pueblo mapuche, significaron muchas veces
un retroceso en sus posibilidades de desarrollo”31.
La actual ley indígena Nº 19.253, de 1993, se inserta
dentro de la segunda perspectiva, introduce nuevamente un “sistemas
de protección”, especialmente para las tierras, pero
también para las personas (áreas de desarrollo, becas
indígenas, etc.), y comunidades (una clara muestra de todo
esto es el conflicto en Ralco).
El artículo de Vial
Un notable artículo, valiente y alejado de las ideas convencionales,
del destacado historiador Gonzalo Vial32 nos muestra otra interpretación
de reconocimiento, en el seno del Estado chileno, y de la “deuda
histórica”.
En primer lugar Vial no duda es señalar que:
“La noción de que la sociedad chilena tiene una “deuda
histórica” con los mapuches corresponde plenamente
a la realidad. Al fin y al cabo, eran los originales pobladores
de la tierra y fueron tratados -en forma sucesiva por el Imperio
español y por la República- de una manera injusta
y lesiva para su dignidad, intereses y cultura”33.
Según Vial, el origen histórico de la deuda se remonta
a la Colonia, y los deudores no pueden ser los particulares, sino
la sociedad, la de todos los chilenos “representada por el
Estado”.
¿Cómo caracteriza la deuda? Discute los problemas
de la demanda de tierra y de las formas de encararla: la tierra
a entregar debe ser cultivable e “ir acompañada de
una capacitación de los indígenas para cultivarlas
de un modo rentable y que no destruya el recurso”, además
“debe resolverse el tipo de propiedad aplicable a la tierra
que se entregue”34, y concluye que ese no es el centro del
problema, sino el de la cultura:
“El verdadero problema mapuche es de cultura. La cultura
de esta etnia, su antigua forma material y sobre todo espiritual
de vida, se hallan amenazadas de disolución35. El pago de la
“deuda histórica” consiste en impedir esa disolución”
.
¿Cómo se puede evitarla? Vial propone varias medidas
destinadas a “no sólo “conservar” la cultura
mapuche como una cosa muerta, sino permitir su desarrollo, de modo
que, fiel a sus orígenes y centralidades, crezca y cambie
espontánea y libremente, signos de verdadera vitalidad”.
Las medidas propuestas se relacionan con la tierra, el idioma, a
los estudios sobre el mundo mapuche, a la extensión, a la
enseñanza bilingüe y, por último, al arte. Pero,
¿por qué hay que pagar esa deuda? ¿Por qué
hay que impedir esa disolución? La respuesta tiene que ver
con el temor al caos: si el mapuche pierde su identidad:
“y toma otra [la del “mestizo chileno-europeo”]
se desarraiga, con sus consecuencias inexorables -frustración
y resentimiento dirigidos a la sociedad “chilena”-,
(ese) es el verdadero problema mapuche” (36).
Si los mapuches fueran una minoría ese temor sería
infundado, pero:
“No nos venga, sin embargo, la tentación maligna de
pensar que, habiendo adelantado tanto en su aniquilación
como etnia, lo mejor fuese terminar esta tarea, consumar el delito.
Porque el mapuche, sin que nos diésemos cuenta, ha ido adoptando
instintivamente la única política que podía
salvarlo de nosotros: crecer, aumentar en número de manera
impresionante(...). Así, nuevamente, el formidable estratega
ha derrotado, merecidamente al huinca. De ambos depende que la victoria
numérica del mapuche se canalice positivamente o negativamente
para el Chile de Todos”37.
Vial se mueve en el seno del gran tema “conservador”,
de acuerdo al cual el nomos (orden) puede transformarse en anómico,
caótico, por el acción de los “resentidos”.
Estamos muy lejos así de posturas indigenistas e indianistas:
“No le veo utilidad ni motivo a la autonomía política
del mapuche, sólo aplicable -por lo demás- al grupo
minoritario que aún vive de la tierra. Sí, a la autonomía
o simiautonomía en la gestión de su cultura y temas
relacionados; en la justicia relativa a la tierra y a los conflictos
intra-mapuches, y en los problemas locales”38.
Hay dos todos (naciones) en un todo: Vitale
y Pérez
Este paradigma es el que domina en el mundo organizacional mapuche39, pero es marginal más allá del mismo, puesto que
sólo algunos estarían dispuestos a reconocer a los
mapuches como una nación, lo cual implicaría la constitución
de un Estado plurinacional. Quienes han bregado por esta línea
son el Partido Comunista y númerosos intelectuales de izquierda,
ecologistas, etc.
Luis Vitale escribe:
“Al adherir acríticamente al concepto de Estado-nación,
la izquierda y las corrientes progresistas estuvieron casi un siglo
soslayando las demandas de autodeterminación real de las
nacionalidades originarias de Europa y, sobre todo, de América
Latina donde eran obvias, para quien quisiera verlas, las revindicaciones
de los descendientes de los mayas, quechuas, aymarás y mapuches
de ambos lados de la cordillera”40
Recordemos que Vitale en su Interpretación marxista de la
historia de Chile no tuvo esta postura. En ese entonces, sostuvo
que las luchas mapuches no eran más que expresión
temprana de la lucha de clases.
Otro intelectual que se incluye en este paradigma es Carlos Pérez
Soto. En mayo de 1999 dio a conocer un breve documento de cuatro
páginas, titulado “Sobre el problema mapuche. No es
posible ignorar, no es posible callar, el problema está en
nosotros”. Su argumento central es el siguiente:
“El problema de los chilenos es cómo superar el estado
de cosas que los afectan. La explotación, la avidez capitalista,
el servilismo del Estado ante las ambiciones del capital, la falta
de ejercicio real de la ciudadanía. Este estado de cosas
afecta también a otro pueblo que coexiste entre nosotros.
Resolver nuestros problemas contribuye a resolver también
los problemas de ellos. Pero los problemas de los mapuches deben
resolverlos ellos mismos, no los chilenos. Y, creo que esta diferencia,
en la que está implicado el concepto de respeto real es,
y debe ser, muy significativa”41.
Ahora bien, por el tipo de vinculación colonial que ha existido
entre ambos pueblos, el opresor debe “defender el derecho
del pueblo mapuche a su autonomía [lo que] no es lo mismo
que independencia. No se trata de crear otro país. Se trata
de que este país reconozca la existencia en él de
más de una nación”. Este tipo de reconocimiento
debe ir acompañado de otro, el que se liga con “la
deuda histórica”:
“Deben reconocerse tanto las dimensiones simbólicas
del atropello cultural y étnico, como las dimensiones materiales
de un atropello militar y jurídico. No sólo ha habido
sistemática e históricamente discriminación,
desprecio, transculturación forzosa, homogeneización
impuesta, desconociendo el derecho del pueblo mapuche a su propia
cultura. También ha habido ilegalidad manifiesta, crimen,
desconocimiento expreso de tratados y títulos históricos,
complicidad comprobable de agentes del Estado con prácticas
dolosas de parte de particulares, discriminación comprobable
en el tratamiento jurídico de los bienes y derechos, cuestiones
todas constitutivas de delito incluso bajo el propio espíritu
del derecho chileno.
Estas dimensiones simbólicas y materiales del daño
causado por un pueblo a otro deben reconocerse como una auténtica
y real deuda histórica, y el pueblo y el Estado chileno deben
responder de ella”42.
Carlos Peréz es claro en señalar que un manejo inadecuado
de la “deuda histórica” puede generar problemas
mayores de los que se quieren solucionar: “valorar la deuda
histórica sólo en su dimensión simbólica,
por grave que sea, puede conducir a verla como inconmensurable,
radicalmente impagable, y contribuir por esa vía a la promoción
de un integrismo cultural fundamentalista que impida la coexistencia
dialogante entre ambas naciones”43.
Hay dos todos que deben ser naciones independientes.
No hay ningún autor o institución que no sea mapuche
que sostenga esta postura. Esta se manifiesta -aunque no desarrollada,
sino sólo germinalmente- en los discursos de algunos intelectuales
y organizaciones mapuches. No son muchos, ya que la mayoría
se mueve dentro de la propuesta de la nación mapuche en el
seno de un estado plurinacional. Pero hay que reconocer que ciertos
intelectuales mapuches han hecho suyo el sueño de todo nacionalista:
aspirar a la independencia, por ello es que la autonomía
“limitada” es valorada como un mal menor.
Posiblemente, sea la Coordinadora Arauco Malleco la que más
se aproxima a esta postura, sosteniendo que se debe generar un proceso
orientado en esa dirección:
“Es reconocido el hecho que nuestro pueblo en su conjunto,
producto de las luchas de las comunidades en conflicto ha recuperado
la dignidad de ser mapuche, la conciencia de pertenecer a un Pueblo
que tiene un pasado, presente y futuro común. Elementos esenciales
para comenzar el gran proyecto de liberación nacional mapuche”44.
El concepto de liberación vs. opresión es tematizado,
en algunos textos bajo el concepto de guerra:
“Tal como en los peores años de la dictadura de Augusto
Pinochet, en el país se ha configurado una mortal alianza
entre el capital transnacional, la policía y el Estado para
implementar la guerra sucia en contra de nuestro pueblo”45.
Esta comprensión del otro como un aniquilador de mi identidad
como pueblo pone en entredicho toda la “institucionalidad
chilena”; por ello, es que uno de los asesores jurídicos
de la Coordinadora, Alihuén Antileo (egresado de derecho
de la Universidad de la República), en una entrevista al
diario El Mostrador, señale que:
“nosotros no respetamos la institucionalidad chilena, porque
es opresora(...). El movimiento debe empezar a desligarse de las
instituciones chilenas que nos intervienen y dividen, como la Conadi,
los partidos políticos, las Ongs y distintas formas de cooptación
económica. Nosotros planteamos la reconstrucción de
nuestra nación mapuche y subordinamos a eso los demás
planteamientos políticos, culturales y religiosos”46.
Desde esta perspectiva la deuda es absurda; lo que puede hacer
una persona no mapuche, que sienta que debe algo al pueblo mapuche,
es “simplemente” apoyar su causa, pero sin poner ninguna
condición:
“El apoyo de los sectores no mapuche con que cuenta la lucha
de nuestro Pueblo, tanto a nivel nacional como internacional, es
de importancia en la medida que permita construir un gran respaldo
social y solidario que recoja nuestros planteamientos, nuestras
denuncias y se hagan en ciertos momentos partes de nuestras movilizaciones,
logrando en último construir y sostener redes de apoyo directas
hacia nuestra causa en el plano económico y político”47.
La ruptura institucional, o mejor dicho, el no reconocimiento de
la institucionalidad chilena por parte de la Coordinadora, determina
sus alianzas y valoraciones del movimiento mapuche:
“Las estrategias con que el Movimiento Mapuche a enfrentado
la política etnocida el Estado chileno en su etapa post-dictadura,
poco o nada ha aportado al proceso de liberación de nuestro
pueblo. Desde el punto de vista de los hechos, dicha estrategia
no ha resultado ser otra cosa que la búsqueda de estériles
acuerdos políticos que sólo han servido para beneficiar
las arcas de las organizaciones e instituciones que se han prestado
para dicho juego. Las mismas que hoy siguen enfrascadas en discusiones
tan absurdas como la validez del Acuerdo de Nueva Imperial, la Ley
Indígena o la conveniencia de un posible gobierno socialdemócrata
en una actitud de total subordinación al Estado chileno.
Hasta ahora, las movilizaciones de carácter insurreccional
no parecían ser una opción como estrategia de lucha.
Sin embargo, las comunidades han demostrado lo contrario”48.
Hacia una propuesta
El panorama sería muy complejo si nos encontráramos
con un nivel de organización en la sociedad mapuche que le
permitiera desplegar las banderas del “nacionalismo”,
en forma masiva y poderosa49. El proceso que se orienta en esa dirección,
es, por ahora, muy débil. Los intelectuales de la Coordinadora
Arauco Malleco lo han constatado en carne propia:
“Tienen que pasar muchas generaciones todavía para
que haya conciencia política de nuestro pueblo de pertenecer
a una nación. Porque muchas comunidades se sienten parte
del pueblo chileno. Muchas comunidades, muchas generaciones de comunidades
hoy en día se sienten parte de la nación chilena.
Los procesos de [asimilación] han sido constantes, han sido
muy profundos, entonces todavía van a tener que pasar varias
generaciones para que nuestra gente asuma su condición, asuma
la consciencia política de pertenecer a un pueblo con derechos
propios, con derechos que están reconocidos en los [organismos]
internacionales, y de los cuales nosotros como una sola voz como
una sola fuerza debemos reivindicar”50.
Asimismo, si bien existe, en la última década, una
opinión pública sensible al “mundo indígena”,
esto no implica que se mantendrá incondicionalmente frente
al llamado etnonacional mapuche. La sensibilidad “nacional”
hacia los mapuche esta ligada, desde los ochenta, a cuestiones relativas
a “new age”, al esoterismo, los movimientos ecológicos
y a un multiculturalismo “light”51.
Quizá una pista más significativa, que incluye a
la anterior, se relaciona con una nueva forma de entender el vínculo
entre Estado y nación. La idea es apoyar, reflexivamente,
un proceso ligado a la globalización y a la liberalización,
y que tienda a separar al Estado de la cultura nacional. Con ello
el alcance de la deuda toma un carácter totalmente diferente.
Expliquémonos.
La construcción de Estado nacional chileno incluyó
numerosos procesos orientados a la creación de una población
étnicamente homogénea. El efecto de todo ello fue,
en el caso mapuche, la perdida de su soberanía y su transformación
en segmentos sociales empobrecidos, y dispersos en los campos de
la región de la Araucanía y en las ciudades de Chile.
Esto fue la transformación de los mapuche en un “pueblo
oprimido”, “colonizado” Ahora bien, esos daños
no pueden ser reparados en el contexto de un Estado nacional que
se piensa y se autodefine como homogéneo, porque en ese contexto
esos daños no existen para él, ni tampoco para la
sociedad civil, ya que ésta se identifica con el Estado.
Desde otra perspectiva, puede decirse que el Estado-nacional sólo
ve derechos individuales y es ciego a los “derechos colectivos”,
los cuales están siempre presente, por ejemplo, en el apoyo
que da el Estado a la educación “chilena”, y
no a la mapuche.
Distinta sería la situación si el Estado logrará
separarse de la cultura dominante, desnaturalizar su vínculo
con ella, y si elaborara un política “sensible a las
diferencias”. Desde ese momento, sería posible problematizar
el tema de la deuda. Pero, ello no puede hacerse desde un horizonte
“prepolítico”, en el cual la deuda queda definida
de un modo esencial y sustancial al ser mapuche, sino de un modo
“político”, en el cual la deuda se constituye
como tal en el marco de una negociación entre acreedores
y deudores. Es necesario, asimismo, un segundo consenso: se debe
reconocer que, si bien existe una asimetría fáctica
entre la sociedad mapuche y la sociedad chilena, en el plano de
los derechos y de la valoración no hay diferencias entre
ambos pueblos. Establecido ese consenso las “mesas de dialogo”
pueden crear los marcos necesarios para “hablar” de
la reparación; finalmente, de esos diálogos deben
emerger los mecanismos (legales) para potenciar una democracia capaz
de deliberar en forma permanente sobre los medios y los recursos
para ir saldando, en ese contexto democrático y de respeto
a los derechos humanos, la deuda.
En síntesis esta perspectiva permitiría salir al
paso a una lectura “esencialista de la deuda”: es decir,
de un deuda que no es posible pagar, o que no existe. Este es un
punto en que coinciden “esencialistas” y liberales reacios
al comunitarismo. También existe el peligro que los acreedores
definan la deuda como pagable, pero en un tiempo infinito; moralmente
no se puede aceptar dicho argumento porque transforma al acreedor
en un dependiente infinito del deudor, el cual nuevamente, se convierte
en un ser que domina la relación, ahora por la vía
de la deuda. Por último, y gracias a que la deuda sólo
existe por la negociación establecida en la mediación
democrática, se evita tanto el paternalismo como el autoritarismo:
y los mapuche y “chilenos” son los encargados de definirla
y encararla.
Notas
* Este trabajo fue elaborado en el marco del proyecto Fondecyt
N° 1000024 “¿Demanda étnica o demanda etnonacional
mapuche?”, a cargo de Rolf Foerster y Jorge Iván Vergara
del Solar. Agradezco a Sonia Montecino, a Larissa De Ruyt y a Jorge
Vergara Estévez sus comentarios
1El término “reche’”(en mapudungún
“gente auténtica”, “la gente por excelencia”)
fue recogido por el misionero jesuita, de fines del siglo XVI, Luis
de Valdivia. La hipótesis de una transformación de
“reche” a “mapuche” (en mapudungún
“gente de la tierra”) hacia el siglo XVIII ha sido enunciada
por Guillaume Boccara (1998).
2 La encomienda fue una institución en virtud de la cual
la Corona española transfería a particulares su derecho
a percibir tributo en servicios (es decir, a apropiarse de la fuerza
de trabajo) de la población aborigen sometida. Existió
hasta 1791.
3 Reuniones solemnes entre autoridades hispanas y “mapuche”,
con el objeto de ratificar la paz, adoptar acuerdos y solucionar
conflictos de diversa índole. Al respecto se puede consultar
las obras de Boccara (1996), Foerster (1996), León (1999)
y Méndez (1982).
4 Véase el artículo de Avila (1973).
5 Los mapuche-huilliche han habitado por siglos el territorio comprendido
entre el río Toltén y el seno de Reloncaví
(conocido como “Butahuillimapu”, en mapudungún
“las grandes tierras del sur”), y la Isla Grande de
Chiloé o “Butahuapichilhué”, así
como el archipiélago del que ésta forma parte. El
Parlamento de Paz de 1793 es considerado un hecho fundacional por
la Junta de Caciques de la Butahuillimapu, organización tradicional
de los lonko mapuche-huilliche. Al respecto, véase J. I.
Vergara (1993 y 1998) y Foerster (1998).
6 Véase Bengoa (1985).
7 La tradición liberal se realiza de forma muy peculiar en
nosotros: somos liberales en los principios, pero en los hechos
somos conservadores. Esa inversión es posible por la hegemonía
de nuestra cultura autoritaria y jerárquica (católica
y hacendal) sobre las “culturas originarias”. Nótese
como esto se expresa tan tempranamente en un reglamento-ley de 1813
sobre radicación de los “indios”: “hacer
efectivos los ardientes conatos con que proclama fraternidad, igualdad
y prosperidad de los indios teniendo una constante experiencia de
la extrema miseria, inercia, incivilidad, falta de moral y educación
en que viven abandonados en los campos”. El comentario de
Martínez a este reglamento nos parece totalmente pertinente:
“una de las primeras inquietudes del joven gobierno era de
reorganizar la propiedad rural de acuerdo a los patrones de organización
citadinos de las elites de la zona central -claro que esta reorganización
de la propiedad rural no implicaba los propios terrenos pertenecientes
a la aristocracia de la época. Las finalidades manifiestas
que argumentaba el gobierno se podrían clasificar en dos
tipos: a) las de “solidaridad” con su situación
económica-social y, b) las de orden “cultural”
y “moral”. Ambas, sin embargo, se inscribirán
dentro de una larga tradición etnocentrista, que concibió
al indígena como un pueblo sumido en la “barbarie”,
por lo que se justificaron distintos intentos de ocupación
desde la llegada de los primeros conquistadores españoles
hasta la incorporación territorial definitiva por la chilenidad,
en 1888” (Martínez 1991:80-81.).
8 En los hechos, sin embargo, los mapuche conservarían su
propia independencia hasta 1881. La naciente República debió
enfrentar primero los problemas político-militares de su
propia constitución y, más tarde, los derivados de
la pugna de intereses entre los distintos sectores de los estratos
sociales dominantes (terratenientes del Valle Central y del sur,
empresarios mineros y financistas). Los lonko mapuche participaron
en estas luchas, estableciendo cada uno de ellos las alianzas que
juzgaron mejores para el resguardo de los intereses de su gente,
y siguiendo los patrones tradicionales de conflicto entre una identidad
territorial y otra.
9 Ver Héctor González (1986).
10 La expresión es usada por Víctor Toledo Llancaqueo
en su manuscrito Derechos y territorios. Bases para las políticas
públicas y ciudadanía del pueblo mapuche (agosto de
1998).
11 Jorge Pinto 2000.
12 Los trabajos clásicos sobre la realidad reduccional son
los de Louis Faron (1969), Milan Stuchlik (1999), Thomas Melville
(1976), José Bengoa-Eduardo Valenzuela (1984) y recientemente
Roger Kellner (1994); los trabajos sobre los mapuche urbanos comienzan
con los artículos de Carlos Munizaga en la década
de 1970 y hoy con una pleyade de investigadores donde destacan Sonia
Montecino (1990a y b), Marcos Valdés (1998), Ramón
Curivil (1999), Sara Mac Fall (1998) y Andrea Aravena (1999).
13 La excepción fue Federación Araucana, organización
liderada por Manuel Aburto Panguilef (Véase Foerster y Montecino
1988).
14 El caso límite, para muchos, es la incorporación
voluntaria de cientos de mapuche a carabineros. Pero los fenómenos
de re-etnificación son siempre imprevistos: uno de los mayores
poetas mapuche-huilliche es hijo de uno de esos carabineros.
15 Uso la expresión de Will Kymlicka: “una cultura que
proporciona a sus miembros unas formas de vida significativas a
través de todo el abanico de actividades humanas, incluyendo
la vida social, educativa, religiosas, recreativa y económica,
abarcando las esferas pública y privada. Estas culturas tienden
a concentrarse territorialmente, y se basan en una lengua compartida”
(1996: 112).
16 Pueden consultarse dos obras de José Bengoa Historia de
un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX, Planeta,
Santiago, 1999 y La emergencia indígena en América
Latina, FCE, Santiago, 2000.
17 Como nunca antes un número creciente de intelectuales mapuches
se está dedicando a reflexionar y a cultivar el “ethos”
mapuche. Pueden consultarse muchos de sus trabajos en los sitios
mapuches de Internet. Los autores más destacados son: Eugenio
Alcamán, Severiano Alcamán, José Ancán,
Ariel Antillanca, Jorge Calbucura, Margarita Calfio, Eliseo Cañulef,
María Catrileo, Bernardo Colipán, Clorinda Cuminao,
Eduardo Curín, Eduardo Curilén, Ramón Curivil,
Elicura Chihuailaf, Sandra Huenchuán, Jaime Huenún,
Leonel Lienlaf, Elisa Loncón, Cesar Loncón, José
Marimán, Pablo Marimán, Rosamel Millamán, Víctor
Naguil, Domingo Namuncura, Juan Ñanculef, Anselmo Nuyao,
José Quidel, Ponciano Rumian, Raúl Rupailaf , Víctor
Toledo Llancaqueo y Marcos Valdés.
18 “No hay manera de lograr una completa “separación
del Estado y la etnicidad”. De ahí que en diversos
aspectos, el ideal de “omisión bienintencionada”
no sea más que un mito. Las decisiones del gobierno con respecto
a las lenguas, las fronteras internas, las festividades públicas
y los símbolos estatales implican, inevitablemente, reconocer,
acomodar y apoyar las necesidades e identidades de determinados
grupos étnicos y nacionales. Tampoco hay razones para lamentarlo.
No hay razón para lamentar la existencia de lenguas oficiales
y festividades públicas, y nada se gana creando conflictos
innecesarios entre las regulaciones del gobierno y las creencias
religiosas. Ahora bien, la única cuestión pendiente
es cómo asegurar que estas inevitables formas de apoyo a
determinados grupos étnicos o nacionales se produzcan de
forma equitativa; es decir, cómo asegurar que no privilegien
a ciertos grupos en detrimento de otros. En la medida en que las
políticas existentes apoyan la lengua, la cultura y la identidad
de las naciones y los grupos étnicos dominantes, el argumento
de la igualdad asegura que se intente proporcionar, a través
de los derechos de autogobierno y poliétnicos, un apoyo similar
a los grupos minoritarios” (Kymlicka, op.cit.: 163-164).
19 Favre (1999: 146).
20 Un ejemplo es la Conadi, sin ella la actual dinámica del
“movimiento mapuche” sería muy diferente, como
también de sectores de su sociedad civil.
21 Toledo (op.cit) ha ordenado del siguiente modo los convenios ratificados
por el Estado chileno: Pacto de Derechos Internacional de Derechos
Civiles y Políticos; Convención sobre la Discriminación
Racial; Convención de Derechos del Niño y Convenio
Constitutivo del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas
de América y el Caribe. Entre los Convenios no ratificados
se encuentra el Convenio 169 de la OIT.
22 El diario La Tercera une ambas realidades en un tono alarmista:
“Montos cercanos a los 100 mil dólares en cada caso
recibieron el año pasado el Consejo de Todas las Tierras
y el movimiento Identidad Cultural Lafkenche (...) para financiar
proyectos relacionados a la promoción cultural y social de
las comunidades indígenas del sur de nuestro país,
según reconocieron fuentes de algunas de las agencias internacionales
que participaron en dicho financiamiento. Ambas organizaciones indígenas
han logrado conformar una poderosa red internacional que les ha
permitido obtener los señalados recursos económicos
y el respaldo de importantes figuras de la política europea
(...). Gracias a estos apoyos, las principales figuras del conflicto
mapuche han logrado presentar su problema en importantes foros internacionales
como el Parlamento Europeo, Amnistía Internacional e incluso
en el seno de las Naciones Unidas” (2/5/2000).
23 El modelo fue formulado por Van Cott y consta de cinco elementos:
“1. El reconocimiento retórico de la naturaleza multicultural
de sus sociedades y de la existencia de los pueblos indígenas
como colectividades distintas y subestatales; 2. El reconocimiento
de la ley consuetudinaria de los pueblos indígenas como ley
pública oficial. 3. Los derechos colectivos en la propiedad
protegida de la venta, fragmentación o confiscación.
4. El estatus o reconocimiento oficial de las lenguas indígenas.
5. Una garantía de educación bilingüe”
(2000: 265).
24 Al parecer el primero que habló sobre el tema de la “deuda
histórica” fue el obispo de Temuco, Sergio Contreras,
en el año 1997, al interpretar la ley indígena de
1993 como una forma de reconocimientoo. Al año siguiente
señalaba: "Sorprende cómo los juicios de algunas
autoridades demuestren que no saben y por ello no muestran el suficiente
respeto hacia la ley indígena, que no es otra cosa que el
reconocimiento a una deuda histórica de la nación
por los atropellos de que fueron víctimas tanto por el Estado
como por particulares" (El Diario Austral, 22/8/1998). Puede
consultarse también la entrevista al padre Luis Rodríguez
contenida en el artículo de Marcelo Somarriva “Deudas
pendientes” (El Mercurio, 15/11/1998, E.1). Entre las organizaciones
mapuches, el movimiento Lafquenches, fue el que, en mayo de 1999,
exigió la formación de una Comisión de Verdad
y Deuda Histórica.
25 23 de noviembre de 1999, página A2.
26 La expresión ‘melting pot’ se traduce como
“crisol”.
27 En El pueblo mapuche: presente y futuro de una raza, Imprenta
Instituto Militar, 1989, las citas corresponden a las páginas
38 y 39.
28 Benedict Anderson definió a la nación como “una
comunidad política imaginada como inherentemente limitada
y soberana” y donde explicita: “se imagina como comunidad
porque, independientemente de la desigualdad y la explotación
que en efecto puede prevalecer en cada caso, la nación se
concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal.
En última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido,
durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas
maten y, sobre todo, estén dispuestos a morir por imaginaciones
tan limitadas” (1993: 23 y 25).
29 Carta del Presidente de la República, Ricardo Lagos E.,
a los pueblos indígenas de Chile, Santiago, 31 de mayo de
2000.
30 “Los derechos individuales indígenas se basan y tienen
sentido por el derecho colectivo”, (Toledo, op.cit.:44).
31 Pinochet, op.cit.: 39-40.
32 “El predicamente mapuche: ¿cuál deuda histórica?”,
en Perspectivas, Vol.3, N°2, 2000, pág.: 319-329.
33 Vial, op.cit.: 320.
34 Vial, op.cit.:322.
35 Vial, op.cit.:326.
36 Vial, op.cit.:323, el destacado es del autor.
37 Vial, op.cit.: 329.
38 Vial, op.cit.: 327.
39 “Proponemos la elaboración de una nueva Constitución
Política del Estado, en la cual, como primera medida se reconozca
la existencia de la Nación Mapuche. Dicho reconocimiento
debe establecer las siguientes garantías: el derecho a la
autodeterminación, la restitución de las tierras,
el derecho al uso y control del territorio, con los recursos naturales
del suelo y subsuelo. Este nuevo marco legal, deberá establecer
los mecanismos para la relación inter-institucional, entre
la Nación mapuche y el estado chileno, reconociendo nuestra
condición de Pueblo con derecho a la participación,
basada en nuestro propio sistema, y la autonomía, política,
económica y territorial” (en El pueblo mapuche su territorio
y sus derechos, Aukiñ Wallmapu Ngulam, 1997, pág.:109).
40 Medio milenio de discriminación al pueblo mapuche, Sociedad
Escritores de Chile, Santiago, 1999, página 90.
41 Pérez, op.cit.:1.
42 Pérez, op.cit.: 2.
43 Pérez, op.cit.: 3.
44 Documento Planteamiento político-estratégico de
la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco, sin
fecha (al parecer del año 2000).
45 Documento Wallmapuche. Informe Anual de Derechos Humanos. Coordinadora
Arauco Malleco, 1999.
46 El Mostrador, miercoles 1 de marzo del 2000.
47 Del documento citado “Planteamiento político-estratégico...”.
Los destacados son nuestros.
48 Del documento Hacia la conformación de un Movimiento Mapuche
Autónomo, 25 de marzo del 1999.
49 Nuestra impresión que la lógica mapuche de “enfrentar
un enemigo exterior a partir del principio de actuar desunidos”
(Leiva 2001), es hoy la mayor debilidad en su “empoderamiento”,
y dificulta también los modos de encarar la deuda (pero ¿con
quién? ¿con los dirigentes de las identidades territoriales,
con los ‘lonkos’ del Wallmapu, con dirigentes de las
comunidades...?). La clase política mapuche sabe de esto,
de ahí el horizonte de crear en el futuro cercano un parlamento
mapuche.
50 En ponencia de Pedro Cayuqueo, en FELAA 1999, Santiago, 14 de
setiembre del 1999. En la misma línea el Consejo de Todas
las Tierras convoca a: “Conformar un movimiento con clara
identidad cultural mapuche, y levantar un sentimiento nacional mapuche,
mediante distintos símbolos de orden histórico y actual.
Hemos comenzado con una bandera que ha recobrado fuerza y ha sido
asumida por las comunidades mapuches de Chile y Argentina”
(El pueblo mapuche su territorio y sus derechos, Aukíñ
Wallmapu Ngulam, Temuco, 1997, pág. 107).
51 Más aún cuando hoy sabemos que “la emergencia
de actores sociales” se produce “fundamentalmente a
partir de coaliciones específicas sobre objetivos concretos:
vamos a salvar a las ballenas, vamos a defender tal barrio, vamos
a proponer nuevos derechos humanos en el mundo, vamos a defender
los derechos de la mujer, pero no con una asociación, sino
con campañas concretas. Es decir, en general, en la sociedad
hay un salto de los movimientos sociales organizados a los movimientos
sociales en red en base a coaliciones que se constituyen en torno
a valores y proyectos” (Castells 2001:6). Es esta nueva realidad
que hace que la condicionalidad, en el apoyo a la causa indígena,
debe jugarse día a día.
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